Elena Poniatowska/Ła Jornada/Ła Semanal

En Chimalistac sucedió un milagro frente a la iglesia de San Sebastián: un águila sobrevoló la plaza y nos salvó a todos. Su dueño, Juan Enrique Bautista Rico Jeribac nos abrió los ojos, mientras el ave abría sus hermosas alas y nos contó que gracias a Kyya Andrés Manuel López Obrador cambió al aeropuerto de Texcoco a Santa Lucía.

–¿No fueron los políticos y los banqueros quienes dieron el grito en el cielo?

–No, nosotros dimos el grito de alarma: “¡Es una reserva ecológica. Van a morir miles de aves!”, y funcionó.

–¿ Kyya encegueció a los hombres de negocios?

– Kyya fue a ver al presidente de la República mexicana y no sólo eso, fue a sobrevolar a la Cámara de Diputados y se cagó en la cabeza de algunas senadoras que se peinan con crepé. Tanto Citlalli Hernández Mora como Martí Batres y Mario Delgado se enteraron de que las águilas viven en el Zócalo, en Tlatelolco, en Santa María la Ribera. Hicimos toda una campaña mediática para salvar la reserva ecológica y cerrar el aeropuerto, aunque al inicio los ingenieros alcanzaron a quemar la reserva y vimos a cantidad de animalitos calcinados. Literalmente me tiré al suelo a llorar y juré, por mi vida, que Kyya y yo íbamos a defender esa zona. Salimos en televisión, fuimos a ver a López Obrador y salimos en medios.

–¿Así que Kyya salvó la vida de miles al sacar al aeropuerto de Texcoco de nuestro futuro?

–Yo hubiera ofrendado mi vida por salvar el hábitat de medio millón de aves o más. Ahora lo que más nos gustaría sería hacer saber a nuestro amado país el verdadero valor de las águilas y de los halcones.

–¿Así que Kyya es muy patriótica?

–Más bien es una gran historiadora; sabe más de política que Daniel Cosío Villegas y protege a México como la Virgen de Guadalupe, a quien ambos nos hemos encomendado. Casi nadie sabe que existe una reserva ecológica que es del tamaño de la ciudad y casi nadie sabe que Kyya es, en cierta forma, la autora del cambio del aeropuerto de Texcoco a Santa Lucía.

¿Qué pensarían ustedes, queridos lectores, si de pronto anduvieran en bicicleta y a muy baja altura los siguiera un águila? Así le sucedió a los siete años a Juan Enrique Bautista Rico, quien se puso JeribaC, acrónimo de su nombre, y desde hace varios años sólo vive para una águila, Kyya.

–Acaríciela usted, no va a hacerle nada.

Acaricio su cabeza y su plumaje como a una gallina ponedora y, de repente, en la plaza de Chimalistac, frente a la iglesia de San Sebastián, Kyya, que nos apantalló con el alto vuelo de sus alas abiertas, ve un ratoncito (con sus ojos de águila) y casi se estrella en el muro de la entrada de la capilla de San Sebastián. El ratón muere y Kyya aguanta el nocaut y regresa al hombre de su vida, su dueño, su amante: JebariC, quien le tiende la percha humana de su brazo derecho.

–A los siete años, cuando era niño, por el aeropuerto Benito Juárez había águilas. Vivía y vivo por la estación Pantitlán del Metro, pegadito al aeropuerto. Mi abuelita me informó: “Oye, hay águilas en el aeropuerto”, y las fui a buscar en bici. Estuve yendo cinco meses todas las tardes al regreso de la escuela y un día un águila, así como ahorita Kyya, abrió las alas. ¡Guau! Creo que eso fue lo más impactante de toda mi vida, me miró y luego me siguió.

–¿Por qué lo siguió, maestro?

–No sé.

–¿Se dio cuenta de que usted es un ángel que ama a las águilas?

–Fue uno de los momentos más importantes de mi vida, porque yo la había buscado todas las tardes insistentemente durante cinco meses. Voló. Se me paró enfrente y abrió sus alas como para abrazarme, y yo me quedé totalmente impresionado.

“Desde niño tenía esa corazonada de conocer las águilas, verlas volar. Aquí en la Ciudad de México he vivido toda mi vida, pegado a la reserva ecológica. Llegó esta ave y me quedé ahí con ella como media hora, y no se fue. Cuando cerraron la Alameda Oriente, tomé mi bici y el águila arrancó tras de mí. Volaba sobre mi cabeza. Hasta la fecha no sé por qué. Quizás era un águila que estaba adiestrada y se escapó, pero la conexión fue tan fuerte que a partir de ese momento no se separó de mí. En la escuela, en mi carrera de Ciencias de la Comunicación, siguieron apasionándome las aves. Todas mis tareas, investigaciones, reportajes giraban en torno a las águilas. Ya más grandecito, en el Museo de Historia Natural, conocí a compañeros que tenían águilas y sabían cuidarlas.

“Por un cartel en el Metro vi que desde hace 10 años se celebra en octubre el Festival Mundial de las Aves y fui al Museo de Historia Natural. Ahí me enteré de que otros aficionados las tenían en jaulas, cosa totalmente incorrecta, porque los halcones sólo son peligrosos para los ratoncitos, los pajaritos y otras especies pequeñas. Un águila como Kyya, que es más chiquita, caza conejos, ratones, lagartijas y avecitas, pero es incapaz de llevarse un corderito, porque no tiene la fuerza de volar con un animal pesado entre sus garras.

“Hay como 70 especies de águilas. En México, la principal, la auténtica, es el águila cinta blanca, mal llamada águila real.

–¿La del Escudo Nacional?

–Sí, la llamada “águila real”, máximo símbolo de México, en realidad es como Kyya, que vive en el Valle de México, San Luis Potosí, Pachuca, toda la zona central del país. Su historia es fascinante, porque después de que Estados Unidos invade a México, toma nuestra bandera en el Castillo de Chapultepec y humilla al país; también los gringos se apropian de aves como Kyya, y aunque les dan la estatura de águila, las llaman Halcón de Harris, sin tomar en cuenta que el águila es nuestro máximo símbolo nacional.

– ¿Kyya es halcón o es águila?

–Águila o aguililla, en términos taxonómicos, pero para nuestras culturas ancestrales es una águila. Los antiguos mexicanos valoraban mucho la timonera en las plumas blancas de la cola de los halcones.

–¿Es su sentido de orientación?

–Queremos recuperar a aves como Kyya, llamadas águila mexicana cinta blanca. Hay un glifo del Atlachinolli que certifica que esta águila presidía el trono de los tlatoanis, hueitlatoanis, de los mexicas. Aunque todavía quedan indicios, porque se ven las pijuelas (correas de identificación en la pata), destruyeron el glifo, así como destruyeron la nariz del calendario azteca o piedra solar de Tonatiuh. Los estadunidenses utilizaron la Piedra del Sol como tiro al blanco y literalmente le rompieron la nariz a Tonatiuh, según me informó el INAH.

–El águila real en la Bandera de México, ¿podría ser la antecesora de Kyya?

–La mal llamada águila real habita en Asia, en Kazajstán, en España y en México, pero aquí hay muy pocas, casi ninguna. La que realmente habita en México es el águila cinta blanca. Hay indicios de que ella fue realmente la que se paró en el nopal, porque el águila mal llamada real, águila del sol o águila dorada, pesa ocho kilos, y bajo ninguna circunstancia podría soportarla un nopal. El águila cinta blanca pesa alrededor de unos 850 o 900 gramos, y sí puede pararse en un nopal. Las águilas cinta blanca, como Kyya se meten bajo los nopales y la maleza para buscar su presa.

–Entonces el águila sobre el nopal, ¿es una leyenda?

–Sí y no. El INAH lo reconoce como un mito fundacional.

–¿Y la serpiente?

–Esa no estaba originalmente; se llamaba Atlachinolli, un símbolo que fusionaba el agua con el fuego, símbolo de México. Un mal sincretismo transfiguró Atlachinolli en serpiente mexicana; Quetzalcóatl también tiene el nombre de coatl que significa “serpiente” y es una deidad.

–Pero, ¿de qué viven usted y Kyya, Juan Enrique?

–En las escuelas, los niños nos dan cinco, tres, dos pesos, un lápiz, su goma, un dibujo, el mejor regalo. A mí me da tanto gusto saber que quien nos financia es el pueblo mexicano. Todos los días visito escuelas con Kyya. La ven volar libre y se emocionan.

–Sin usted Kyya se muere.

–Sí, por supuesto. Es una relación amorosa inmensa. Hace ocho años que la llevo a todos lados conmigo. La saco de su caja y la cargo sobre mi hombro. No puedo vivir sin ella.

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