En los últimos tiempos, no es fácil ver la mejor sonrisa de Roger Federer. Encontró el suizo un pequeño oasis en Johannesburgo, donde hace dos semanas se dio un baño de multitudes junto a Rafael Nadal, pero los ocho últimos meses no han sido especialmente bondadosos con él. Se llevó un palo tremendo en julio, perdiendo increíblemente la final de Wimbledon contra Novak Djokovic, y luego vio cómo el balear (Nueva York) y el serbio (Melbourne) le recortaban terreno en los grandes. Y se suma ahora otro contratiempo, este de índole física. Por segunda vez en su carrera, Federer ha tenido que pasar por el quirófano para reparar la rodilla derecha y, en consecuencia, no volverá pisar oficialmente una pista hasta al menos finales de junio.

La semana pasada, su agente, el estadounidense Tony Godsick, comunicó que el tenista de Basilea había decidido prescindir de eventos preparatorios en arcilla y que aterrizaría directamente en Roland Garros, donde el curso pasado firmó las semifinales. Sin embargo, este jueves, a contrapié, Federer (38 años) emitió un comunicado a través de sus redes sociales en el que anunció que no podrá jugar durante los cuatro próximos meses. Es decir, no disputará el major francés (del 24 de mayo al 7 de junio), y también se perderá la gira norteamericana sobre cemento, los Masters 1000 de Indian Wells (12-22 de marzo) y Miami (del 25 al 5 de abril).

“Mi rodilla derecha me ha estado molestando desde hace un tiempo. Esperaba regresar, pero después de un reconocimiento y de discutirlo con mi equipo, decidí someterme a una operación artroscópica en Suiza este miércoles”, expresa el texto; “tras las operación, los médicos han confirmado que era lo correcto y confían en una completa recuperación. En consecuencia, desafortunadamente no podré jugar en Dubai, Indian Wells, Bogotá, Miami y Roland Garros. Estoy muy agradecido por todo vuestro apoyo. No puedo esperar para volver a jugar de nuevo. ¡Nos vemos en la hierba!”.

Federer, actualmente tres del mundo, dice sentirse todavía capaz de lograr más éxitos. Siguen seduciéndole el día a día del tenis y los viajes, pero a nivel competitivo se ha desinflado. Elevó su último trofeo en Basilea, el pasado 27 de octubre, pero no gana un torneo de rango mayor desde la última edición de Miami, y un Grand Slam desde algo más de dos años (Australia 2018). La herida de Wimbledon, donde dispuso de dos bolas de partido ante Djokovic, aún no ha suturado. Pese a que la temporada pasada ofreció un rendimiento elevado, alcanzando la final de Londres y las semifinales de París y el Masters, la sensación es que afronta una recta más bien crepuscular. Sobrevivió recientemente en Melbourne, a duras penas, llegando hasta las semifinales a base de remontadas inverosímiles, y esta segunda operación supone otro frenazo.

En cualquier caso, Federer es Federer y no hay territorio más apetitoso para él que Wimbledon, su gran objetivo. Estratégicamente, ahora considera que lo mejor es pasar por el quirófano, algo prácticamente desconocido para él. En 22 años de carrera profesional, el suizo únicamente se sometió al bisturí en una ocasión previa. Fue en 2016, tras disputar el Open de Australia. Entonces se sometió a otra artroscopia, aunque en la rodilla izquierda, y reapareció en la estación primaveral de la hierba. Esa es, de nuevo, su pretensión. Llegar en las mejores condiciones posibles a su jardín.

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