Jesús Arrúe se crio en el barrio chino de Valencia. En los años setenta y principios de los ochenta, era habitual que los niños bajaran a la calle a jugar. “Era una época dura, la del caballo (heroína), la de las jeringuillas tiradas por los parques, pero también había como un código de honor, de respeto, y si eras vecino y te conocían, te respetaban, y ¡mira que nosotros éramos de cuidado!”, recuerda este pintor de 46 años, frente a un retrato recién acabado de Andy Warhol.

Empezó pintando en las paredes, a veces con las pinturas Alpino que les regalaban las prostitutas, y continuó en la cercana Biblioteca Pública, emplazada en un antiguo manicomio (uno de los primeros de España) renacentista del siglo XV, el llamado Hospital dels Innocents o de Folls. “Allí nos cogieron cariño. Nos pasábamos las tardes dibujando y podíamos ver los libros y los tebeos”, cuenta en primera persona del plural que incluye también a sus cinco hermanos.

No ha dejado de pintar desde entonces, pero hasta que murió David Bowie hace tres años, no se ha podido dedicar exclusivamente a ello. Su hermano Pedro, por el contrario, se consolidó hace tiempo como uno de los pintores y escultores más respetados en España en el arte de temática religiosa. También demostraron talento otros dos hermanos, pero optaron por un camino más seguro y ahora ejercen de inspectores de policía. 

Jesús ha sido gogó en discotecas que en su momento jalonaron la Ruta el Bakalao como Spook o Puzzle; también ha trabajado de camarero, vendedor y encargado en tiendas de ropa de moda. “La noche es muy dura y a veces compaginaba varios trabajos y apenas podía pintar, pero al mismo tiempo yo me inspiro en la vida y para eso tienes que vivirla”, explica el artista hecho a sí mismo, que abandonó los estudios de Psicología y Artes y Oficios. 

Su vida cambió cuando colgó en las redes sociales su retrato del cantante británico, como un homenaje a su ídolo adolescente. Tuvo tanta repercusión el cuadro inspirado en una emblemática portada de un disco que empezaron a lloverle encargos. Un conocido ejecutivo le compró varios, le llegó un pedido de EE UU. Los vendía por unos 2.000 euros. “Aunque no tenía regularidad, vi la posibilidad de lanzarme al vacío “, explica en su estudio del barrio del Carmen, donde se agolpan sus obras, en su mayoría retratos de famosos inspirados en fotografías, aunque también hay encargos de personas anónimas.

“Cuando Álex González subió su retrato a su Instagram fue un subidón y lo noté”, señala Jesús, en alusión al actor con más de un millón de seguidores. Alejandro Sanz, Miguel Bosé o Antonia San Juan cuentan ya con retratos de este chico del barrio chino cuya vida dio otro giro inesperado el pasado verano. Se le apareció Madonna, a la que adora también desde la adolescencia.

Había colgado en su Instagram un vídeo con el retrato de la cantante estadounidense mostrando cómo se podía quitar y poner el parche de tela de lienzo que le tapa un ojo en su nueva imagen como Madame X, el título de su último disco. La entrenadora personal de la estrella del pop lo vio y se interesó por él. Tras meses de espera, Madonna subió a su Instagram el retrato en su versión con parche y le compró el cuadro.

Jesús aún se emociona cuando lo recuerda. “Hablé en privado con Madonna, que me dio las gracias por mi trabajo”, comenta el artista que ha pintado una de las meninas de Madrid elegidas por el público. Ahora tiene diversos encargos que saca adelante mientras pelea contra la turistificación del centro de Valencia que le expulsa de la casa donde vive alquilado desde hace años. “La verdad es que siempre me pasan cosas”, dice al ahora también representante vecinal.

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