El hatiano Wilmane Exumé se despidió de sus compañeros del equipo de futbol semiprofesional Arcahaie. Les anunció en una nota de voz que no seguiría con ellos horas antes de que llegaran al estadio Azteca, donde enfrentaron al Cruz Azul en el partido de vuelta de octavos de final en la Liga de Campeones de Concacaf. Ahí, La Máquina goleó 8-0 a un desamparado equipo haitiano y avanzó a los cuartos de final.

Exumé prefirió fugarse de la concentración de su equipo que volver a la realidad hostil del país más pobre de la región. El jugador buscaría a familiares que viven en México para buscar asilo e intentar hacer su vida en este país.

El equipo, con integrantes casi aficionados, tuvo que sortear varios obstáculos para llegar a esta cita. El duelo de ida ni siquiera se disputó en su cancha. El estadio donde juegan no cumple con los requisitos que exige Concacaf para el torneo. De modo que el Arcahaie tuvo que ser local en Santo Domingo, República Dominicana. Además, la inestabilidad política y social en el país caribeño no ofrece condiciones para que otros clubes acudan como visitantes.

El viaje a México del Arcahaie tuvo que ser apoyado económicamente por el organismo de futbol de la región. En esas condiciones tenían que cumplir este compromiso. Si el empate sin goles en el duelo de ida fue lo más parecido a una hazaña para ellos, al enfrentar anoche a un equipo como Cruz Azul, cuyo presupuesto es de los más altos del futbol mexicano, el resultado era previsible y apenas digno de celebración.

El Arcahaie se desmoronó desde el primer gol. Ya no mostraba el orgullo que exhibió hace una semana en Santo Domingo. Los errores se sucedían en cadena por jugadores que no viven del futbol, diezmados en el ánimo y por la altura de la ciudad. Parecía que los celestes ensayaban jugadas y anotaban con la facilidad de los entrenamientos en La Noria.

Si el Arcahaie terminó el partido fue más por la responsabilidad que por el espíritu del juego. El futbol no siempre ofrece oportunidades a los competidores.

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