El confinamiento forzoso ejerce una gran presión sobre las nociones –y la experiencia– del tiempo y del espacio: la vida es la misma y a la vez otra; se “acelera” o se tarda en un ritmo denso que resalta o socava a las personas y las cosas. Si a eso se agrega la enfermedad y con ella el peligro de muerte o la posibilidad de sanación, la experiencia es bastante compleja. En este espléndido ensayo se siguen estas ideas contenidas en una de las obras cumbre de la literatura universal: ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann (1875-1955)

En 1912, Katharina Hedwig Pringsheim, conocida cariñosamente como Katia, alemana, judía, hija de un matemático notable y ella misma matemática y poseedora de altas aptitudes musicales, comenzó a sufrir una serie de trastornos respiratorios. Era común entonces en Europa entera, para hacer frente a aquellos males, recurrir a terapias de duración más o menos larga, de “dos ocasiones y durante varios meses”, en lo alto de una montaña suiza que coronaba la superficie de Davos, la ciudad de la “llanura”. Había allí un sanatorio espléndido, con buenos médicos, y era posible imaginarlo bien provisto de comodidades diversas, algunos lujos (de orden gastronómico principalmente, y conciertos, conferencias) y muchos enfermos que formaban una pequeña Babel dotada de una rara vitalidad. En ese hospital pasaría dos temporadas Katia, conducida hasta aquellas alturas por su amantísimo marido, el ya reconocido narrador Thomas Mann (Lübeck, Alemania, 1875-1955; Premio Nobel en 1929), quien vio en aquel traslado y en ese sitio extraordinario cómo se encendía la chispa que dispararía el curso de una de sus obras mayores: La montaña mágica (1924). En la novela no aparece trasunto alguno de Katia y su aventura hospitalaria, aunque Mann –siempre dispuesto a desplegar una ironía fina y eficaz— bien habría podido incluirlas en una de las tramas que construyó con tanta paciencia y tanta fortuna. “En mayo y junio de 1912”, escribe el novelista en su Relato de mi vida, “la visité en Davos [a Katia], por un período de dos semanas, y entonces recogí –aunque esta expresión no corresponde nada bien a la pasividad de mis vivencias– aquellas prodigiosas impresiones ambientales…” Por aquellas fechas Thomas Mann compondría una de sus novelas cortas, que es también de las más ampliamente difundidas de su vasta colección: La muerte en Venecia (1913), que, como La montaña mágica, tiene en el quebranto de la salud y en el contagio virulento uno de sus centros de gravedad. En el primer caso se trata del cólera; en el segundo de la tuberculosis. ¿Hará falta recordar la mise-en-scène de La muerte en Venecia (1971) a cargo de Luchino Visconti, con un espléndido Dirk Bogarde como Gustav von Aschenbach –no poco un reflejo del propio Mann y del músico Gustav Mahler, cuyo Adagietto de su Quinta Sinfonía da a la película un sostenido e intenso lirismo, aliado al tono lánguido dispuesto por Visconti– y Björn Andrésen como el bello Tadzio (un adolescente de catorce años)?

No deja de ser extraño que aquel filme generara legiones de seguidores de la obra de Mahler y confirmara los asombros y entusiasmos ante el cine del director italiano, al tiempo que atrajera a muy pocos al mundo del creador de la historia original. Thomas Mann había estado en Venecia en 1913, luego de los trastornos de Katia, y allí, delante del mismo mar grisáceo de azules sombras, pudo prendarse con admiración apasionada del “Tadzio” original (en realidad un niño de once años), símbolo vivo de la hermosura, la fragilidad, anuncio de la muerte. 

“Intranquilizadoramente tranquilo…” 

Erika, hija de Katia y Thomas, heredó de sus padres el talento; fugaz actriz de cine, escribió teatro de cabaret primero en su natal Alemania y luego en Zurich y Nueva York, a donde fue en el exilio forzado por su radical antinazismo, que compartió con su padre y toda la familia y desplegó en el periodismo y en la plaza pública. Formalizó en 1935 con el poeta w. h. Auden, homosexual, un matrimonio por conveniencia, al tiempo en que ella mantuvo amores y amistades con varias mujeres. En 1958 dio a conocer unas bellas memorias: El último año de mi padre, un homenaje contenido y hondo, puntualmente revelador. En aquellas páginas, Erika revela que en 1955, poco antes de morir en agosto de ese mismo año, Thomas Mann padeció severos males respiratorios. El relato contiene toda una interpretación del sentido de la enfermedad, muy claramente influida por las ideas del padre.

No deja de ser curioso que Erika Mann recuerde lo sucedido en 1912 sin registrar los trastornos sufridos por su madre Katia, tan serios que la llevaron a su internamiento, como vimos ya. Y es curioso también el hecho que consigna en el retrato final de su padre: Thomas Mann comenzó el año enfermo, luego de salir de Zurich, pasar por Chur y llegar a Arosa (las tres, poblaciones suizas). Pero lo que más llama la atención de este episodio, conforme a nuestros fines, es la fidelidad, diríase casi el mimetismo, a la mirada, el tono del estilo del gran escritor. En consecuencia, convendrá reproducir unas líneas de aquel pasaje: 

En casa habíamos tenido mucha niebla. En Arosa el cielo resplandecía inmaculado, y la nieve reverberante devolvía al azul los rayos solares. El aire invernal no olía a nada, y por ello, parecía más puro que el del verano de la Engadina, impregnado del cálido olor de los pinos y los alerces. ¿Podían desarrollarse en este lugar microbios causantes de enfermedad, portadores de virus infecciosos, o cualquiera que sea lo que haya que entender por una denominación tan vaga? Es posible que el virus que atacó a mi padre la cuarta noche de nuestra estancia viniese, incomprensiblemente, del aire puro. Es posible, por otro lado, que el esfuerzo excesivo por el trabajo lo hubiera hecho a mi padre invulnerable, de modo que llevase ya el bacilo dentro de sí, de manera latente, y que el ozono de la altura, que es bueno contra la enfermedad, demostrase ser, lo mismo que en La montaña mágica, bueno también para provocarla. En todo caso mi padre cayó enfermo. La cosa comenzó con violentos escalofríos, fiebre alta y un gran malestar. Fuertes dosis de antibióticos rebajaron en pocas horas la temperatura de 39.4 grados a 36.5, y la presión arterial de 180 a 90. Esto no era bueno. El descenso había sido demasiado brusco como para que el corazón no hubiera peligrado, debilitando al enfermo de modo excesivo.

Mientras tanto, del todo en su estilo, por su parte Thomas Mann buscaba un consuelo que lo desconsolaba: “Estoy intranquilizadoramente tranquilo”, decía. (Más tarde varias veces pondrá en voz de sus personajes la expresión “Me acostumbro a no acostumbrarme”, en una situación análoga: la de la enfermedad.)

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Esta condición ciertamente dialéctica (lo que es bueno para el sí lo mismo es para el no), ronda la literatura de Mann muy provechosamente. Cumple a su vez un papel doble: da pie al despliegue de la ironía, o quizá mejor: es la propia, infaltable ironía, a la vez que abre los cauces para el drama y para la puesta en el tablero de la confrontación de ideas. La ronda de la enfermedad y de la muerte naturalmente acentúa los matices de la vida, la entrega a cada uno de sus dueños. Al recordar la desembocadura de aquellas desventuras el novelista apuntó que “la novela [Doktor Faustus, 1947] yo la llevaba firmemente arraigada en mi corazón… Mi buen comportamiento como enfermo, la rapidez de mi curación, casi incompatible con mi edad, todo este deseo mío de superar esta tardía e inesperada prueba impuesta a mi naturaleza, ¿no tenía todo esto una finalidad secreta? ¿No se hallaba al servicio de esa finalidad, y no saqué yo fuerzas del ‘inconsciente’ para seguir adelante y poder acabar esta obra?” En otros casos, se había alterado el orden de los hechos, aunque siempre en beneficio del deber cumplido (para Mann la escritura fue una suerte de imperativo categórico kantiano, de acuerdo, según sus propias palabras, con su formación protestante). De modo asombroso un hombre de la que ahora se conoce como tercera edad le daba la vuelta a la enfermedad. Caía en cama, víctima de afectaciones más o menos serias, cuando estaba de vacaciones, como sucedió poco después de terminar Las confesiones del estafador Felix Krull (1954, es decir ya cerca de la muerte). Entonces fue con su familia a Taormina, una hermosa localidad vecina a Sicilia. Al lado del mar no halló reposo sino el contagio de una “odiosa gripe”. Antes, y tras finalizar un emocionado ensayo sobre su amado Schiller, Mann fue atrapado por otro mal respiratorio. “En todos estos casos –apunta Erika– tuve siempre el sentimiento de que la tensión en que él vivía mientras producía un trabajo que le importaba, apartaba de él las flechas de la enfermedad, como si llevase una coraza. Cuando había escrito finis –prosigue el recuerdo de Erika– en cambio surgía –sin que él se lo hubiera propuesto– un estado de distensión, entonces la naturaleza, demasiado cansada, se vengaba dando entrada a virus contra los cuales estaba inmunizado en la vida ‘normal’.” 

El tiempo y su misterio

En La montaña mágica Thomas Mann se propuso, al llegar a un momento determinado de la historia que contaba, hacer coincidir el flujo temporal de la narración con el de lo que acontecía en aquella misma trama múltiple (de un modo análogo al empleado por Sam Mendes, el director del filme 1917, lo que acaso podría sugerir que el curso del tiempo entonces –las primeras décadas del siglo xx, los años de la primera guerra mundial, la “gripe española”, el crack del ’29– disponía de un ritmo más lento que en los años posteriores, de mucho más avanzada tecnología). No puede saberse si Mann lo consiguió del todo, pero no queda duda en el lector de que algo distinto a lo habitual sucede con el despliegue temporario que pasa delante de sus ojos.

En la novela, como ya quedó apuntado, hay espacio para que corran distintas vertientes genéricas, entre ellas la expresión de ideas determinadas, varias de ellas presentes en el teclado filosófico. No se trata de un desarrollo cualquiera, como es muy claro, y como subraya uno de los más fieles lectores de Mann en nuestro medio: Emilio Uranga (véase Astucias literarias, 1971); tanto se extiende y tanto se profundiza la exposición de aquellas ideas que muy a menudo alcanza a tornarse en auténticos ensayos, observa aquel filósofo hiperión. El tiempo es el principal asunto en la novela de las experiencias de Hans Castorp en el hospital de Davos. No pasan muchas páginas sin que surjan en torno suyo las primeras reflexiones de otros personajes. Brotan éstas en un diálogo incidental entre Castorp, en vías de hacerse ingeniero y que acudió a la elevada montaña con la intención de reposar y fortalecerse, y Joachim, su primo, aspirante a militar e internado en el sanatorio, víctima de un trastorno leve pero tenaz. “Cuando se vigila el tiempo pasa muy lentamente” –dice el ya experimentado Joachim–. Me gusta tomar la temperatura cuatro veces por día porque en ese momento uno se da verdaderamente cuenta de lo que es, en realidad, un minuto y también siete minutos, mientras que de los siete días de una semana no se hace aquí ningún caso, esto es lo espantoso”, agrega. Quiere decir que en el confinamiento, en principio, sólo lo de escasa dimensión posee un sentido concreto: lo que tiene un tamaño mayor se torna inabarcable, hasta hacerse inconcebible. De esta manera Thomas Mann inaugura sus reflexiones sobre el tiempo, y de inmediato da la palabra al “intelectual” de aquel dueto, a Hans, quien a sus veinticuatro años puede ser ya un indagador brillante y mantiene el dominio en el trato diario con su primo. Lo pone en su lugar: “Tú dices: en realidad. No puedes decir: en realidad… El tiempo no tiene ninguna ‘realidad’. Cuando nos parece largo es largo y cuando nos parece corto es corto; pero nadie puede saber qué cantidad de longitud ni de brevedad”. Pertrechado en el más firme sentido común Joachim responde: “¿Cómo no, si podemos medirlo? Tenemos relojes y calendarios, y cuando ha pasado un mes ha pasado para mí y para ti y para todos nosotros [los confinados].” En realidad, en realidad (y aquí sí puede afirmarse lo que sucede), lo que hacen los personajes de Thomas Mann, encerrados por voluntad propia en busca de cura y de fortalecimiento, es asomarse a la fija y movediza naturaleza del tiempo. Enclaustrados, miran delante en su horizonte, más cercano que lejano, cómo el tiempo se entrecruza siempre, y siempre de manera extraña, con el espacio. Ambas categorías, para decirlo en los términos del infaltablemente próximo Emmanuel Kant, mantienen sus correspondientes autonomías mientras parecen no poder existir una sin la otra. ¿Qué es un minuto? ¿Cuál es su extensión —concepto espacial, si los hay? “¿Es acaso un minuto tan largo –pregunta Hans– como a ti te parece cuando tomas tu temperatura?” La respuesta es inmediata: un minuto es siempre igualmente largo; dura en toda circunstancia lo que emplea la aguja del minutero en su incesante recorrido.

Pone Mann sus preocupaciones, sus reflexiones y sus ideas en la mente de sus personajes, de estos dos jóvenes (y en especial también de otros dos hombres, mayores, cuyos despliegues son de mayor extensión, y no se ocupan del tiempo –acaso porque no les queda mucho). Son dos jóvenes que han quedado atrapados pero que pueden abandonar el encierro de acuerdo con su voluntad. ¿Pero son de veras las ideas de Thomas Mann? Han venido a su cabeza, danzan en ella, aparecen y se ocultan, serpentean, emergen, avanzan y retroceden. ¿Son suyas siempre? Lo cierto es que no parece ser así, pero a la vez de ningún modo pueden considerarse ajenas. ¿Las suscribe? Puede hacerlo sin duda; sin embargo, lo que más cuenta es la forma en que brotan en la novela, en aquel confinamiento. Lo hacen con entera naturalidad, sin que haya remedio: dos jóvenes en aquellas circunstancias no tienen más que girar alrededor de aquellas nociones, o que dejar que aquellas ocurrencias no cesen de girar en torno suyo. La respuesta al problema que entraña el tiempo por naturaleza es ardua, y es claro que sin dificultad puede ser contradictoria. Con gracia y con soltura, Mann hace ver al lector que él mismo comparte aquella condición: es un testigo de la historia que nos cuenta, de la que no conoce más que lo que va ocurriendo, en dos planos diferentes y complementarios uno del otro: en el interior de los personajes (conforme éstos miran y van diciendo el mundo en que se hallan) y en aquel ambiente, tamizado por la presencia del tiempo. El confinamiento entrega a quienes lo sufren la visión más nítida y a la vez más densa de aquella presencia. Como nunca antes, como en ningún otro momento o en cualquier otra circunstancia, el tiempo toma vuelo y cuerpo, se mete en la entraña frágil –a fin de cuentas irremisiblemente enferma– de quien lo vive y lo siente, con suave y firme intensidad, con dura serenidad o con zozobra apenas encubierta ante sus propios ojos y los de otros. De esta manera, Thomas Mann a veces toma la palabra, se despoja de su antifaz y encuentra, sin ocultar que es él quien discurre y habla, que en la reclusión forzada o voluntaria, … el tiempo nos parece largo o breve, se alarga o se contrae, según nuestra propia experiencia, lo mismo que la aventura del héroe de nuestra historia, de nuestro Hans Castorp, sorprendido de un modo tan inesperado por el destino. Y puede ser útil en presencia de ese misterio que constituye el tiempo, preparar al lector para otros milagros y fenómenos además de los que lo sorprenden ahora… Basta que se recuerde con qué rapidez una serie, una “larga” serie de días, transcurre cuando uno los pasa en la cama como enfermo. Es el mismo día que se repite sin cesar. Pero, como siempre es el mismo, es, en el fondo, poco adecuado hablar de repetición; sería preciso hablar de identidad, de un presente inmóvil o de eternidad. Te traen la sopa por la mañana, del mismo modo que te la trajeron ayer y como te la traerán mañana. Y en el mismo instante te envuelve una especie de ráfaga, no sabes ni cómo ni dónde te hallas cogido por el vértigo, mientras ves que se aproxima el potaje; las formas del tiempo se pierden, y lo que se te revela como la verdadera forma del ser es un presente fijo en el que te traen eternamente la sopa…

La fatiga del espíritu

Para cerrar estas líneas rápidas (¿sabré alguna vez cuánto tiempo me ha llevado hacerlas?) habrá que imaginar lo que Thomas Mann y sus personajes pensarían de los “largos” días de confinamiento por los que pasa más de medio mundo. Con todo y que existe una diferencia de principio (en La montaña mágica nadie permanece en su hogar mientras ahora todos “se quedan en casa”) la situación es en esencia análoga, en tanto que su mayor peso radica en la reclusión y en una muy probable monotonía. El novelista observa el fenómeno: se trata, en el fondo, de un asunto de aclimatación que constituye “una aventura singular”. A la aclimatación ha de sumarse la transformación, “algunas veces penosa”, y que supone la intención de renunciar cuando haya terminado y de “volver a nuestro estado anterior”. Aquellas experiencias se hallan insertas como una interrupción, “como un intermedio en el curso principal de la vida, como un objetivo de ‘descanso’” (de salvación, en el caso actual). Se quiere en efecto salvar, y cambiar y renovar el funcionamiento del organismo que corre peligro de enfermar (es decir: de perder su firmeza) y de perderse “en el ir y venir inarticulado de la existencia. En el confinamiento, y también fuera del confinamiento, el cuerpo y el espíritu se fatigan. Se cansa el alma, y se lastima al tener conciencia de la duración que quizás acabe por perderse en la tenaz monotonía. El confinado no puede dudarlo: la vida es tiempo. Y el tiempo, a más de ser un misterio, es cambio. Y el cambio supone la existencia de coordenadas espaciales. El espacio es perceptible merced a los sentidos. Del tiempo tenemos un sentimiento. Por eso nos sitúa delante de nosotros mismos y nos deja descubrir la vida.

En tal sentido, el enclaustramiento pone a la vista una paradoja: cuanto más rico e interesante es el contenido de un momento, un lapso, un período, más se abrevian las horas y los días a la vez que le da al tiempo “amplitud, peso y solidez”. El paso del tiempo es de este modo mucho más lento cuando los años, de acuerdo con un acertado Thomas Mann, están ricamente nutridos de acontecimientos, y a la inversa: en los años pobres, vacíos y ligeros “el viento barre” y aquellos años “se van volando”. Nada peor que esa pobreza; de ahí que el confinamiento espante y llegue a desquiciar. La monotonía ininterrumpida hace que el corazón se encoja. Por eso pone en zozobra al corazón. Los hombres y las mujeres son seres de hábitos fraguados y refrendados cada día. Y la costumbre, bien que lo sabemos, “es una somnolencia… un debilitamiento de la conciencia del tiempo”. Por eso las alteramos o las inventamos: para mantenernos en vida, “para refrescar nuestra percepción del tiempo”, para rejuvenecer, fortalecernos, para generar “una lentitud de nuestra experiencia del tiempo y, por esa causa, la renovación de nuestro sentimiento de la vida en general”.

*Juan José Reyes. Ensayista y editor, dirige desde 2004 la revista Cultura Urbana de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (uacm). Escribe ahora un libro acerca de la vida y las ideas de Emilio Uranga.

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