Roberto Fandiño comenzó un día a enseñar viñetas en el aula para llamar la atención de sus alumnos de Historia. Y enseguida vio que funcionaba. Nada más eficaz para explicar el pacto Ribbentrop-Mólotov que un dibujo de Hitler y Stalin después de contraer matrimonio. “La caricatura me brinda la oportunidad de emplear un lenguaje icónico más próximo a los alumnos de hoy y adecuado para realizar una doble tarea: acercarme al pasado y reflexionar sobre las ilustraciones como fuentes históricas”, explica el profesor en el prólogo de 50 viñetas que cambiaron el mundo (Ariel). Las viñetas enseñan además cómo los acontecimientos fueron interpretados por quienes los vivieron en directo. “Aun hoy -continúa el historiador- nos sorprenden con su capacidad para decir lo máximo con lo mínimo”.

En tiempos de totalitarismos, el humor gráfico llegó a ser la excepción libre, en muchos casos el único modo de desafiar al poder. El libro de Roberto Fandiño reúne cincuenta dibujos que son cincuenta momentos estelares de la Edad Contemporánea, desde la Revolución Francesa hasta la administración Obama. Y no por nada se remonta a la toma de la Bastilla: la revolución trajo consigo un enfrentamiento entre bandos que, antes de dar paso al terror, se libró con las armas del libelo, la sátira y el sarcasmo. Quizás como nunca antes. Hay en estos dibujos, de los que ofrecemos algunos ejemplos a continuación, muestras de esa “panorámica más completa” de los hechos que, según el autor del libro, proporciona el análisis histórico del humor gráfico.

Un pequeño ágape a la parisina. Una familia de sans-culottes se repone tras una jornada fatigosa (1792). James Gillray. National Portrait Gallery

El dibujante satírico inglés James Gillray tituló esta viñeta “Un ágape a la parisina”. Lo dibujó tras el verano caliente de 1792, después del asalto al Palacio de las Tullerías y las 1.200 condenas a muerte dictadas por los tribunales populares. Unos sans-culottes bien reconocibles, desnudos de cintura para abajo y con la escarapela tricolor, protagonizan la escena. Cadáveres, vísceras, dientes afilados, hasta los niños participan en el sanguinolento festín. Se trataba, claro, de ensalzar lo más repulsivo de la masa en armas apenas un año antes de que comenzara el periodo del Terror.

Metternich abandona Viena (1848). Anónimo. Erich Lessing-Album

En esta viñeta anónima de 1848, Metternich abandona Viena. Va camino del exilio no en un elegante corcel, sino en un burro. Termina así la Europa de la Restauración, que él encarnaba. El pueblo, entregado al entusiasmo revolucionario, lo despide entre burlas. Como comenta Fandiño en su libro, la escena se alía astutamente con la imaginería popular, pues representa a Metternich, defensor de la católica monarquía austríaca, saliendo de Viena como entró el Nazareno en Jerusalén, a lomos de un burro, solo que en su caso entre imprecaciones y mofas.

Me pregunto cuánto durará la luna de miel (1939). Clyford Berryman. The Granger Collection.

Lo que parecía un mero pacto de no agresión escondía en realidad la intención de dos potencias de destruir el equilibrio europeo de Versalles. Alemanes y soviéticos, hasta entonces enemigos, se repartieron de hecho el este de Europa, además de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Rumanía tras el pacto firmado en 1939. Clyford Berryman publicó esta viñeta pocos días después de que se produjera la increíble confraternización de los soldados nazis y soviéticos que coincidieron, en su avance, en medio de una Polonia que habían ido arrasando a su paso. En la viñeta, explica Fandiño, el dibujante deja claro que el idilio entre Hitler y Stalin “era una comedia, una fingida pantomima, un matrimonio de conveniencia”.

No me lo puedo creer (1991). Edmund Valtman. Library of Congress

Corre el año 1991. Marx, Lenin y Stalin contemplan desde el cielo, incrédulos, el entierro de la utopía comunista. Gorbachov encabeza la comitiva fúnebre. “El sarcasmo de la caricatura adquier gran efectismo al colocar en el cielo a tres claros representantes del ateísmo militante”, comenta Fandiño. “El soñado paraíso comunista, cuya fascinación residía en la posibilidad de su existencia en la tierra quedaba definitivamente relegado al evanescente mundo de las ideas”.

La voz de Bush (2004). Sigfried Woldhek. The Metropolitain Museum of Art

El dibujante holandés Siegfried Woldhek retrató a Bush como un pelele de Dick Cheney justo en el momento de su reelección en 2004. La invasión de Irak ya era un hecho cuyas catastróficas consecuencias se empezaban a vislumbrar. El retrato de Woldhek quería mostrar a Bush como una marioneta en manos de un sector muy concreto de su partido, el liderado por el vicepresidente Cheney y por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.

Fuente El Cultural

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