Tibu Jarocho era el animador más querido de la Liga MX. Aún cuando la desafiliación tocó a la puerta de los Tiburones Rojos de Veracruz, procuró que los fanáticos del equipo lo apoyaran hasta el final. Una vez que el club desapareció, su chispa se apagó en el futbol mexicano. Aunque su talento quedó inmortalizado, lo vitoreaban por igual aficionados locales y rivales. La Liga Mexicana de Beisbol recuperó su magia: lo transformó de escualo a águila.

Juan Carlos Rodríguez Loyo, el hombre detrás del disfraz, puede jactarse de interpretar lo que siempre soñó. No dudaba de su don para cautivar a la grada, le hacía falta un diferenciador. Mezcló el trabajo con sus pasiones y las tendencias, así nacieron los diseños que lo catapultaron a la fama. Personificó a Gokú, Batman, Rey Mysterio e incluso La Parka. Su creatividad no tenía límites.

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 “Se siente muy chingón que te reconozcan. TV Azteca me invitó a colaborar con ellos cuando Veracruz ya estaba desafiliado. Estuve en la grabación del video del ‘Viernes Botanero’ con ‘El Brody’ Jorge Campos y Aczino, que compuso la canción. Participé en ‘Los Protagonistas’ con Zague, Luis García y Christian Martinoli. El Bayer Leverkusen de Alemania me felicitó por mis trajes de El Guasón. Nacional e internacionalmente, he tenido gran aceptación”, confesó a Yahoo Deportes.

Rodríguez Loyo se graduó como Licenciado en Pedagogía de la Universidad Veracruzana. Ejerció su profesión, también laboró en una agencia de publicidad antes de que decidiera enfundarse de lleno dentro de las botargas. La animación le llegó de casualidad. Comenzó a modo de hobby, luego se convirtió en el pilar de su vida. Confiaba en su astucia, no le temía a brillar frente a las miradas ajenas.

Originario de Córdoba, su trayecto inició en el diamante. Conoció a Bobby Coyote, la mascota de los Cafeteros de la Liga Invernal Veracruzana, a quien le solicitó la oportunidad de encender al público. En 2007, Coyote le prestó uno de sus trajes; por lo que volvió realidad su gran anhelo. Sí, no deseaba competir en torno a la pelota, pero logró debutar en el campo con tal de incitar a sus fieles.

Sin quererlo, sus compañeros de la empresa publicitaria alimentaron su sueño. Realizaron un evento en el puerto jarocho y se enteraron que los Halcones Rojos, que apenas contaban con dos años de existencia en la Liga Nacional de Baloncesto Profesional de México (LNBP), buscaban a un animador para sus partidos. Se inscribió al casting, caracterizado de panda, y fue seleccionado.

Permaneció una temporada con la representación del oso, la lógica le indicaba que debía encarnar a un ave. Vaya ironía. La situación cambió de cara a 2009: en los preparativos de la campaña, la institución le encomendó crear un vestuario de halcón. Tras una votación que determinaría su nombre, la afición eligió un mote que conectó con el entrenador boricua del quinteto.

“Se le pidió a la gente que pusieran opciones en una urna. De todas, filtraron cuatro y al final escogieron la de ‘Yeyo’. La persona que lo propuso pensó en Manolo Cintrón, que en ese tiempo estaba de coach en Veracruz. Él utilizaba mucho la palabra ‘yeyo’. A todo el mundo le decía así. En Puerto Rico, se utiliza para decirle ‘amigo’ a alguien más”, afirmó.

Mientras deleitaba en la duela, vivió de cerca los campeonatos de 2012 y 2014 de los emplumados, bajo la tutela del entrenador puertorriqueño Eddie Casiano. A la par, recibió la invitación de los Tiburones Rojos. Evaluaron su empeño y ansiaban que fuera su mascota en la Liga de Ascenso. Rodríguez Loyo aceptó y propició el surgimiento de Tibu Jarocho.

Le otorgaron una indumentaria de peluche que fue modificada a un material de fibra de vidrio una vez que Fidel Kuri Grajales devolvió a la plaza las competencias de Primera División. Alternó roles hasta 2016, en que la escuadra de basquetbol se esfumó del circuito mexicano. De ahí que se enfocó en el personaje que, eventualmente, lo elevaría al estrellato.

Con El Cardumen, alcanzó la gloria. Se posicionó como el animador por excelencia de la Liga MX. Aspiraba a ser más que un simple escualo. Añoraba que los espectadores se fijaran en lo que sucedía en los shows de medio tiempo. De por sí, ya se identificaban con los tonos rojiazules y el escudo de la oncena. A pesar de los resultados, pretendía que retornaran a casa con la experiencia completa.

Ellos lo arroparon como a un elemento más de la plantilla. Ese que, sin incidir en las acciones que ocurrían sobre el terreno de juego, resultaba imprescindible al fortalecer el objetivo más noble del deporte: entendía que el aliento de la tribuna era fundamental para acrecentar el ímpetu del atleta. Lo dio todo de sí el 13 de abril, la noche en que Veracruz conquistó la Copa MX. No podía desentonar.

Derivado de sus trajes, se erigió como un atractivo en el Estadio Luis “Pirata” de la Fuente. “Todos los cosplays que saqué eran ideas mías. Mi detonante a nivel nacional fue cuando saqué el del Tibu ‘It’. André Marín lo retomó en su página, luego todos los medios publicaron la foto en redes sociales. De ahí en adelante, me empezaron a seguir en los partidos. Esperaban que presentara algo nuevo. Antes mostré otros, pero no tuvieron un boom como ese”, aseveró.

Emitía propuestas al departamento de marketing de los Tiburones Rojos y las materializaba. Todos ganaban. Le aprobaron un diseño de Thor Ragnarok; admitió que, por la humedad de Boca del Río, además de lo pesado de cargar con el casco y el martillo, fue el set más complicado de utilizar. Tampoco le faltaron referencias al pancracio, su pasión más grande. Rindió tributo a La Parka, su gladiador favorito.

Trataba de mantenerse a la vanguardia. Revisaba fechas conmemorativas que coincidieran con el calendario, estrenos de películas, aprovechaba lo inesperado. ¿Se quemó un vestidor? Emergió de bombero. ¿Un tlacuache se apropió de la atención en la cancha? Elaboró una botarga alusiva y resultó un éxito. Christian Martinoli ya había bautizado al animal como “Jarochito”, nada saldría mal.

Su equipo sumaba derrota tras derrota, tantas que ligó 41. Él era una luz en medio de las penumbras ante los ojos de los devotos del balón. Hizo de chamán y sacerdote en aras de acabar con la malaria. Canjeaba las alegrías por empatía. Todo México lo amaba, era lo más destacado de su club. Rara vez viajaba a inmuebles foráneos, mas en Toluca lo recibieron con bombo y platillo.

Autobuses de Oriente (ADO) patrocinó su traslado al Nemesio Diez, con miras a un compromiso entre El Tri y la Selección de Bermudas en 2019. La porra de Los Diablos Rojos lo contactó: “Me dieron la vuelta en la ciudad, me invitaron a comer. No pensé en su reacción. Puedo decir que el Tibu Jarocho estuvo en las oficinas de la Perra Brava. No imagino a una mascota conviviendo con el grupo contrario”.

Procuró continuar con la estrategia, inclusive confeccionó una máscara de luchador en virtud de aminorar su equipaje, sólo que la Federación Mexicana de Futbol (FMF) desafilió a Veracruz derivado de la falta de pago salarial que sostiene aún con sus futbolistas. Negó que preserve adeudos con la administración de Kuri Grajales, aunque tuvo que cederle el traje de fibra de vidrio que lo distinguió por seis años.

Perdió su empleo a causa de otro proyecto que sucumbió. La gente le suplicó que no dejara morir a su personaje estelar. Antonio Coca, el encargado de estructurar sus botargas desde Puebla, secundó la petición. Le fabricó una especial de peluche, en color rojo, e insistió en que se la pagara de a poco. Hoy la requieren en bodas, quinceaños y fiestas infantiles.

La estampa de Yeyo El Halcón todavía se conserva latente. A través de tal identidad, organiza actividades altruistas mediante sus redes sociales. En Navidad y Día de Reyes, reúne ropa y juguetes para regalarlas a niños de escasos recursos. En el Día del Abuelo, lleva pastel, dulces y grupos musicales a asilos de ancianos; insta a su comunidad a que cubran ciertas necesidades de los mayores.

Debido a la pandemia por COVID-19, no pudo afianzar su acuerdo con los Olmecas de Tabasco de la Liga Mexicana de Beisbol. Sin embargo, El Águila lo integró a sus filas en 2021. Ahora ambienta los cotejos en el Estadio Beto Ávila con el nombre de Pachi Aguilar. Prolonga la tradición de portar el dorsal 229 en la espalda, aquel que no cuenta con validez oficial, pero simboliza la clave lada del puerto jarocho. Cuánto lo echa de menos la Liga MX.

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