El fútbol regresó este fin de semana a los estadios de la primera división de México, después de los brutales incidentes registrados durante el partido en La Corregidora entre el Querétaro y el Atlas, que dejó 26 heridos, incluyendo un aficionado —Esteban Hernández— que permaneció en terapia intensiva hasta este domingo 13 de marzo.

La jornada 10 del Torneo Clausura 2022 transcurrió sin incidentes después de que se movilizaran más de 7.000 agentes de seguridad pública y privada, se prohibiera el ingreso de los grupos de animación (conocidos como ‘barras’) en calidad de visitantes y se revisaran “puntualmente” los protocolos de seguridad para cada encuentro.

Las gradas semivacías —con una asistencia total de 123.832 aficionados— en los nueve partidos de la jornada fueron el reflejo del miedo de las familias mexicanas que el sábado 5 de marzo vieron con tristeza las imágenes de aficionados del Querétaro que, armados con palos y otros objetos, golpearon brutalmente a los hinchas del Atlas, hasta dejarlos inconscientes en el suelo, y en algunos casos, procedieron a desnudarlos.

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Mientras las autoridades de Querétaro detuvieron a 22 individuos que presuntamente serían responsables de los incidentes violentos en La Corregidora, la Federación Mexicana de Fútbol (FMF) y la Liga MX anunciaron una serie de medidas a raíz de estos hechos, algunas de las cuales ya debían implementarse desde 2012, como la credencialización de los integrantes de las barras.

El Reglamento de Seguridad para Partidos Oficiales, publicado en 2012 según el sitio web de la Federación Mexicana de Fútbol, establece en su artículo 27 que, al iniciar la temporada, los clubes tienen la “obligación” de entregar a la FMF “el padrón de credencialización registrado de las porras o grupos de animación”. Esta identificación de los miembros de las barras deberá incluir “fotografía, huella digital, clave única de registro de población (CURP) y dirección del integrante”.

Pese a ello, la FMF y la Liga MX anunciaron el pasado martes que todos los clubes deberán contar con un proceso obligatorio de credencialización de sus grupos de animación para ingresar al estadio y que se creará una “Dirección de Seguridad” para supervisar los planes de resguardo, realizar análisis de riesgo y protocolos de prevención.
“Medidas superficiales”

Para el profesor investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Hugo Sánchez Gudiño, las medidas anunciadas por los directivos del fútbol fueron muy superficiales y de coyuntura.

“Van a resolver temporalmente el problema, un par de años. Los directivos están apostando con estas medidas a que la opinión pública se olvide de lo que pasó y otra vez se repite el ciclo”, dice Sánchez Gudiño en entrevista con RT.

El académico, que lleva más de una década estudiando la violencia en los estadios del fútbol mexicano, refiere que no es la primera vez que las autoridades deportivas implementan medidas disciplinarias similares cuando ocurre un hecho de violencia en las gradas.

Sánchez Gudiño ha dado seguimiento al tema y refiere que algunas medidas disciplinarias anunciadas por dos años, a veces, terminan siendo eliminadas al cumplir 12 meses, en parte porque “la gente se olvida del problema”.

Sánchez Gudiño opina que las medidas anunciadas son superficiales porque considera que a los directivos del fútbol mexicano les interesa “que su negocio funcione”. Además de los ingresos que obtiene cada club, el profesor de la UNAM hace hincapié en que la FMF le interesan en particular tres cosas: que México califique al Mundial de Catar; que la nación continúe siendo sede del próximo torneo en 2026, junto con EE.UU. y Canadá; y que se consoliden los convenios con la Major League Soccer (MLS) estadounidense.

Las barras del fútbol mexicano

La primera barra que fue ‘importada’ al fútbol mexicano fue la del club Pachuca, conocida como la Ultra Tuza. En 1996, el entonces directivo del equipo, el argentino Andrés Fassi, contrató a líderes de la barra de la Universidad Católica de Chile y del grupo de animación del Saprissa de Costa Rica para que crearan este grupo de animación.

La creación de la Ultra Tuza fue un éxito mediático que terminó por extenderse a cada estadio del fútbol mexicano, con importantes repercusiones económicas para los directivos de los clubes.

“Era un modelo de animación, hacían la fiesta, una especie de carnaval en la tribuna. Eso jaló a mucha gente a los estadios, eso aumentó el número de seguidores, impactó en las audiencias de los partidos de fútbol del equipo”, recuerda Sánchez Gudiño.

A partir de ese momento, se creó un binomio que resultó ser nocivo: la industria futbolística necesitó de las barras, como los propios grupos de animación se alimentaban de los tratos favorables que les daban los directivos, como la entrega de boletos, el financiamiento de los viajes y hasta la tolerancia para realizar comercio informal afuera de los estadios —incluyendo la venta de alcohol—.

“Con el paso de los años, empiezan a copiar los comportamientos violentos de Argentina, de Sudamérica, y para la primera década de este siglo adoptan un perfil muy violento en algunos estados del país”, dice el académico de la UNAM. Las riñas y enfrentamientos se presentaron, principalmente, en los estadios ubicados en Ciudad de México, San Luis Potosí, Monterrey, Querétaro y Guadalajara.

A raíz de la brutal violencia que se vio en Querétaro durante el partido de la Jornada 9, en la opinión pública circuló la propuesta de desaparecer a las barras del fútbol mexicano como una vía para evitar incidentes parecidos en el futuro.

No obstante, Sánchez Gudiño apunta que no sería una solución para atender el problema, porque “los violentos seguirían yendo a los estadios”. En esa línea, añade: “Y a lo mejor ahí se organizarían en pequeños grupos, en células, y le pondrían otro nombre a su colectivo y usted los tendría actuando idéntico como barristas”.

Por lo tanto, el profesor de la UNAM apunta que desaparecer a las barras “sería un autogol para los propios directivos, porque sería reconocer que ellos crearon a este pequeño ‘Frankenstein'”.

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