Alemania rechaza su receta de austeridad: prepara un estímulo fiscal contra la recesión

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Antes de convertirse en adalid de la austeridad, Alemania fue el primer país que rompió el Pacto de Estabilidad y Crecimiento europeo. Ocurrió hace 20 años, cuando el país comenzaba una fase de crisis que tardó varios años en corregir. En ese momento optó por aplicar políticas de estímulo fiscal para animar la demanda interna y salir del bache. La estrategia, que también incluía políticas de oferta, dio resultado y Alemania salió de su crisis con más fuerza. Eso sí, por el camino superó el umbral de déficit que el propio país había instalado para el conjunto de países europeos.

Hoy se encuentra en la misma encrucijada. El país está al borde de la recesión(el dato oficial se conocerá el próximo 14 de febrero) y, al mismo tiempo, tiene una situación fiscal muy holgada como para emprender un programa de estímulo fiscal. El país consiguió en 2018 un superávit histórico (próximo al 1,6% de su PIB) y su deuda ya está por debajo del 60%.

Con una situación tan cómoda, la tentación del estímulo fiscal ha vuelto a aparecer cuando la situación económica se ha vuelto complicada, aunque eso suponga rechazar las recetas que Alemania prescribió a sus socios europeos durante la crisis. En ese momento, las políticas de austericidad agravaron la recesión en muchos países y provocaron la destrucción de miles de puestos de trabajo. En esta ocasión, como al inicio de la década de los 2000, el país ha optado por el estímulo fiscal, ignorando la austeridad. El ministro de Economía, Peter Altmaier, ha anunciado un paquete de estímulos superior a 10.000 millones de euros con el que pretende combatir la ralentización de su industria estimulando la demanda interna.

De esta forma, intentará superar un bache en la economía alemana que ha sorprendido a todos los economistas. Hace solo un año, la Comisión Europea estimaba un crecimiento para su economía del 2,1% para este ejercicio, hoy prevé un estancamiento del 1,1%, esto es, menos de lo que crece España en solo medio año. Tal recorte de las previsiones de crecimiento en solo un año no es habitual y responde al parón inesperado de la actividad en el país. Una coyuntura que ha hecho saltar las alarmas en la eurozona.

El sector industrial, motor del crecimiento alemán, se está llevando la peor parte. Los pedidos de fábrica se hundieron un 7% en diciembre respecto al mismo mes del año anterior y la producción industrial acumula dos meses con caídas próximas al 4%. Se trata del peor momento para el sector desde el año 2013, cuando Europa todavía estaba inmersa en la crisis.

El talón de Aquiles

La economía de Alemania es una de las más sólidas de todo el mundo: genera un gran valor añadido a precios competitivos y crece de una forma sana, con superávit fiscal y superávit exterior. Sin embargo, también tiene su talón de Aquiles, que no es otro que la dependencia de la demanda externa. El país necesita que sus socios comerciales crezcan y demanden cada vez más productos elaborados en sus fábricas, de lo contrario, la actividad se para.

Alemania confía en dinamizar su demanda interna para evitar que este bache acabe llevando al país a una recesión. Lo hará con su programa de estímulo fiscal y con un esperado incremento del consumo derivado de la subida de los salarios. La tasa de paro ha caído hasta el 5%, el nivel más bajo desde la reunificación. Tal dato supone, en la práctica, que el país está en pleno empleo; y las empresas empiezan a quedarse sin mano de obra. El número de vacantes supera los 757.000 empleos, lo que refleja hasta qué punto el mercado laboral está constreñido.

Las empresas tienen que competir por los trabajadores y lo hacen subiendo los salarios, lo que está provocando una inflación de costes para las empresas. Este incremento de los salarios aumentará la renta disponible de las familias y el consumo. Sin embargo, hay un problema que se interpone y es la baja elasticidad del consumo a las variaciones de renta en el país. Los alemanes tienen una gran propensión al ahorro, de modo que los incrementos en su renta tendrán un efecto reducido sobre la demanda interna.

Esta debilidad de la economía alemana explica por qué se ha ralentizado tan rápido su actividad en el último año. El mayor riesgo pasa por que esta caída afecte a la confianza de los agentes y detraiga todavía más consumo e inversión. La encuesta que hace mensualmente el instituto IFO revela que las expectativas económicas están en su nivel más bajo desde el año 2012.

El país necesita un impulso para salir de esta espiral bajista de los últimos meses. El Banco Central Europeo (BCE) ha cambiado sus planes de retirada de estímulos como consecuencia de la debilidad de la economía europea. Este movimiento busca reanimar la demanda del conjunto de la eurozona y así reactivar las exportaciones de Alemania.

¿Una buena noticia para el resto?

El frenazo de Alemania es, en cualquiera de los casos, una mala noticia para sus socios europeos. Sin embargo, sí sería positivo que el país combatiera la desaceleración con demanda interna. Si los salarios siguen subiendo y el estímulo fiscal contribuye a acelerar el consumo y la inversión, Alemania empezaría a repartir su crecimiento con el resto de socios. Lo haría por dos vías: la primera es el aumento de las importaciones, que principalmente son del resto de Europa.

La segunda es por una importante pérdida de competitividad del país como consecuencia de la subida de los precios. Si la producción en Alemania se encarece, entonces los productos de otros países serán más económicos. Y también será más atractivo invertir en el exterior porque los costes de producción serán menores. “Las restricciones en el mercado laboral y el estímulo fiscal deberían acelerar el crecimiento de la demanda interna en 2019”, explica García Pascual.

Alemania ha crecido durante la crisis ‘a costa’ de sus socios europeos. Y no solo gracias a que colocaba sus productos sin aranceles, fronteras ni ningún tipo de traba. También porque disfrutaba de un tipo de cambio inferior al que hubiese tenido Alemania con el marco (su moneda previa al euro). Su superávit exterior habría encarecido el tipo de cambio, pero como estaba lastrado por algunos países del euro, permitió mantener sus ventas al extranjero a precios muy competitivos. Por el contrario, los países periféricos, como Grecia, Portugal, Italia o España sufrieron un tipo de cambio superior al que hubiesen tenido con su propia moneda, lo que afectó a su competitividad.

Este conjunto de factores permitieron a Alemania sortear mejor la crisis y adelantar su recuperación. Este desequilibrio en el seno del euro genera dudas sobre el proyecto común. Muchos países y economistas han solicitado a Alemania que realice un esfuerzo para reducir su superávit fiscal y exteriory así distribuir el crecimiento con el resto del euro. Otra alternativa planteada es el seguro de desempleo común para todos los países del euro, que generaría transferencias de rentas automáticas hacia los países en crisis.

Todas estas políticas de medio plazo no ocurrirán ahora. Lo inminente es conocer si Alemania vuelve a saltarse el Pacto de Estabilidad y Crecimientoen 2019 y en qué situación quedaría el acuerdo si decide hacerlo. ¿Le quedaría algún tipo de autoridad para imponer la austeridad a sus socios del euro?

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