El próximo Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato, será la siguiente escala en el homenaje nacional que se rinde a la bailarina y coreógrafa mexicana Amalia Hernández, en el marco de las actividades por su centenario de natalicio.

La agenda del Ballet Folklórico incluye algunas presentaciones más de su gira nacional, que en total abarca unas 30 ciudades del país, y a nivel internacional, ya se presentó en Londres, pero ahora lo hará en países de centro y sudamérica, para cerrar con un tributo en Nueva York.

Bailarina, coreógrafa pero sobre todo amante de la cultura y el folclore de México, que supo recoger en su obra, Amalia Hernández Navarro es recordada con bombo y platillo a 100 años de su nacimiento que se cumple mañana, y el cual se ha venido celebrando todo el año.

Portadora de la imagen de México en el mundo, Amalia Hernández Navarro nació el 19 de septiembre de 1917, en la Ciudad de México; su padre fue el político mexicano Lamberto Hernández y su madre Amalia Navarro, maestra de profesión.

De acuerdo con datos biográficos disponibles, a los ocho años de edad expresó a su familia su gusto particular por la danza, razón por la cual pese a la reticencia inicial de sus padres éstos aceptaron pagarle clases particulares instruida por Luis Felipe Obregón y Amado López; su padre incluso construyó un estudio en casa.

Luego, a instancias de su madre, ella junto con sus hermanas ingresaron a la Escuela Nacional de Maestros, institución que abandonó y motivó que sus padres la enviaron a estudiar a San Antonio, Texas, donde se acercó al ballet, dejando a sus padres sin más alternativa que aceptar que se dedicara a esa disciplina.

De acuerdo con el portal electrónico del “Ballet Folklórico de México”, institución de la que es fundadora, sus primeros maestros fueron profesionales de gran prestigio, entre los que figuran Nesly Dambré, bailarina de la Ópera de París, así como el exiliado ruso Hipólito Zybin, considerado el mejor bailarín del Ballet de Anna Pavlova.

Además de su sólida formación en danza clásica y moderna, Amalia adquirió gusto por los bailes autóctonos de las diversas regiones del país y como bailarina profesional empezó a desarrollar la idea de convertir el folclore mexicano en un espectáculo teatral.

En 1934 ingresó a la Escuela Nacional de Danza, dirigida por Nelli Capobello, de quien fue alumna, así como de Gloria Campobello, Ernesto Agüero, Dora Duby, Tessy Marcué y Xenia Zarina, institución en la que participó en diversas obras, como el ballet de masas “30-30”.

Sin embargo, luego de un conflicto con la directora, Amalia Hernández al lado de sus compañeras Guillermina Bravo y Josefina Lavalle, salieron de la escuela, para después recurrir a la maestra Estrella Morales y seguir con la danza.

Años después, con la motivación de crear una institución oficial que impulsara la profesionalización de los bailarines en todas las ramas de la disciplina fundó la Academia de la Danza Mexicana (ADM) al interior del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), cuyos lineamientos consideraban que el arte popular era la “fuente viva de conocimiento y de carácter de lo mexicano”.

En este nuevo espacio, Amalia Hernández se desempeñó como profesora, bailarina y coreógrafa, tras haber estudiado ballet con las maestras Anna Sokolow y Waldeen von Falkenstein.

Además, entre otras aportaciones que hizo Amalia Hernández para México y el mundo, en 1952 fundó el Ballet Folklórico de México, que lleva su nombre y que es emblemático del arte dancístico folclórico de este país, gracias a las diversas manifestaciones de los bailes populares de todas las épocas y de todas las regiones de México. Esfuerzo que en 1992 le valió ser distinguida con el Premio Nacional de las Artes.

Al principio formó su grupo de ballet folclórico con ocho danzantes, pero para 1959, cuando representó a México en los Juegos Panamericanos celebrados en Chicago, ya tenía un conjunto de 50 componentes.

Desde entonces el grupo de Amalia Hernández logró ser programado semanalmente para presentar su espectáculo en el Palacio de Bellas Artes, que comenzó a ofrecer funciones dominicales, lo que se sigue realizando a la fecha.

También se le reconoce la fundación de la Escuela de Ballet Folklórico en México, cuyo edificio sede fue diseñado por su hermano, el también laureado arquitecto Agustín Hernández, en 1968.

Ese mismo año dirigió el Ballet de los Cinco continentes y el Ballet de las Américas, en el que el primero convocó a coreógrafos extranjeros para montajes en México y el segundo incluyó obras de coreógrafos mexicanos a partir de un proceso de investigación en diversos países.

Amalia Hernández ha sido reconocida como la pionera en el desarrollo del ballet folclórico propiamente dicho, recogió las corrientes de baile popular regionales de un México multicultural, que se caracteriza por una gran diversidad de manifestaciones artísticas que se cristalizan en la danza como arte del pueblo.

Entre su trabajo se reconocen más de 60 coreografías de su autoría, entre ellas, “Sonatas”, “Sinfonía India” y “Sones de Michoacán. Sin más, el grupo que fundó, hace más de medio siglo, sigue representando al país tanto en el ámbito local como en el internacional.

Para el bailarín Felipe Segura, a pesar de los conflictos y las críticas, Amalia Hernández y el Ballet Folclórico de México han alcanzado un lugar privilegiado en el mundo entero al ser la única compañía mexicana que ha logrado internacionalizarse y viajar a casi todos los países como embajadora oficial.

Amalia Hernández falleció el 4 de noviembre del 2000, actualmente el ballet es dirigido por Salvador López y la hija de Amalia, Viviana Basanta Hernández.

Luego de una emtiva gala que se la recordó la víspera en el Palacio de Bellas Artes, el Ballet Folklórico de México le seguirá rindiendo tributo en octubre, durante el próximo Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato; para luego continuar su gira nacional, que en total abarca unas 30 ciudades del país.

A nivel internacional, ya se presentó en Londres, y ahora lo hará en países de centro y sudamérica, para cerrar con un homenaje en Nueva York.

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