El juego tiene que ser estimulante para el niño, porque si no tiene la alegría o la emoción de ganar, como sucede en las canicas, no tendría sentido, afirmó Pedro Bollás García, experto de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN).

En entrevista con Notimex, el coordinador del Área Académica 3, Enseñanza y Aprendizaje en Ciencias Humanidades y Artes y catedrático de la institución, explicó que los juegos tienen reglas, mismas que el niño asimila conforme lo practica.

Con ellas, por ejemplo, el menor puede quedar fuera, y así sucede en el juego de las canicas, en las que se hace un círculo en la tierra, se ponen canicas dentro de él, y el que saque más gana y el que no pierde, refirió, al señalar que un caso parecido es el juego con un hoyo.

Recordó que en otros tiempos, además, los juegos infantiles y juveniles eran practicados por temporadas, “es decir salían un tiempo, por ejemplo las canicas, y la mayoría lo jugaban, después salía el trompo, balero o el yoyo, pero nunca salían dos al mismo tiempo, pero cada juego tiene sus características y habilidades”.

El también psicólogo Educativo en la Formación Inicial destacó que cada juego tradicional tiene sus habilidades, y así sucede en el que nos atañe, tan solo aventarlas “de a huesito”, “de a uñita”, y tener todas las canicas en el centro y sacarlas del círculo o jugar “el cocol”, lo principal, sin embargo, “era tener buen tino”, aseveró.

Cada uno tiene sus propias habilidades o las tenían para ciertos contexto, por ejemplo; “ya poco se ve un balero en la familia; los trompos se han ido modificando, porque ahora los meten en un aparato y los jalas.

“El juego debe ser estimulante para el sujeto, tiene que haber emoción, porque si no lo hay, no hay interés, pero cuando lo hay es que el niño al meter el balero una vez, lo hace o intenta hacerlo otra vez y eso es una repetición (y) tiene sentido cuando te da alegría, porque si no, no tiene sentido el juego”, subrayó.

También se refirió que el juego es algo que se puede considerar como inherente al desarrollo humano, solo que adopta modalidades distintas, según la etapa evolutiva en la que se encuentra el sujeto.

Explicó que de la edad de cero a 1 o 2 años, el juego se centra sobre todo en el ejercicio y en el desarrollo de habilidades motrices. El hecho de repetir una acción o meter una cuchara en un vaso y sacarla en un niño en el primer año de vida es algo que le estimula, es una actividad lúdica para él.

De dos a cuatro años de edad aparece lo que algunos psicólogos llaman el juego simbólico, que es una capacidad cognoscitiva en la que el niño es capaz de representar un objeto a través de otro.

“Montarse en un palo de una escoba tiene varias características, el palo sustituye a lo que podría ser el caballo real, pero también lo evoca, por lo que la sustitución y la evocación forman parte de esa característica simbólica del juego y esto se va desarrollando a lo largo del segundo año y tercer año”, detalló.

Posteriormente, y conforme se va desarrollando ese juego simbólico, aparece lo que es el juego de reglas. El sujeto para poder jugar con sus compañeros tiene que respetarlas, si no lo hace es excluido del juego.

“Ese es el motivo de conflicto entre los niños y dicen: es que no respeta las reglas, siempre quiere ganar, si no gana se lleva las canicas.

“Luego viene el juego de construcción, que es cuando el infante le imprime nuevas reglas al juego para hacerlo más emocionante, para que implique más retos para él o sus compañeros”, señaló.

Concluyó que todo lo que es la infancia y parte de la adolescencia es como la construcción de reglas y su respeto, etapa en la que un poco la idea es como, a través de la interacción al interior de la familia, se van inculcando sus valores y se van respetando sus valores, finalizó Bollás García.

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