Héctor González Aguilar

El 10 de abril de 1912, justo en uno de los periodos más turbulentos de la Revolución Mexicana, nació José Ezequiel Iturriaga Sauco, un ciudadano común que se convertiría en una de las mentes más claras de la intelectualidad mexicana del siglo XX.

Con humor, uno de sus biógrafos dice que José Ezequiel Iturriaga Sauco nació en pañales de seda, mas no porque sus padres pertenecieran a la clase alta sino porque tenían un próspero negocio de telas en donde vendían seda. En efecto así fue, sólo que el floreciente negocio se fue a la quiebra con los altibajos de la revolución. Entonces, el jefe de la familia, don Ricardo Iturriaga, decidió abandonar la ciudad de México y con la familia entera tomó el camino hacia el estado de Veracruz en donde se colocó como maestro rural.

De ahí en adelante la familia Iturriaga entraría a una etapa difícil; José y Manuel, hijos de don Ricardo, debieron comenzar a trabajar. José fue aprendiz de torculista en la ciudad de México, luego, adolescentes ambos, emprenden un viaje al norte y consiguen empleo en una mina de carbón de piedra en Coahuila, José trabaja como “romanero” –el que maneja la báscula- en las profundidades de la tierra.

La relación entre los hermanos era entrañable, en la obra biográfica Las décadas de don José E. Iturriaga, de Manuel Munguía, se cuenta que un día los hermanos se jugaron su destino en un volado: el que ganara estudiaría y el que perdiera trabajaría para ayudar al primero.

La suerte favoreció a José, cuando en 1928 regresan a la ciudad de México, éste comienza a prepararse académicamente e ingresa a la Escuela Libre de Derecho. Fue discípulo de Antonio Caso, José Gaos y José Moreno Villa, entre otros maestros connotados. Se introdujo a conciencia en varias disciplinas, aunque nunca se preocupó por obtener los reconocimientos oficiales.

Siendo todavía estudiante, en 1934, es contratado por Nacional Financiera, entonces de reciente creación, institución de la que llegará a ser Director adjunto y donde se jubilará después de treinta años de servicio.

Publicó su primer libro en 1944, además de reconocerse su indudable talento, pronto se dio a notar por practicar algo que algunos miembros de la administración pública estaban lejos de conocer: la honestidad, virtud que lo distinguió y lo enalteció ante sus conciudadanos durante toda su vida.

El interés de José Iturriaga por su país se manifiesta también en su vasta obra escrita; por ejemplo, su libro La estructura social y cultural de México se volvió material didáctico y un clásico de la sociología mexicana. Le gustaba analizar diariamente los acontecimientos nacionales e internacionales, capacidad que lo llevó a convertirse en asesor de los presidentes Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos.

A pesar de sus múltiples e ininterrumpidas funciones en el servicio público, se dio tiempo de realizar proyectos culturales importantes; antes de 1970 tuvo la intención de rescatar el centro histórico de la ciudad de México –a don José se le considera precursor del concepto “Patrimonio de la humanidad”, adoptado por la Unesco- para hacerlo más habitable e impulsar el turismo, pero el proyecto chocó con las ambiciones futuristas de otros políticos y fue relegado. Muchos años después, la idea fue retomada por empresarios como Carlos Slim.

A José Iturriaga le preocupaba sobremanera la relación bilateral entre México y los  Estados Unidos, no deseaba que México fuera absorbido culturalmente por la primera potencia mundial. Decía que era indispensable conocer mejor al poderoso vecino del norte, así que obtuvo fondos para investigar en los archivos estadounidenses la actuación de los congresistas norteamericanos con respecto a México. La investigación tomó años, de ella resultaron 85 mil cuartillas de las cuales todavía queda material inédito.

Los últimos años de su vida don José Iturriaga los pasó en la bella población de Coatepec, contigua a Xalapa. Su aprecio por el estado de Veracruz le nació desde la década de los veinte del siglo pasado, cuando su familia llegó a vivir a la comunidad de Trapiche del Rosario en plena cañada de Actopan. La familia no vivió mucho tiempo ahí, pero su padre, don Ricardo, que fue maestro  en la comunidad, dejó tan buenas amistades y tenía tan gratos recuerdos que decidió retornar y pasar la última etapa de su vida en Trapiche del Rosario, ahí falleció y ahí lo sepultaron. Esto dio motivo suficiente para que tanto José como Manuel, los hijos, mantuvieran contacto con la pequeña población actopeña; a la fecha, todavía los nietos de don Ricardo visitan ocasionalmente el pueblo, entre ellos el conocido escritor José N. Iturriaga.

En octubre de 2001, el Senado de la República le otorgó la medalla Belisario Domínguez, él la recibió con humildad y con orgullo; cuando falleció, diez años después, funcionarios públicos y reconocidos intelectuales dijeron que don José Iturriaga era el último gran hombre del siglo XX mexicano, y tenían razón.

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