Juana Elizabeth Castro López

La paz del alma, el mundo la define como un estado de bienestar en medio de la tranquilidad y la seguridad. Así que; ante los retos, dificultades, situaciones problemáticas y dolorosas, más las noticias aterrorizantes; solemos sentir que no tenemos paz. Este sentir es humanamente lógico y correcto, ya que, todo eso nos roba la paz, como el mundo la define. Sin embargo, esta percepción no está respaldada por el Espíritu de las Sagradas Escrituras cristianas, pues, este afirma, que cuando la seguridad de nuestra vida no se funda en nuestra percepción de las cosas sino en el cimiento sólido e inamovible de las palabras de Dios, es posible tener paz aun en medio de las situaciones más adversas. Y, señala dos formas de vivir: una es, cautivos del miedo y la zozobra y la otra es, “al abrigo del Altísimo” (Salmos).

Ciertamente, nadie está exento de vivir adversidades, situaciones difíciles y retos. De hecho, Jesucristo no nos promete que estaremos libres de dificultades, pues dice: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan). Nuestro triunfo está implícito en su victoria. Y, en la fidelidad de su Palabra se halla la clave de nuestra paz; su poder transformador se desata cuando somos hacedores de esa Palabra y no solamente oidores.  

Tenemos paz en Jesús,  Palabra de Dios, que encarnó para traernos “manto de alegría en lugar del espíritu angustiado” (Isaías). Él es quien nos  hace ver las dos formas de vivir las adversidades y, como siempre, no sólo diagnostica el problema sino que da la medicina efectiva. Por eso él dice: 

Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.  Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. (Mateo)

Aquí, Jesús, en el Sermón del Monte, acaba de dar enseñanzas liberadoras, palabras poderosas; para vestirnos de “traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento” (Isaías). Las palabras de Jesús traen, a quienes las pone por obra,  esa paz que se da aun en medio del fuerte golpeteo de las dificultades, enfermedades y problemas angustiantes. Todas las circunstancias que en el mundo natural pueden robar la paz a las personas; pero, no a las que viven cimentadas en la Palabra de Dios. Por esto Jesús agrega: 

Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;  y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. (Mateo)

Jesús presenta una misma situación de adversidad. Una inundación por lluvias y vientos torrenciales, que golpea con fuerza a dos tipos de casa: una bien cimentada sobre la roca y otra edificada sobre la arena. Ambas casas son golpeadas, pero una vive el furor de la tormenta en la seguridad de un buen cimiento; mientras que la otra cae abatida por las circunstancias debido a la falta de un cimiento firme y verdadero. Ambos dueños tuvieron la oportunidad de construir su casa; uno prefirió elegir un cimiento firme y el otro escogió uno fácil de hacer, pero no firme. Así es en la vida, muchos eligen lo cómodo;  pocos,  lo que implica cimentarse en la Palabra de Dios.  Aquellos, cuando viene la tormenta y en medio de las dificultades pierden la paz. No así, los que eligen comprometerse con la voluntad de Dios. A ellos, Jesús les dice: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan). 

En conclusión. El discurso del mundo acerca de la paz, contrariamente a lo que ostenta, promueve el miedo; llevando a millones al cautiverio de la incertidumbre.   Jesús es la Verdad que nos hace libres. Dios lo envió “a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos…” (Isaías).

Él vino a liberarnos, al desterrar el miedo y  darnos la paz verdadera; que prevalece aun  en medio de la adversidad. Esto es posible cuando nos comprometemos a cambiar nuestra forma de vivir cimentándola en sus palabras; al poner en práctica sus enseñanzas y no solamente oírlas. 

Ciertamente, esta paz que da vivir bajo la dirección divina, supera infinitamente  a la que el mundo predica. Y,  vivir en esa paz sobrenatural, es cuestión de una decisión personal. 

juanaeli.castrol2@gmail.com

Publicidad