Juana Elizabeth Castro López

El hombre, lobo del hombre. Cita trillada pero vigente, alude a los horrores y crueldades de que es capaz el hombre en contra del hombre. Vista así, la humanidad está dividida en víctimas y victimarios. Pero, hoy te invito a entenderla desde otra perspectiva. Es decir, a mirar a los victimarios como víctimas de sus propias decisiones. 

Un lobo mata para comer. ¿Y, el hombre? Imaginemos la escena: El asesino, como un Caín, mira a su prójimo que yace muerto. El caído es víctima del homicida y su sangre, como la de Abel,  clama por justicia. Pero, el asesino, por decisión propia, es víctima de sí mismo. Juicio pende sobre él. Y, su fin será el infierno.  

Tan real es el cielo como el infierno. Todos los mandamientos de la ley divina llaman a dejar de ser lobo del hombre. Cualquier juez corrupto deja en libertad al victimario. Pero, el Juez divino no acepta cohecho.  El que peca, debe morir (muerte eterna). 

Jesús, dijo: Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo).

Más claro ni el agua. Todos infringimos la ley divina y, de una u otra manera, todos somos victimarios y, por tanto, reos de muerte eterna. 

El enemigo lo logró, toda la humanidad está perdida. Sin embargo, hay un Mensaje de Buenas Nuevas. Marcos, anota, que “los escribas y los fariseos”, que se creían sin pecado, preguntaron extrañados por qué Jesús comía con los pecadores.  “Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.”  

Jesús fue crucificado y dos delincuentes pendían de sus propias cruces a ambos lados de él. Lucas, en su evangelio, dice, que uno de ellos habló con desprecio a Jesús y el otro, en cambio, le dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Jesús, ya agonizante, respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Fue un brevísimo intercambio de palabras, una petición y una fiel promesa,  con una profundidad abismal.

Adán y Eva fueron expulsados del paraíso cuando el pecado de desobediencia los hizo inmundos y ya no pudieron estar en la presencia de Dios; muriendo a la comunión con Él. Jesús, en cambio,  promete al delincuente que entrará al paraíso. Esto implica, entre otras cosas, que en y por Jesús será restablecida su comunión con Dios. Ante la Justicia divina todos sus pecados quedarán cancelados, porque Jesús,  al atraer sobre sí la sentencia de muerte, está pagando por el pecador.  Convirtiéndolo en justo  delante del Juez divino, como si nunca hubiera pecado.

Jesucristo venció a la muerte y resucitó al tercer día. Él vive y todo aquel que, arrepentido y con fe, busca cobijo bajo su  Señorío, no morirá sino que vivirá eternamente. A esto se refiere Jesucristo cuando dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11:25, 26). Ciertamente, los dos delincuentes murieron. Pero, uno, por creer en Jesús, aunque murió, vivirá eternamente. Mientras que el otro morirá eternamente.

Los dos delincuentes tuvieron la irrepetible oportunidad de ser testigos de la consumación del acto redentor, es decir, el momento en que la sangre del Justo fue derramada para el perdón de los transgresores. Sangre que no pide venganza sino que clama perdón para los pecadores. Los dos  bandidos tuvieron la misma oportunidad de elegir. Uno, no se arrepintió; como los escribas y fariseos, no se dejó salvar, eligió ser culpable y se auto sentenció al infierno. El otro, decidió creer y fue salvo. 

Hay quien piensa que el infierno es un cuento de abuelitas. Sin embargo,  el mensaje de buenas nuevas de salvación es clarísimo. La decisión es personal: ¿justificado o culpable?, ¿libre o reo?, ¿cielo o infierno?, ¿vida eterna o muerte eterna?, ¿amistad o enemistad con Dios? 

Todo lo antes expuesto nos advierte de nuestra realidad espiritual; que no debemos ignorar, para que no seamos víctimas de una mala decisión que nos lleve a muerte eterna. Ante las buenas nuevas de salvación, no hay por qué equivocarse. Elige bendición.

juanaeli.castrol2@gmail.com

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