Héctor González Aguilar

Hace ciento diez años que Francisco I. Madero encabezó el movimiento revolucionario con una proclama democrática: Sufragio efectivo, no reelección. Después de terminar con la dictadura de Porfirio Díaz por la vía de las armas, obtuvo el triunfo en las elecciones extraordinarias de 1911. El país, sin ninguna experiencia democrática, elegía un gobierno de manera libre a través del voto.

Poco le duró el gusto al nuevo presidente, en menos de dos años fue víctima de un golpe de estado perpetrado por uno de sus más cercanos colaboradores. Por sus buenas intenciones, don Francisco ha pasado a la historia como “el apóstol de la democracia”, aunque nunca sabremos si realmente la hubiera implantado en México. 

La caída de Madero ocasionó el caos, la revolución se dividió en varias facciones diseminándose por todo el territorio. México se arruinó una vez más y luego de varios años de lucha, y del asesinato del presidente Carranza, la facción de Agua Prieta consiguió la victoria que sería definitiva.

Cierto es que el objetivo de Madero –la no reelección- fue elevado a rango constitucional, pero quedaba el reto de consolidar un gobierno legal con transiciones pacíficas. La ocurrencia de los magnicidios de Carranza, Francisco Serrano y Álvaro Obregón indicaba que los interesados en la presidencia confiaban más en la eliminación de la competencia que en los resultados de una contienda electoral.

Tal vez por eso no se siguió el ejemplo de los principales países que tienen un sistema republicano, no se estableció la democracia. Para evitar las transiciones violentas, el gobierno emanado de la revolución tuvo que diseñar un mecanismo que controlara las ambiciones de los generales de prestigio y de los caudillos regionales: se creó un partido político.

La idea resultó efectiva y se la debemos a Plutarco Elías Calles; el partido de la revolución –el PRI, su nombre definitivo- tuvo éxito en refrenar las ansias de poder de los generales; por fin, la nación entraba a una etapa de paz relativa acompañada de un desarrollo económico. De esta forma, sin balazos y con una democracia aparente –había elecciones, pero no competidores reales-, el partido se constituyó en la plataforma idónea para impulsar a los aspirantes a la presidencia de la república y a los demás puestos de “elección popular”.

Era nuestra dictadura perfecta -así le llamaron desde el exterior-, no se reelegía a una persona sino al mismo grupo político. Si la dictadura de Porfirio Díaz se sostuvo por treinta y cuatro años, la del partido se estableció por un periodo mucho más dilatado.

El exceso de poder perjudica a todos, gobernados y gobernantes. Le sucedió a Porfirio Díaz, le sucedió al partido de la revolución. El PRI cumplió su ciclo, después se volvió tan inoperante como lo fue Díaz. Independientemente del progreso económico o del desarrollo social alcanzado en ambas dictaduras, en ninguna de ellas hubo avance en el auténtico ejercicio democrático, cosa muy natural en esta clase de regímenes.

El año de 1988 fue crucial, la memoria popular recuerda las elecciones de ese año como un gran fraude, el PRI se sostuvo dando una cuchillada a la democracia al no reconocer el triunfo de un candidato de tendencia socialista. Era la decadencia del partido, su aparato de poder se fue debilitando, se vio obligado a establecer alianzas con el PAN –sus más antiguos opositores- para permanecer en el gobierno.

Después de 1988 la lucha por tener elecciones limpias fue más notoria aunque no fue lo suficientemente fuerte para vencer a la nueva cúpula gobernante, hasta que llegó el momento en que al gobierno le fue imposible eludir la auténtica práctica democrática.

Este fue el caso en las elecciones del 2018, se recurrió a ella como la última e inevitable opción, pues la impopularidad de PRI y PAN era inobjetable. El resultado fue el triunfo de una nueva fuerza política, MORENA. El camino que marcó Madero se hizo largo y escabroso, pero valió la pena recorrerlo.

Con el acceso de López Obrador a la presidencia de México debería vislumbrarse una apertura sustancial hacia la verdadera democracia; sin embargo, pasa el tiempo y lo que se prefigura es que seguiremos en lo mismo, hay indicios de que nos inscribiremos en la misma escuela del pasado. Las irregularidades en la elección del nuevo líder de MORENA dan margen a la reflexión sobre el tema de las futuras libertades políticas.

Y aquí caben las preguntas, ¿es que los mexicanos no podemos respetar la metodología para realizar unas elecciones claras y transparentes?, ¿es imposible implantar en México un verdadero régimen democrático?

En toda nuestra historia antidemocrática ha habido el temor de que nos gobiernen aquellos que no están capacitados para hacerlo, la experiencia de los últimos años demuestra que algunos de los que han llegado al gobierno solamente lo utilizaron en su provecho. Un régimen democrático no está exento de estas fallas, se supone que los riesgos disminuyen en la medida en que el pueblo va saliendo de su incultura política. Para ello es necesaria una buena educación cívica de los ciudadanos, en México estamos lejos de ese objetivo aunque nunca es tarde para empezar a buscarlo.

El presidente tiene muchos compromisos por cumplir, está empeñado en acabar con la corrupción, ojalá lo logre, pero, ¿qué hay de la democracia, las elecciones de 2018 serán recordadas solamente como un hecho excepcional?

¿Será López Obrador el nuevo apóstol?, ¿será el sepulturero de nuestra tradición antidemocrática?, ¿o será nada más la reencarnación de aquel Plutarco que ha venido a crear la nueva fuerza política que gobernará a México en el siglo XXI?

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