Hay libros que, para sus autores, son como islas. Allí se refugian cuando arrecia la tempestad personal. Y eso hizo Silvia Herreros de Tejada (Los Ángeles, 1975) con su segunda novela, a la que tituló sin equívocos posibles: «La otra isla» (Espasa). En ella, indaga en su pasado familiar para, desde la ficción, narrar una historia de identidades partidas con el exilio cubano de telón de fondo y Gertrudis Gómez de Avellaneda como fantasmagórica presencia.

—El exilio es un tema muy literario, pero ¿por qué eligió el cubano?

—Mi familia materna es cubana y quería explorarla. El exilio es tan relevante para la identidad que no se puede pasar por alto. Es una seña de identidad muy profunda y, a veces, los que rodeamos a los exiliados no nos damos cuenta. Me interesaba la identidad partida, cómo esas personas no acaban de pertener a un lugar concreto y el exilio termina siendo una isla personal, interna.

—Escribir sobre Cuba no es una tarea fácil…

—Es muy difícil y me daba mucho miedo, porque parece que no se puede escribir sobre Cuba sin hablar de política. Yo no quería escribir una novela política. Mi familia era anticastrista y me parecía un poco osado por mi parte hablar de algo que no conozco directamente. Yo lo estoy contando desde muy lejos, y esa era la dificultad. De ahí las tres versiones que hay en la novela: la idealizada, la que se quedó enamorada de la revolución y la desencantada.

—¿Cómo se logra elevar una historia tan personal a la categoría de ficción?

—En un momento dado se me pasó por la cabeza autoficción. Mi madre murió en el proceso de escritura y podría haber sido muy jugoso…

—¿Y qué hizo al final?

—Acercarme muchísimo a Cuba. Primero, quedé con todo el exilio cubano que conozco en Madrid. Después, pasé casi tres semanas en Miami. Y, luego, viajé a Cuba por primera vez en mi vida.

—¿Cómo se sintió allí?

—Hice dos viajes y me metí en Cuba a saco. Fue una especie de mosaico, como un popurrí, parecía que no estaba muy claro lo que buscaba, pero necesitaba acercarme mucho a Cuba para poder escribir desde la ficción. Me documenté como si estuviera haciendo un documental. Incluso pasé por comisaría, estuve tres horas allí porque pensaban que era una espía estadounidense…

—¡Vaya situación!

—Sí (ríe)… Pero yo siempre contestaba lo mismo: estoy escribiendo una novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda, aunque ninguno sabía quién era. En realidad, un novelista es un poco un espía.

—Ya que la menciona, ¿por qué se fijó en Gertrudis Gómez de Avellaneda?

—Porque nuestra labor como mujeres escritoras es hacer un poco de historia femenina. Quería rescatar a Gertrudis, que es una poetisa maravillosa, porque me interesaba mucho el concepto de identidad partida de ella. Uno de los motivos por los que se dice que no ha pasado al canon literario es que se quedó en el limbo de la identidad del exiliado, que le negó la trascendencia literaria: en Cuba era considerada española y en España, cubana.

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—Al comienzo de la novela cita «Al partir», el poema que ella escribió en el barco, cuando salió de Cuba.

—Y, hoy en día, muchos cubanos que se van de Cuba lo recitan en el avión… Me parece muy bonito que esa figura haya permanecido como símbolo del exilio.

—Ella es, también, una de las grandes escritoras del romanticismo, corriente literaria muy presente en el libro.

—El romanticismo me encanta y, en realidad, he intentado emular ese tipo de novela romántica;esa era mi gran ilusión y me divertí mucho haciéndolo. Como novela romántica, es una mezcla de géneros: novela de viajes, de aventuras, de aprendizaje, romántica… y es una novela que tiene un guión. Quería hacer algo que fuera como un puzle para el lector y me importaba ese desasosiego que te produce la muerte cuando han quedado tantas cosas por descubrir de las personas que se mueren. A mí me ha dado mucha paz esta novela.

—De hecho, la novela tiene mucho de duelo…

—Sí, y de reconciliación con la muerte. Mi madre tenía una excentricidad que, en gran parte, tenía que ver con el hecho de ser cubana. Y la escritura me ha permitido reencontrarme con quién era mi madre. Ha sido un proceso doloroso y muy epifánico, revelador, en el sentido de cómo la literatura puede revivir a los muertos, y eso me ha parecido un consuelo maravilloso. Resucitar a mi madre a través de la ficción… le he otorgado cierta inmortalidad y eso me ha consolado mucho desde un lugar muy profundo.

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