Héctor González Aguilar

La figura de Renato Leduc, fallecido el 2 de agosto de 1986, está rodeada por un cúmulo de aventuras legendarias y anécdotas que fácilmente nos hace olvidar la importancia de su obra literaria, así como su destacado y combativo quehacer periodístico.

Renato Leduc López nació en Tlalpan a fines del siglo XIX, es de ascendencia francesa, su abuelo llegó a México con las fuerzas imperiales de Maximiliano pero no se regresó con ellas, se estableció en Querétaro. Sus dos pasiones, el periodismo y la literatura, le vienen de su padre, el escritor modernista Alberto Leduc, férreo periodista que visitaba con frecuencia la cárcel por lo ácido de sus publicaciones.

Debido a la muerte de su padre, Renato tuvo que comenzar a trabajar casi desde niño; gracias a una beca estudió telegrafía, a los quince años de edad ya ejerce su profesión en Zacatecas. Poco después del asesinato de Francisco I. Madero, ante el brillo de los dorados de Villa, se enrola como telegrafista en la famosa División del Norte.

De regreso a la capital del país decide estudiar la carrera de Derecho; años después, un amigo suyo le consigue un empleo en la delegación mexicana en París, es el encargado de efectuar los pagos a los diplomáticos mexicanos. Leduc permaneció en Europa varios años, convivió con grandes intelectuales europeos y fue testigo de la toma de París por parte de las tropas alemanas.

Sus inicios en el periodismo ocurren a su vuelta de Europa, para entonces ya ha publicado algunos libros de poesía, siendo El aula (1929), uno de los más reconocidos. El periodismo se convertiría en su pasión, aunque al principio no duraba en los empleos, ya que lo despedían por su postura crítica ante el gobierno. Consiguió la estabilidad económica hasta que lo invitó a trabajar el coronel García Valseca, dueño de El sol de México, quien le puso como única condición no atacar a su amigo Maximino Ávila Camacho. 

Uno de sus más comentados desencuentros con el gobierno mexicano ocurrió en Caracas, en 1960, cuando declaró que la Revolución Mexicana había muerto y que era aprovechada por un grupo político. El presidente López Mateos minimizó esta declaración respondiendo que simplemente era la postura de un poeta.

Leduc, de tendencias socialistas, se caracterizó por defender las causas de los sectores menos favorecidos, tenía una oficina en la ciudad de México, en la calle de Antonio Caso, en donde recibía a la gente para escuchar sus quejas y darles el cauce debido.

Renato Leduc pasó de la telegrafía al periodismo escribiendo poesía, seguramente nunca tuvo la intención de demostrar lo buen escritor que era ni perseguía la máxima del grupo de los Contemporáneos de “El arte por el arte”. Siendo uno de los escritores más atípicos de México, su obra no demerita ante la de ningún poeta consagrado, simplemente es diferente. Es un poeta irreverente, humorista e irónico con una inusual inclinación por los títulos largos, del tipo de Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1933). Siempre huyó de los versos elegantes o cursis, para hacerlo recurría, según Carlos Monsiváis, a las leperadas, a las palabras altisonantes.

A su manera tiene algo de romántico, y si en el periodismo era combativo, igualmente lo fue en la poesía, ahí están sus poemas satíricos contra los funcionarios públicos o su poema a la virgen de Guadalupe, que causó revuelo por tomar a la patrona de México como una diva.

Es un personaje célebre del que se conocen innumerables anécdotas y aventuras; consúltese, por ejemplo, a Ramón Pimentel Aguilar y su Así hablaba Renato Leduc. De carácter desenfadado, con un estilo muy de la calle, se le recuerda por su afición a la bohemia, lo cual no le impedía realizar su trabajo con constancia y disciplina; de no haber sido así difícilmente hubiera dejado una obra perdurable, aunque él mismo dijera que no tenía, como la mosca, la voluntad tenaz.

Leduc logró que uno de sus poemas fuera del gusto pueblo, algo que otros poetas de mayor renombre nunca obtuvieron, el soneto Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran, es una canción popular que todo México canta; por supuesto que no con ese dilatado título, sino con el de Tiempo, alguna vez interpretada por José José y Marco Antonio Muñiz.

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