La pregunta por el decir poético es casi tan antigua como la pregunta por el ser. El río del lenguaje tiembla con un misterioso latido, cuando sus aguas no conocen otra urgencia que la belleza. La poesía a veces fluye con luminosidad, pero en otras ocasiones discurre como una impenetrable penumbra. En Hölderlin y la esencia de la poesía, Heidegger atribuye al lenguaje poético la fundación del ser. La poesía es la lengua en su estado originario, que, al nombrar las cosas, funda lo que nombra. “La poesía es el lenguaje original de un pueblo histórico”. No es el hombre el que habla, sino el ser que se dice a sí mismo por medio del lenguaje. Al hombre, sólo le corresponde escuchar. El poeta es un mediador, el hombre que des-cubre que más allá de los entes, existe el ser que “se da” (es gibt) en ellos. Los poetas marcan el advenimiento de las épocas: “Hölderlin, en tanto que funda nuevamente la esencia de la poesía, determina, el primero, un tiempo nuevo. Es el tiempo de los dioses huidos y del advenimiento de Dios. Es el tiempo de ‘indigencia’, de ‘miseria’, porque doblemente sufre de privación y negación: los dioses huidos ya no están, y aún no ha llegado el que está por venir”.

Aunque en Identidad y diferencia, Heidegger protesta contra las acusaciones de ateísmo que afectan a su pensamiento, el uso de términos religiosos no implica en su caso una perspectiva sobrenatural. En su filosofía, las cosas del mundo aparecen como dioses que se revelan de acuerdo con las determinaciones epocales del ser. En ¿Y para qué poetas?, establece una analogía entre la Physis griega, que se muestra y se oculta, emerge y se retrae, y las palabras de Rilke: “La Naturaleza abandona a los entes al riesgo de su oscuro deseo”. En ambos casos, se plantea la posibilidad de que los entes olviden su relación con el ser. La misión de poetas y pensadores, que “moran, cercanos, en la cumbre de los montes más separados” es pastorear el ser, posibilitando la apertura donde se revela lo que los entes son. Su función es la de actuar como testigo ontológico de la verdad. En 1955, Octavio Paz publicó El arco y la lira, un hermoso y esclarecedor ensayo que prolonga la reflexión del filósofo alemán, pero con una interpretación del ser de raíz pitagórica. El ser soporta los entes gracias a la analogía: “el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal”.

Un poema es un conjunto de signos en rotación. En cierta manera, se parece a un torbellino, pues aglutina y repele lo diverso, separándolo de su contexto, pero sin tolerar su dispersión. Un poema no es algo estático, sino una cuerda que nunca deja de sonar. “La poesía –escribe Paz- es un flujo perpetuamente creador”. La creación presupone al otro. El poeta siempre busca un interlocutor, pero no se limita a comunicar sus emociones, sino que se adentra en la alteridad, movido por el deseo de comunión. No es posible ser uno mismo, sin ser otro, sin respirar debajo de su piel y mirar con sus ojos. “Ser uno mismo es condenarse a la mutilación pues el hombre es apetito perpetuo de ser otro”. Cuando Rimbaud proclama “Yo soy Otro”, no pretende expresar una forma de solidaridad, sino la abolición del yo para internarse en la diferencia. La analogía es un puente tendido entre la identidad y la diferencia, entre lo semejante y lo radicalmente distinto. La armonía de los contrarios es la fuerza gravitatoria del poema. El arco y la lira invocados por el poeta mexicano en su ensayo es un tributo a Heráclito, uno de los presocráticos más deslumbrantes. El arco proyecta al ser humano más allá de sí mismo. Gracias a su impulso, trasciende su finitud. Paz no habla de inmortalidad, sino del poder creativo de la palabra poética, que mantiene vivo al lenguaje, evitando su degradación a la condición de simple herramienta y su estancamiento en una realización concreta. El poema funda al ser porque lo hace asequible, visible. Su interminable fluir cristaliza en presencia, equilibrio, proporción. Ese milagro es posible porque la lira convierte sus intervalos en música. O dicho de otro modo: porque la palabra poética ordena las cosas, conforme a un ritmo. Nunca se debe olvidar que el poema no formula un significado. La hermenéutica se revela como una tarea estéril cuando espanta las sombras. La interpretación debe ser una vivencia, no una clarificación. El sentido que viaja en el poema es menos importante que la forma, pues la música es el lenguaje que mejor reproduce el fondo del ser.

El poema no es un mensaje que busca otro hablante, sino un encuentro. Se podría decir que es una dialéctica infinita, que trenza el silencio y la palabra. Sería absurdo esperar una síntesis, pues el poema es una espiral que siempre permanece abierta. La vida del ser termina donde acaba la palabra poética. Paz no quiere decir que lo real se extinga con la poesía. De hecho, admite que los lenguajes nacen y mueren, igual que las civilizaciones. La realidad no depende de nuestra percepción, pero sin la poesía pierde su condición de mundo, de orbe en movimiento. La poesía nos enseña que la muerte es un destino ineludible. “No está fuera de nosotros: es nosotros”. El poema no está más allá de la muerte, pero renace sin cesar, como el río de Heráclito. Paz afirma que el poema puede ser ininteligible, pero no inexplicable. El sentido del poema es el poema. Es absurdo recriminar a un poeta la oscuridad de sus intuiciones verbales. El poeta no es un demiurgo, sino un cauce, un surco, una hendidura. Es la grieta por la que se transparenta el ser. 

De joven, leí apasionadamente a Octavio Paz y mi aprecio hacia él no ha declinado con los años. Conservo una edición de El arco y la lira del FCE, que recoge la versión ampliada de 1967, publicada cuando el poeta era embajador de México en la India. Un año más tarde se produciría la masacre de Tlatelolco y Paz renunciaría a su cargo como señal de protesta. Siempre admiré ese gesto. En 1990, apareció el primer volumen de sus obras completas. Círculo de Lectores asumió el desafío, escogiendo un formato demasiado grande que no facilitaba la lectura. Años después, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores publicó una edición mucho más atractiva, con papel biblia y unas dimensiones más razonables. Octavio Paz señaló que “el único y verdadero antólogo es el tiempo”. Creo que el tiempo trabaja a favor de su obra, corroborando su indudable valor. Su prosa ensayística siempre me ha recordado a Ortega y Gasset: limpia, transparente, lírica, atinada, intuitiva y profundamente reflexiva. Octavio Paz ha ejercido un fructífero magisterio sobre varias generaciones de prosistas y poetas en lengua castellana. El arco y la lira ya es un clásico que nos ha legado una lección esencial: “el poema es infinitamente frágil y, no obstante, infinitamente resistente. Es un perpetuo desafío a la pesantez de la historia”. Siempre he creído que al final la civilización se ha salvado gracias a un puñado de poetas.

Fuente El Cultural

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