Uno de los efectos duraderos de la Gran Recesión fue un cambio en las preferencias de los consumidores, que dejaron de comprar cosas y comenzaron a gastar más en experiencias. La compra de viviendas, especialmente entre los millennials, dejó de ser popular debido al deterioro de las finanzas personales y a los cambios en las regulaciones hipotecarias.

En tanto, el surgimiento de los teléfonos inteligentes, las redes sociales y los servicios como Uber y Airbnb fomentaron una cultura de consumo centrada en restaurantes, viajes y eventos. Un mundo después del coronavirus y antes de una vacuna alterará este estilo de vida, el que probablemente será reemplazado por los patrones de consumo de las generaciones anteriores.

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Mientras persista el distanciamiento social y el temor a contraer el virus, los consumidores probablemente gastarán más en mejorar sus hogares que en servicios y experiencias que involucren espacios públicos y multitudes.

En retrospectiva, hubo tres razones principales por las que el consumo cambió después de la crisis financiera y se redujo la compra de cosas y aumentó la compra de experiencias. La primera es que entre 2006 y 2014 el número de hogares habitados por sus propietarios en Estados Unidos disminuyó en casi 1 millón, mientras que el número de viviendas habitadas por inquilinos aumentó en 7 millones.

Este efecto fue aún mayor entre los jóvenes, ya que el número de viviendas propias entre los menores de 40 años cayó más de 3 millones durante ese periodo. Una explosión en el número de jóvenes inquilinos, muchos de los cuales llegaron a las ciudades en busca de oportunidades laborales y de citas, significó más poder adquisitivo para otras cosas que no fueran viajes a Home Depot los fines de semana.

La segunda razón es que los cambios tecnológicos mejoraron el consumo basado en experiencias. Los teléfonos inteligentes y las redes sociales hicieron que fuera más fácil mantener grandes grupos de amigos y conocidos, y descubrir restaurantes y formas de entretenimiento de una manera que no era posible hace una generación. Uber hizo muy fácil llamar a un automóvil en ciudades que no contaban con un buen servicio de taxis. Los ‘me gusta’ en Facebook e Instagram hicieron que viajar y salir a comer dieran estatus social.

La tercera razón fue demográfica. A principios de la década de 2010, cuando el mercado de la vivienda estaba estancado, estos cambios tecnológicos se estaban consolidando, particularmente entre la creciente población de millenials, cuyos miembros tenían cerca de 20 años. Esto aseguró un mercado vasto y acogedor para este estilo de vida. En 2010, tres de los cinco mayores grupos demográficos (divididos en grupos con diferencia de 5 años) de Estados Unidos incluían a personas entre 15 y 29 años.

Hasta que tengamos una vacuna contra el coronavirus, la economía basada en experiencias probablemente será una versión desmejorada de lo que solía ser. No está claro cuándo podrán reanudarse las grandes reuniones como partidos de futbol, conciertos y viajes a parques temáticos. Los restaurantes y bares deberán cumplir con las pautas de distanciamiento social.

Las bodas deberán reducirse a miembros de la familia y amigos cercanos. La diversión de viajar no será las misma, entre el aumento de los riesgos para la salud y la disminución del número de opciones de restaurantes y entretenimiento. En conjunto, esto significará una pérdida de producción económica y empleos, y para las personas significará muchas menos experiencias en las que gastar dinero.

Aunque parte de esa disminución en el consumo podría ahorrarse, gran parte se gastará donde se pueda y, para muchos consumidores, eso significará gastar en sus hogares. En lugar de ir a bares y restaurantes o viajar al extranjero, modernice su cocina o su baño.

Si no habrá grandes conciertos en vivo o eventos deportivos por un tiempo, actualiza tu sistema de sonido y televisión. En lugar de viajar, compra muebles nuevos o construye una terraza en su patio trasero. Si las ciudades se envolverán en un cascarón en el futuro cercano, tal vez sea hora de comprar una casa en los suburbios. Seguramente no es una coincidencia que la semana pasada el New York Times dijera que eliminará su sección de viajes los domingos y la reemplazará con una sección llamada At Home.

Así como la economía de las experiencias se benefició de una gran cantidad de estadounidenses de alrededor de 20 años, esas personas ahora son mayores y están en un punto en el que es probable que de todas formas se comprarían una casa en los suburbios.

Actualmente, los tres mayores grupos demográficos según edad en EU están entre los 25 y 39 años, y las tasa de propiedad de viviendas para esos grupos etáreos se ha recuperado de los niveles bajos de los últimos años. Aunque la pérdida de empleos retrasará los planes de muchos, aquellos que aún tienen empleo y ya estaban pensando en comprar casas podrían decidirse a dar el paso.

Y como cualquier propietario de una vivienda le podría contar, comprar una casa cambia sus preferencias de consumo de formas que no habría considerado antes. Los electrodomésticos deben reemplazarse. Las habitaciones vacías no se amueblan por sí mismas. El césped necesita mantenimiento. Todo ese gasto en una casa deja menos dinero para viajes, comidas y otras experiencias.

Esperemos que pronto haya una vacuna contra el COVID-19 y que una nueva generación de jóvenes ingrese a la fuerza laboral, alquile apartamentos y genere una nueva era dorada para el consumo urbano y experiencial. Pero por ahora podemos volver a una forma de vida más tranquila, con el consumo centrado en el hogar.

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