Por Elena Poniatowska 

Eduardo Villegas Megías, secretario técnico, citó en Puebla a los integrantes del Consejo Honorario de la Memoria Histórica y Cultural de México, Cristina Barros Valero, María Isabel Grañen Porrúa, Horacio Franco, Eduardo Matos Moctezuma, Luis Humberto Barjau Martínez, Minerva Margarita Valdez Villareal, Frederic Vacheron Oriol, Carlos Pellicer López y Margarita Valdés González Salas, y sólo acudimos Arturo Beristáin, Beatriz Gutiérrez Müller y yo, quienes nos sentamos en un poético escenario a cielo abierto frente a un público por demás paciente. Estábamos ahí Epigmenio Ibarra y otros participantes en primera fila al lado de Beatriz y frente a nosotros un público de hombres, mujeres y niños que esperaba.

Lo más relevante de esa tarde en Puebla fue, de lejos, el monólogo de Arturo Beristáin sobre Felipe Ángeles, que conmemoraba 100 años de su asesinato, como lo califica Beristáin, al afirmar, con la fuerza que lo caracteriza, que no se puede llamar de otra manera. Eso hizo Carranza con Ángeles, lo asesinó.

“A los 100 años de la muerte de Felipe Ángeles –informa el gran actor, quien además es historiador y cultísimo– montamos en el Alcázar del Castillo de Chapultepec la obra de teatro de Elena Garro, que también llevamos al Colegio Militar, porque Ángeles fue en su tiempo el más destacado de los directores del antiguo Colegio Militar, el de Popotla. En Puebla leí la parte del monólogo de Felipe Ángeles que en realidad es la tesis de toda la obra y la posición política de mi general, quien dijo que hubo en México dos revoluciones: una popular y otra política. La segunda fue la que triunfó, la de Carranza, la de Obregón. La que perdió fue la de Villa, la de Zapata, la social, la de la reivindicación popular, y esa se traicionó por lo que después se convirtió en el PRI que todos rechazamos.

–Arturo, lo que leíste, ¿es un texto histórico?

–Es el texto exacto que Elena Garro usa como prólogo de su obra de teatro sobre el juicio del general Ángeles. No lo escribió ella, es parte de la historia de México.

–Resulta muy impactante.

–Sí, es la tesis por la cual Felipe Ángeles deja la milicia, se va a Estados Unidos y regresa a México para tratar de unir al pueblo mexicano, en ese momento dividido. No era una lucha de clases, sino entre revolucionarios con dos concepciones distintas de la Revolución, por eso las palabras de Felipe Ángeles son tan conmovedoras.

–Arturo, ¿qué ha sido para ti la Compañía Nacional de Teatro (CNT)? Ahí eres el mero petatero, ¿verdad?

–Sería falsa modestia decir que somos todos, pero en realidad, el teatro es un arte colectivo, los actores estamos acostumbrados a ser soldados, a unirnos a los demás. Pertenecer a la CNT es un privilegio y un reto, tiene como fundamente el derecho del pueblo a las bellas artes y la obligación del Estado de dárselo…

–He visto que muchos jóvenes quieren pertenecer a la CNT…

–El privilegio de pertenecer a ella y hacer lo que te gusta es uno de los grandes atractivos de nuestra compañía… Ahí adentro todos hacen lo que aman, y cuando uno hace lo que ama, eso no es trabajo, es realización personal.

–Sé de tus grandes conocimientos de historia; me llamó mucho la atención ver que siendo muy joven representaste a Porfirio Díaz.

–Hice a Porfirio Díaz hace 10 años, en el bicentenario, en la película que filmó Jorge Fons, El atentado, porque él y yo filmamos la novela histórica El vuelo del águila, pero nos corrieron de Televisa…

–¿Por qué los corrieron?

–A él supongo que lo sacaron porque no les gustó la línea que estaba tomando y alegaban en su contra que era lento, pero en realidad la razón fue política. Cuando Televisa corre a Jorge Fons, me corren a mí; yo hacía a Porfirio Díaz joven y llaman a Humberto Zurita, gran amigo y gran actor; lo quiero bien, él hace el papel. Veinte años más tarde se filma la película; ahí ya no hice a Porfirio Díaz joven, sino viejo, cuando el atentado, que fue a principios del siglo XX…

–¿Ya era grande Díaz?

–No, no era tan grande en ese momento y eso me dio la oportunidad de estudiar algo que siempre me ha apasionado: la Revolución Mexicana, porque también hice a Lázaro Cárdenas, en otra novela histórica, que también censuraron. Filmamos los años del cardenismo justo cuando Salinas de Gortari estaba peleando la Presidencia contra Cuauhtémoc Cárdenas, y a Televisa le pareció que apoyar al cardenismo era una forma de apoyar a Cuauhtémoc Cárdenas en las elecciones de 1988, y por eso sacaron del aire a mi personaje, lo cual me llena de orgullo, porque si yo lo hubiera hecho mal, no lo habrían censurado, pero como creo que resulté muy convincente, Televisa sentenció: Esto puede ser peligroso, y cortaron mi parte.

–Sin embargo, muchos jóvenes te vieron de Cárdenas…

–Eso sí, no lo censuraron en los casets que se vendían en Sanborn’s, Pero en su momento, la censura ganó…

–Hace como cinco años fui a admirarte en el teatro Milán, en el monólogo de Juan Villoro Conferencia sobre la lluvia. Varios escritores ya me habían confirmado que tienes una formación muy superior y que has leído y reflexionado más que muchos intelectuales…

–Estrené el monólogo en 2014 y viajé con él a algunos festivales, a Panamá, Buenos Aires, Rosario, Nueva York y, desde luego, a absolutamente toda la República Mexicana. En ese monólogo se mencionan dos cosas que me importan muchísimo; uno, la literatura; el monólogo del bibliotecario coincide con todas mis pasiones literarias. Como él, yo amo los libros. Es un monólogo tan bello, tan conmovedor, que representarlo fue como sacarme la lotería, cumplir 50 años de carrera, que los cumplí en el 2018…

El regalo de Ofelia Guilmáin

–Como todo el ambiente de la familia Beristáin era de teatro, supongo que no tuviste dudas en cuanto a tu vocación, aunque no ha de haber sido fácil, porque se cerró la escuela de teatro por el movimiento estudiantil de 1968…

–Sí, metieron a la a cárcel a los estudiantes de una asamblea; el Ejército se los llevó a todos al campo militar 1 con todo y Pepe Solé, que salió a defender a sus muchachos: ¿Usted también?, lo encarcelan y se cierra la escuela. Como no pude entrar a la escuela, Ofelia Guilmáin me ofreció: “Te regalo de cumpleaños que entres a mi compañía, a la próxima obra que voy a hacer, Locura de amor, de Tamayo y Baus, la misma que hacían las primeras actrices a principios del siglo XX: María Guerrero, la Montoya, la Fábregas. Yo soy el paje de la reina y así debuté.

–Te vi de niño en la película El castillo de la pureza, con Diana Bracho, ambos muy jóvenes…

–Sí, José Emilio Pacheco escribió el guion y la película se exhibió en 1972. Actué al lado de Claudio Brook, Rita Macedo y Diana Bracho, aún muy joven… Cuando cumplí 50 años, quise montar el monólogo de Juan Villoro en el Teatro de la Ciudad, en el Esperanza Iris, donde el Cuatezón Beristáin, mi abuelo, hizo teatro de revista con Esperanza Iris. Esa noche se juntaron todas las tradiciones familiares. Ahora, el énfasis de la CNT es montar teatro mexicano. Hay mucho y muy variado y tengo mucha fe en el teatro de las mujeres. Vamos a montar Las mujeres de Zapata, de Conchi León; es el próximo estreno de la compañía.

Tenemos que hablar de las cosas que nos importan, de las que nos están pasando, sobre todo en este momento de pandemia. La humanidad va a cambiar, nuestras vidas cambiarán en todo. Pienso que el señor Hugo López-Gatell lo está haciendo muy bien, a pesar de las discusiones y descalificaciones; me parece que se está polarizando la pandemia del coronavirus políticamente, cuando el problema en México es que confrontamos cuatro pandemias y en otros países nada más es una.

–¿Por qué cuatro?

–La de diabetes, la de obesidad (llenamos el vacío comiendo, cuando los satisfactores no son materiales) y la de hipertensión, que está provocando mayor cantidad de muertes con el Covid-19. Si no padeciéramos obesidad y diabetes, no habría la cantidad de muertos que hay. Por tanto, me parece que es injusto atacar a la autoridad.

“Siempre me repito el texto que Ofelia Guilmáin me hizo memorizar a los 15 años: el Manifiesto romántico, de Schiller: ‘Juro ser tan juicioso, justo y libre como pueda. Juro no hacerme cómplice, ni siquiera con mi silencio, de los injustos y los poderosos. Juro consagrar mi vida a la belleza’. Lo sigo utilizando como norma de vida, procuro ser tan justo, libre y juicioso como pueda, y mi conciencia me dice que es nefasto estar atacando todo el tiempo lo que hace la autoridad, porque, ¿qué gana el señor López-Gatell con que haya más muertos?

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