“Leer siempre será más importante que escribir”: Jorge Brash

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(ESTA ENTREVISTA SE PUBLICÓ EN ESTE PORTAL EL 7.04. 2016)

Fotos Saúl Ramírez

  • “Las lecturas fundamentales que tenemos pendientes son infinitas”
  • “Como dice Ciorán, Dios le debe a Bach buena parte de su popularidad”
  • “Un verso auténtico es un mundo que se le ha escapado de las manos a su autor”
  • “La prosa casi imperceptiblemente acaba por dejar ideas e intuiciones poéticas”

Con sesenta y seis años de edad y con un largo recorrido por el mundo de las letras, el veracruzano Jorge Brash habla extensamente con Palabras Claras sobre el mundo de la poesía, su poesía, de la naturaleza, la importancia de la lectura y comparte experiencias donde coincide que el hombre debe mirar hacia el hombre a través de la filosofía.

En la mirada y expresión, Jorge Brash demuestra que la duda siempre será la mejor compañera de la sabiduría y reflexiona “Acaso el verdadero miedo no sea a la hoja en blanco sino a la página insalvable”.

El autor de Hora de la Voz, Persistencia del Agua, Décima suerte , La Alcayata , A la orilla del aire  y La orquesta, reconoce que su vida está A la mitad del puente, como se titula otra de sus obras. Por ello, asegura que “lo más probable siempre es equivocarse” y afirma que “el poeta tiene que volverse el principal crítico de su obra”.

El también traductor de autores como Rubinstein, Shaw, John Mc Gahern y George Minois, nació en Xalapa y está convencido de que el Humanismo es una doctrina en la que se pueden recuperar muchos de los valores éticos y morales; dice que para que una sociedad funcione debe existir, más que tolerancia, respeto por las diferencias y por quienes, como algunos filósofos, matemáticos, místicos y poetas, se mueven en grupos aislados o en el más absoluto de los retiros.

La sencillez y profundidad en las respuestas de Jorge Brash reflejan un sentir diferente de la poesía, de la música e incluso de la política. El espacio que se abre a la cultura enriquecerá la vida política de Veracruz y el entrevistado nos comparte en exclusiva un fragmento de su próxima obra denominada Jícara.

Acecha el gato en su rincón discreto

el punto de inflexión en que el secreto

abandona el regazo,

y en su piel una selva sigilosa

se despereza y abre ya la rosa

del certero zarpazo.

El frío es un violeta desleído

que toca en el celaje entelerido

suaves aires de sol.

Anida el viento en álabes, cortezas,

y en las raíces mismas de las huesas

ensaya su arrebol.

Viento en la cumbre; en la cañada viento.

El aire anda buscando su aposento

y da un fruto lirondo,

una drupa en sazón iluminada

que deja la ventisca trastornada

en el ruido de fondo.

[Tomado de Jícara]

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Sabemos que entre tu primera publicación y la más reciente se acumulan ya 45 años, colaboraciones en muchas revistas y seis cuadernos o libros de poesía. Para darnos una idea de tus gustos, ¿podrías decirnos, de los poetas de lengua española, cuáles son los primeros que se te ocurren?

Federico García Lorca, Emilio Prados, Quevedo, fray Luis de León, Sor Juana y José Gorostiza.

Y aparte de la poesía, cuáles son tus autores favoritos.

En ensayo, Reyes, Unamuno, Zaid, Juan Villoro, Gide, Voltaire, Chateaubriand, Michelet, Maeterlinck, Cioran, Zweig, Canetti; en novela, Cervantes, Melville, Henry Miller, Kafka, Virginia Woolf, Leopoldo Alas, Fernando del Paso, Dostoievski, Flaubert, Michel Tournier, Marcel Proust, Thomas Mann, Irene Nemirovski; en teatro, Shakespeare, Arthur Miller, Ibsen, Strindberg y Chéjov; en cuento, Las mil y una noches, Boccaccio, Pirandello, Maupasant, Rulfo, Borges Cortázar y Calvino.

¿Ves alguna relación entre la música y la poesía?

La relación es, naturalmente, filial, pues la poesía toma de la música melodía, intensidad, duración y ritmo. Luego, con la palabra, la poesía habrá de esmerarse y hacerse cruces por no desvirtuar aquello que ya se le había dado en la forma pura. De niño tomé algunas clases de piano con unas amigas de la familia que vivían en la casa de al lado; sin embargo aquello fue más que nada una diversión, ya que por entonces más bien andaba aprendiendo a leer y escribir. Ya tarde, a los quince años, me inscribí en el Conservatorio para estudiar música y violín, pero no tuve la disciplina suficiente y mi maestro y yo nos dedicábamos a hablar de música, por lo que aquellas seis o siete clases a las que asistí me sirvieron para oír tocar a mi maestro y escuchar sus anécdotas. En todo caso soy un aficionado empedernido o, como me dice un amigo, “oreja profesional”, lo que desde luego resulta una exageración. Oigo mucha música, sobre todo si no tiene letra ni programa. Cuando escucho una canción, generalmente prefiero no hacer caso de la letra, la cual, si no hablamos de prodigios como los lieder de Schubert, generalmente me estorba.

¿Qué tipo de música escuchas?

En compañía, casi cualquiera, siempre que sea oportuna y se acomode a mi estado de ánimo; ya en la intimidad casi siempre oigo autores como Juan Sebastián Bach y su larga cauda de discípulos, a quienes puedo escuchar prácticamente en cualquier circunstancia. Dice Cioran que a Bach le debe Dios buena parte de su popularidad.

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¿Qué es para ti la poesía?

Aunque esa es una pregunta imposible de responder, es inmejorable como estímulo para la reflexión. La poesía bien podría ser el arte de la conversación entre las palabras. En este sentido, un poema, ceñido o no a formas más o menos establecidas, va mucho más allá de lo que el poeta haya concebido originalmente. Un verso auténtico es un mundo que se le ha escapado de las manos a su autor.

¿Cuál consideras tu obra más lograda?

Jícara, un poema extenso, con más de mil versos, donde pongo en juego más recursos. Por el momento creo que en ella he podido explorar mis ritmos, metros, imágenes y sensaciones. Pero no me hagas mucho caso, lo más probable siempre es equivocarse.

¿Cuándo comenzaste a escribir poesía?

En la primaria hice mis primeros intentos. Ya me rondaba la poesía, aunque faltaba mucho para que me tocara. Con todo y faltas de ortografía, les escribía sus recados de amor a mis compañeros cuando querían impresionar a alguna niña. A los catorce años, ya con cierta intención literaria, perpetré mi primer soneto.

Años después conocí a Luis Arturo Ramos, quien dirigía el suplemento cultural de El Dictamen de Veracruz. Ahí publiqué mis primeros poemas. (Muchos años después, Luis Arturo sacó una antología de mis poemas en la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea.) El otro suplemento en que participé en los años sesenta fue el del periódico El Tiempo, de Xalapa, al que me invitó Félix Báez. Pero eso ya es prehistoria.

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Empezaste como psicólogo conductista y luego te hiciste traductor de esa disciplina. ¿Cómo ha influido esto en tu labor creativa?

La vida da muchas vueltas y uno no puede establecer más que un rumbo aproximado, lo que desde luego no tiene nada de malo y sí mucho de estimulante. Antes de ingresar en la universidad estaba indeciso entre varias carreras posibles: filosofía, literatura, física (¡apenas puedo creerlo!) y psicología. Como muchos adolescentes, tenía una vaga idea de cada una, si bien por entonces ya había empezado a escribir con mayor dedicación. Por esas fechas hubo una intensa campaña en la Universidad Veracruzana para dar a conocer su oferta educativa, de manera que asistí a varias de esas conferencias y aproveché sus servicios de orientación vocacional. En un par de sesiones de orientación me pusieron toda suerte de pruebas, al final de las cuales se me vio apto para emprender prácticamente cualquier estudio. Sin embargo, se podía ver en mí cierta inclinación a la psicología. A pesar de que por entonces sólo había leído algo de psicoanálisis, cuando me enteré de que la principal orientación de la escuela era conductista me entusiasmó la idea. Todos mis profesores eran excepcionalmente capaces y se preocupaban por el avance de sus alumnos. Nuestros maestros cumplían una función más de guías y amigos que de simples expositores. Entre ellos estaban Gustavo Fernández, Hesiquia Maldonado, Francisco Montes, Javier Aguilar, Emilio Ribes, Víctor Alcaraz y Florente López.

Como siempre me interesaron las ciencias en general, el hecho de que la carrera de psicología compartiera su sede con las de física, matemáticas y biología era una oportunidad inmejorable de relacionarse con gente de los más diversos intereses.

Tuve la oportunidad de que se me ofreciera una estancia de seis meses en el departamento de psicología de la American University (en Washington, D.C.), concretamente en el laboratorio del doctor Charles Ferster, quien había colaborado estrechamente con Skinner. Ahí aprendí los rudimentos del diseño experimental y técnicas de laboratorio. Sin embargo, cuando regresé a Xalapa fui abandonando la carrera y comencé a dedicarme cada vez más a la traducción, la redacción y las labores editoriales. En esto, como en todo mi desarrollo profesional, fue determinante la influencia y la ayuda directa de Francisco González Aramburu, él mismo poeta, hombre en verdad sabio y traductor notable. Él fue el primer intelectual que me vio posibilidades en la poesía, me enseñó a corregir pruebas de imprenta y me inició en la traducción del inglés. Como desde el principio se dio cuenta de que mi inclinación más fuerte era la escritura, me recomendó cultivar el mayor número posible de habilidades relativas al medio literario. Él fue, por así decirlo, tanto mi padrino intelectual como mi segunda universidad.

El primer recital poético en que participé, en compañía de Jorge Lobillo, Rosalba Pérez Pliego y Silvia Sigüenza, lo organizó Manuel Acuña, amigo extraordinario y animador de la cultura en Xalapa, quien acababa de abrir El Sótano, su tienda de ropa, discos y libros que a principios de los años setenta hizo también las veces de centro cultural.

Mi primer trabajo, a principios de los setenta, fue de corrector de pruebas y estilo en La Palabra y el Hombre. Ahí fue donde Juan Vicente Melo me invitó a publicar y recibí mi primer pago como autor, en una época en que se respetaba el trabajo del escritor a tal grado que se pagaba por él. En esos días conocí (o al menos llegué a ver) a muchos escritores y músicos importantes como José Revueltas, Tomás Segovia, Juan García Ponce, María Enriqueta Ochoa, Eduardo Lizalde, Juan de la Cabada, Renato Leduc, … así como a otros que al igual que yo empezaban, como Carmen Boullosa, Francisco Segovia y Roberto Bolaño, quienes más tarde escribirían las obras que les valieron reconocimiento.

En cuanto a la música, pude escuchar a Gyorgy Sandor, a Guadalupe Parrondo, a Horacio Gutiérrez, a Jorge y Alejandro Suárez, vi dirigir a Fernando Ávila, a Luis Herrera de la Fuente, a Eduardo Mata y a Francisco Savín, bajo cuya batuta había tenido años antes el inmerecido honor de cantar (orejeando) cuando pertenecí al coro de la Universidad.

En mi larga estancia en la Ciudad de México siempre trabajé en editoriales, desde publicaciones de la Secretaría de Educación, adonde llegué por invitación de Guillermo Samperio. En esa coyuntura conocí a Juan Puig, historiador, maestro nato y entrañable amigo con quien he trabajado en numerosos proyectos, y a Eduardo Martínez, a Hugo Hiriart, a Jorge Portilla Livingston, a Federico Campbell y José Emilio Pacheco. Por esos días don Ramón Xirau me publicó tres sonetos en la revista Diálogos.

Mauricio Lubezki, psicoanalista retirado con quien me presentó Juan Puig, me pidió por entonces un libro de poemas para una editorial que él impulsaba, la de Joaquín Boldó i Climent. Así fue como reuní los poemas de Danza inútil del agua, los cuales leí en el Teatro Milán, a invitación de Manuel Montoro y Guillermo Barklay, con quienes años antes había incursionado en el teatro universitario aquí en Xalapa.

En la época que pasé en el Conacyt conocí a Tito Monterroso, a Juan Rulfo y a Vicente Leñero, y tuve el privilegio de trabajar para el ingeniero José de la Herrán; dirigí la revista Información Científica y Tecnológica primero, y más tarde de Ciencia y Desarrollo. Fui corrector de la revista Vuelta y luego miembro de su mesa de redacción. Tuve la fortuna de conocer a Orlando González Esteva y, desde luego, a Octavio Paz, a Marco Antonio Montes de Oca, a Rubén Bonifaz Nuño, Aurelio Asiain, Ignacio Helguera, Marco Aurelio Major, David Medina, Alejandro Rossi y David Huerta, entre otros escritores de primera línea.

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¿Podrías hablarnos un poco de tu experiencia como traductor y cómo se relaciona con tu escritura?

El trabajo editorial, al igual que la traducción, son actividades naturalmente estimulantes, ya que presuponen el manejo continuo del idioma y los recursos de la investigación. González Aramburu siempre ha dicho que al traductor se le debería pagar no a destajo sino como a cualquier otro investigador. Por desgracia, en el tercer mundo se paga mal y a tanto la cuartilla, como si fuera lo mismo traducir un manual de carpintería que un poema. Empecé traduciendo libros de texto de psicología y educación, manuales didácticos, artículos técnicos. Durante un tiempo colaboré traduciendo artículos para la edición española de la Enciclopedia Británica y para la revista Vuelta. Para la Editorial Vuelta traduje Resonancias del Nuevo Mundo del historiador Richard M. Morse. Más adelante seguí traduciendo para Letras Libres, El Colegio de México, el Conacyt y la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante cierto tiempo fui traductor de artículos de medicina para la edición mexicana del British Medical Journal.

Ya de vuelta en Xalapa, luego de 19 años de vivir en la Ciudad de México, dirigí La Palabra y el Hombre de la Universidad Veracruzana, donde igualmente me he desempeñado como traductor de obras como La diplomacia de la anexión del historiador David M. Pletcher, El libro de las pesadillas del poeta Galway Kinnell, Boleros de Jay Wright (con la invaluable ayuda de José Luis Rivas); también de Wright vertí al español un tomito con varias obras de teatro, el cual publicó la Editora de Gobierno del Estado; también la U.V. me encomendó la versión española de Breve historia de la medicina y Tripas llevan corazón del médico y ensayista Francisco González-Crussi, quien ha publicado en lengua inglesa buena parte de su obra.

Una traducción que me llevó varios años y me ha dejado especialmente contento son los dos volúmenes de la autobiografía del extraordinario pianista polaco Artur Rubinstein: Mis años de juventud y Mi larga vida.

Durante muchos años me anduvo rondando en la cabeza el proyecto de poner en español La quintaesencia del ibsenismo de Georges Bernard Shaw, destacado dramaturgo inglés de fines del siglo XIX y principios del XX. En ese largo ensayo Shaw realiza el primer estudio importante sobre la obra de Henryk Ibsen. Cabe aclarar que desde su aparición en inglés, a fines del siglo XIX, nunca se había traducido al español. Mi proyecto tuvo la inmediata aprobación de las autoridades editoriales de la U.V.

Otra experiencia enriquecedora fue traducir Memorias, la novela autobiográfica del escritor irlandés John McGahern, por las dificultades que supone recrear los recursos estilísticos de la obra, en la cual se cuenta el drama vital de un niño huérfano de madre a edad muy temprana y que tuvo que padecer los maltratos de un padre autoritario y abusivo hasta salir adelante y consagrarse como uno de los principales escritores de su patria.

En estos días se presentará en la Feria de Minería mi traducción más reciente, la Historia de la risa y de la burla de la Antigüedad a la Edad Media, del historiador francés Georges Minois, quien ha hecho importantes contribuciones a la historia de las ideas. En ella se estudian los cambios que ha sufrido el humor festivo desde Homero hasta los días de Erasmo y su Elogio de la locura, pasando por los clásicos latinos, Juan Crisóstomo y la patrística.

Desde la época en que comenzaste a escribir a la fecha, ¿cómo ha cambiado tu escritura?

Qué duda cabe, echando a perder se aprende. En el principio no se tiene el valor para tirar los borradores a la basura. Acaso el verdadero miedo no sea a la hoja en blanco sino a la página insalvable. Mi propia labor de editor me ha enseñado a discernir entre lo prescindible y lo necesario. Para bien o para mal, el poeta tiene que volverse el principal crítico de su obra. De entonces acá, con suerte habré desarrollado un poco ese sentido crítico. En cuanto a la transformación del estilo, creo que al principio estaba más inclinado al surrealismo. Poco a poco mi obra se ha ido haciendo más de índole reflexiva… tal vez incluso meditativa.

De unos años a esta parte, en colaboración con Rafael Bullé-Goyri, hemos practicado la escritura al alimón o a cuatro manos. Curiosamente, ambos empezamos, a fines de los años sesenta, como psicólogos pero nuestra verdadera inclinación fue siempre la literatura. Así que, aprovechando que el destino nos volvió a reunir ya en la tercera edad, nos pusimos a escribir novela… y ya llevamos dos: Los prodigios de Isidoro Magruta y El reloj de Tompion. Ambas son ejercicios de invención muy libres en los que impera el tono festivo, aunque no descuidan del todo la reflexión y una pizca de suspenso para que el lector no se aburra… tanto.

¿Podríamos decir que prefieres leer y escribir poesía?

En realidad no tengo preferencia. Si bien hace muchos años tuve un largo periodo en que sólo leí poesía, ahora leo mucha prosa. Cuando es buena, la prosa casi imperceptiblemente acaba por dejar ideas e intuiciones poéticas. Uno de los escritores más entrañables (y uno de los primeros surrealistas en poesía española) Luis Cardoza y Aragón, a quien conocí en su casa de San Ángel una vez que me invitó mi primo Javier Cabrera, tiene un libro formidable que difícilmente podría clasificarse dentro de cualquier género: El río, novelas de caballería. En él Cardoza se presenta de cuerpo entero, con su mejor prosa entreverada de poesía, ensayo literario, reflexiones sobre arte, filosofía, historia, política, autobiografía y delirio creador. A estas alturas ya es muy difícil discernir entre los géneros. Otro ejemplo notable y muy a la mano de esta imbricación de géneros sería El arte de la fuga, de Sergio Pitol.

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¿Qué importancia tienen las hadas en tu escritura?

Supongo aludes a mi poema homónimo, con el cual empieza La alcayata, otro de mis versarios, que por cierto tuvo la fortuna de editarse al cuidado de Ángel José Fernández, poeta e investigador literario, amigo de toda la vida. Las hadas son ahí las voces que, de niño, escuchaba en algunos de mis momentos de mayor soledad. En psicología el fenómeno se conoce como alucinación auditiva. Durante algún tiempo me inquietaron pero cuando desaparecieron empecé a extrañarlas. Creo que a la larga tuve que revivirlas en eso que llamamos la musa o la inspiración. Los místicos verán en ellas la intervención de lo divino.

¿Qué papel jugaría para ti la política?

Creo que me encuentro en el otro extremo de la línea. La política, por definición es la ciencia de la vida pública, de la cual no se escapan ni los estilitas. San Simeón, en lo alto de su columna, hablaba con los gusanos que se alimentaban del tejido de sus llagas. Sé que te pongo un ejemplo extremo, y aun así creo que el político debe tener en cuenta esas hadas, esas voces individuales que tratan de expresarse desde su intimidad más honda y mediante reflexiones no siempre comprensibles de manera inmediata. Para que una sociedad funcione debe existir, más que tolerancia, respeto por las diferencias y por quienes, como algunos filósofos, matemáticos, místicos y poetas, se mueven en grupos aislados o en el más absoluto de los retiros.

¿Qué consejo darías a los que empiezan a escribir poesía?

Que lean mucho y disfruten verdaderamente la lectura. La idea no es mía y ya la ha expresado inmejorablemente Gabriel Zaid. Palabras más o menos, él dice que para escribir un libro hace falta haber leído previamente otros doscientos. Que aprendan otra lengua, aunque solo sea para leerla y que se ejerciten en la traducción, que desconfíen de la primera redacción y la sometan a varias revisiones en diferentes momentos. Escribir, leer, dejar reposar, releer, corregir y volver a escribir. Y cuando la musa de plano los abandone, que no se preocupen, porque leer siempre será más importante que escribir y las lecturas fundamentales que tenemos pendientes son infinitas.

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