El Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) tiene dos patios: uno grande y bonito, y otro más grande y más bonito. En este último está montado un altar en memoria de Francisco Toledo, cuyo retrato al óleo descansa en una mesa de pequeñas proporciones, rodeado de flores que, no obstante su belleza natural, remiten a la tristeza.

Localizado en el Andador Turístico del Centro Histórico de Oaxaca, el IAGO luce esta tarde, desde su parte exterior y hasta el último de sus rincones, con numerosos arreglos florales, mayoritariamente blancos, enviados por instituciones, comercios y personas que por alguna razón entrecruzaron sus vidas con las del artista plástico icónico de Oaxaca. El aroma es penetrante y característico.

El Museo Belber Jiménez, el Museo de Artes Prehispánicas de México Rufino Tamayo, la Escuela de Artes Plásticas y Visuales, la Hostería La Bota, la Dirección de Cultura y Turismo del municipio de Oaxaca, los compañeros de preparatoria de la generación 1955-1960 y la Biblioteca Henestrosa de la Red de Bibliotecas, son algunos de los que se hicieron presentes a través de esas coronas fúnebres.

A no más de cuatro calles de distancia, en la esquina de 5 de Mayo e Independencia, se localiza el Teatro Macedonio Alcalá, que fue levantado entre 1903 y 1909 para albergar al teatro-casino Luis Mier y Terán, y que al paso del tiempo cambió de nombre por General Jesús Carranza, hasta que en los años 30 tomó el nombre de Macedonio Alcalá, compositor, músico e instrumentista oaxaqueño a quien se debe el vals “Dios nunca muere”.

El inmueble fue abierto para un homenaje, que no duró más de 10 minutos. La proyección de un video en el que aprecia al maestro de la gráfica expresar su gratitud por la vida y su deseo de ser recordado como “un padre que no fue tan malo”, así como una guardia de honor, también con un retrato como figura principal, fueron el marco para que el gobernador Alejandro Murat y la secretaria de Cultura federal, Alejandra Frausto, mostraran sus respetos.

Mientras duró la guardia de honor, que concluyó con un aplauso prolongado para el artista que se ha marchado, se escuchó una versión de “Dios nunca muere”, un himno para los oaxaqueños, quienes, orgullosos, pregonan por el mundo que ese vals no pide nada a las más celebradas composiciones creadas hasta hoy, dentro de ese género lírico.

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