De gira por la costa del Pacífico y tocado con un sombrero de la comunidad wixárika, López Obrador subió al estrado dispuesto a presentar una batería de medidas en favor de los pueblos indígenas. Al llegar el turno de las pensiones, anunció que “los indígenas recibirán su pensión a los 65 años y los mestizos a los 68”. La frase ha provocado un incendio durante esta semana en el panorama mediático y político mexicano. Por el fondo y por la forma. Por tratarse de una medida englobada en la discriminación positiva, que intenta favorecer a una población secularmente olvidada. Pero, sobre todo, por enunciar explícitamente la diferencia racial en un país poco habituado a este tipo de debates en la esfera pública.

A diferencia de países como Estados Unidos o Brasil, donde la cuestión racial lleva décadas encima de la mesa, con políticas, discursos y espacios reservados a dirimir la discriminación, la violencia o la infrarrepresentación institucional, en México aún no es tan común. “Las palabras de López Obrador sorprendieron e incomodaron porque muy pocas veces un presidente del Gobierno se había referido de esa manera a indígenas y mestizos. No se suelen usar estas categorías con tanta normalidad como en otros países”, apunta Rosario Aparicio, investigadora en trabajo y desigualdad por el Colegio de México.

El debate racial es silencioso en gran medida porque el mito fundacional de la identidad mexicana moderna es el mestizaje. Una categoría política y resbaladiza alentada desde la Revolución: la “raza cósmica”, en palabras del intelectual José Vasconcelos, un supuesto combinado de europeo e indígena que superaba por fusión a los dos elementos que la conforman. El mestizaje nacionalista mexicano aspiraba también a eliminar de paso la tensión racial.

“Es un caso sui géneris. Las dicotomías raciales en otros países latinoamericanos no siempre contemplan al mestizo como una tercera categoría intermedia entre los extremos blanco-indígena. Porque en el resto de países no hubo procesos revolucionarios exitosos que llevaran a grupos mestizos poder”, señala Ana Itzel Juárez, profesora de antropología de la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de UNAM.

El debate racial es silencioso porque el mito fundacional de la identidad mexicana moderna es el mestizaje

Los académicos consultados coinciden en que lo que más molestó de la intervención de López Obrador fue paradójicamente la mención a lo mestizo. “Muchos no se reconocen en esta categoría, que se construye en contraposición a lo indígena: es mestizo todo el que no es indígena. Esto es problemático porque somos mestizos con muchos genes mezclados de europeos, africanos, amerindios. Y los indígenas tampoco están puros, se trata de una auto adscripción en lo lingüístico y de reproducción de formas culturales milenarias”, añade la antropóloga de la UNAM.

En México 11 millones de personas (más del 10% de la población) se consideran indígenas, adscritos a 68 pueblos originarios, según datos de la Secretaría de Cultura. Los ciudadanos indígenas triplican la media en tasas de analfabetismo, las carencias en servicios médicos y solo un 13% cuenta con un contrato laboral, según la última encuesta nacional sobre discriminación del Conapred, órgano centinela de la diferencia. “En México, hasta hace relativamente poco tiempo, el racismo y la discriminación racial habían sido temas negados, invisibilizados y normalizados en la cultura, las prácticas y las instituciones sociales”, reza el informe.

Las barreras van cayendo a mediada que se aclara el tono de piel. Hace dos años, el instituto de estadística mexicano publicó un estudio que partía de una gama de 11 tonalidades. Cuanto más moreno, menos posibilidades de alcanzar un puesto alto de trabajo o estudios superiores. Un 30% de los directores o jefes de área son blancos y el mismo porcentaje de morenos se dedica al campo. De acuerdo al mismo patrón de estudio, el informe de Conapred, también de 2017, arrojó que casi 60% de los mexicanos identifican su tono de piel como perteneciente a los tonos intermedios. Solo el 11% señaló que corresponde a los tonos más oscuros.

“Raza es una palabra que da pavor en México. Porque vivimos bajo la fantasía de que todos somos iguales. Es un racismo implícito que ha estado invisibilizado y poco a poco se va destapando”, apunta Aparicio, que defiende a su vez las medidas de discriminación positiva a favor de la población indígena. “Existen desde hace décadas políticas públicas dirigidas a dar ventajas a ciudadanos que viven en rezago: financiamiento, becas, subsidios… La diferencia es que hasta ahora ningún presidente lo había hablado tan abiertamente”. Más allá del discurso, la diferencia también será también conocer la cuantía de las pensiones para un sector de población que apenas ha cotizado porque ni siquiera cuenta con un contrato de trabajo formal.

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