Hace ocho años,un Guillermo Ochoa con ganas de comerse el mundo y triunfar como portero en Europa, llenó sus maletas de ilusiones para irse a la aventura de abrirse paso en el viejo continente con su calidad y sus atajadas.

La experiencia le sirvió para madurar en todos los sentidos y ahora, optó por regresar a México para vivir una segunda etapa con el equipo de sus amores, el que lo formó, que lo vio nacer.

Luego de todo este tiempo en Francia, España y Bélgica, Memo maduró en muchos sentidos. No solamente es un gran portero, también un excelente esposo y padre de familia, por lo que no dudó en compartir la experiencia de ponerse una vez más la camiseta de América a lado de sus seres queridos.

“La verdad que es un momento bonito en esta etapa de mi carrera. Es una etapa que estoy disfrutando mucho desde la Selección y ahora aquí en América. Cuando me fui de acá, me fui sin familia, sin hijos y en teoría joven como portero. Todavía me faltaban cosas por crecer, aprender, mejorar y madurar. Ahora, regreso a México a una etapa que nunca disfruté con mi esposa, hijos y seres queridos; es algo distinto en un momento de mi carrera en el que no me siento con la obligación de demostrar, porque a lo largo de mi trayectoria ya demostré; la gente me conoce, sabe lo que doy en la cancha, lo que me entrego en los entrenamientos, lo que he dado cada vez que me toca representar a mi país y me pongo la camiseta de la Selección. Eso es lo que me hace sentir orgulloso, satisfecho y me hace disfrutar mi día a día”, expresó en una amena plática con ESTO.

Hace una semana, Memo bajó a la cancha del Coloso de Santa Úrsula acompañado de su familia. Antes del calentamiento de sus compañeros, caminó por el césped acompañado del mayor de sus hijos, cosa que tenía la ilusión de transmitirle para que se diera cuenta de lo que las Águilas representan en su vida y lo que el propio Ochoa significa para la gente.

“Fue especial el volver a pisar el estadio Azteca y más con el escudo de América. Me la puse (la camiseta del club) y no sentí nada extraño, nada distinto, nada nuevo. Es como llegar a casa y ponerme una chamarra o mi pijama de toda la vida y me sigue quedando bien. Puede que esté más ajustada, más grande o el diseño haya cambiado. Pasa que llegas a un equipo nuevo y a lo mejor nunca usaste una playera de ese color, pero al ponerme esta camiseta, supe que es lo mío, que de aquí soy, este escudo lo conozco desde chico y también quería compartir ese momento con mi hijo, que supiera lo maravilloso que es este club”.

El Sol de México

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