¿Cuántos artistas plásticos ven su obra expuesta en el Met o el MoMA y son a la vez héroes del country? Habrá dificultades para encontrar alguno que no se llame Terry Allen. Y aunque él ironice sobre cualquier etiqueta atribuida a su música, colabore con David Byrne o componga para un ballet (en marzo se publica por primera vez en vinilo Pedal Steal, junto a cuatro sesiones de radio inéditas), sus raíces en la (iconoclasta) escena vaquera de Lubbock siempre afloran, sobre todo, en los extraordinarios discos de canciones que el texano dosifica sin piedad a los que le veneran.

Siete años han transcurrido desde Bottom Of The World hasta este Just Like Moby Dick, y aquel ya se había hecho esperar casi tres lustros. Para el nuevo advenimiento Allen opta por un gran angular si se compara el sonido, por ejemplo, con el minimalismo (piano y guitarra) que sostenía los estudios de caracteres de Juarez. Dicha ópera prima preludió en 1975 el luego llamado country alternativo, en el que Allen sigue ejerciendo de verso libre. El nuevo álbum entronca con su segundo trabajo, Lubbock (On Everything): allí debutó el espinazo de la Panhandle Mystery Band, presente ahora con nuevos miembros, pero siempre vertebrada por la pedal steel de Lloyd Maines y el fiddle de Richard Bowden, además del teclado de Allen. Y este produce junto al guitarrista Charlie Sexton, cuya extensa militancia entre los lugartenientes de Dylan redobla la sabiduría sonora del disco.

Just Like Moby Dick ofrece un tapiz donde el relator y retratista Allen demuestra la tersura de su verbo después de cinco décadas en activo. Sus letras conmueven, estremecen o provocan la risa, pero nunca se ponen de perfil. El texano afincado en Nuevo México zarpa dando un giro a la histórica cruzada de Houdini contra los espiritistas: al mago le angustia, en el fondo, desear creer en ellos. El ritmo se agita con la sátira sobre una supuesta epidemia de la sensación de abandono (‘Abandonitis’), mientras que la soledad hasta la muerte protagoniza ‘Death Of The Last Stripper’, coescrita con Jo Harvey Allen (su pareja) y Dave Alvin, líder de The Blasters. Y uno aún no se ha recuperado de su desolador final cuando los escombros de cierta relación piden paso y devastan todo (‘All That’s Left Is Fare-Thee-Well’) salvo una rendija de esperanza. La misma que proyecta Allen en el cierre (‘Sailin’ On Through’) invitando a brindar mientras nuestra existencia dure y a proseguir con la navegación como el capitán que perseguía a la ballena.

Por primera vez, el también poeta y autor teatral cede las riendas vocales en varios cortes para el lucimiento de una nueva colaboradora, Shannon McNally, en solitario en dos casos y en otro a dúo con Sexton. En los demás, ella pone contrapunto bellísimo a la grave garganta del jefe, musite Allen determinada historia vampírica o practique el spoken word al concebir una ‘Pirate Jenny’ que no es la de Weill y ­Brecht. Y la violencia bucanera parece comedia al lado de la suite ‘American Childhood Trilogy’ donde el maestro lamenta el eterno retorno bélico, de la Guerra Fría a la de Afganistán.

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