Carl von Clausewitz, el teórico militar prusiano, nunca escribió sobre guerras de divisas. Sin embargo, algunas personas encargadas de diseñar políticas públicas las explican parafraseando sus palabras: como la continuación del ejercicio de la política comercial por otros medios.

Al menos, esa parece ser la visión que tiene el gobierno de Trump acerca de la decisión anunciada por China el 5 de agosto, cuando informó que permitiría la devaluación de su moneda por debajo de siete yuanes por dólar por primera vez desde 2008.PUBLICIDAD

A pesar de ser un límite arbitrario, ha asumido una enorme importancia simbólica entre los comerciantes, los funcionarios económicos y los gestores de fondos. Todos quedaron sorprendidos.

El Departamento del Tesoro de Estados Unidos no tardó en calificar a China de “manipulador de divisas”, acusación que no había hecho en contra de ningún país en veinticinco años.

En opinión de los estadounidenses, China abarató su moneda para tener una ventaja injusta en represalia por el anuncio sorpresivo del presidente Donald Trump, cuatro días antes, sobre la imposición de aranceles adicionales del 10 por ciento a productos chinos con valor de unos 300 mil millones de dólares.

La noticia puso por tierra las esperanzas de los inversionistas de disfrutar en paz el verano. A finales de julio, la Reserva Federal recortó las tasas de interés como protección contra una ralentización en la respetable tasa de crecimiento de Estados Unidos, gracias a lo cual las tensiones comerciales “volvieron a la calma”, señaló con satisfacción el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell.

Sin embargo, después del deslizamiento del yuan, el mercado accionario de Estados Unidos experimentó su peor día en lo que va del año. Varias monedas de mercados emergentes, como el real brasileño, la rupia india y el rand sudafricano, bajaron de precio.

El precio del petróleo crudo tipo Brent se tambaleó por debajo de los sesenta dólares por barril y aumentó el flujo de dinero hacia activos considerados refugios seguros, como el oro. La misma necesidad de garantizar seguridad causó un movimiento en el rendimiento de los bonos del gobierno estadounidense a diez años, al 1.7 por ciento, pues los inversionistas creen que la Reserva Federal se verá obligada a bajar más las tasas de interés para evitar una recesión.

El Banco de la Reserva de Nueva Zelanda redujo su tasa de interés de referencia el doble de lo esperado, y citó como justificación para tal decisión la “incertidumbre agravada” y que los rendimientos de bonos en todo el mundo han alcanzado un “punto bajo histórico”. El dólar australiano cayó a su nivel más bajo en una década.

En tiempos de guerra como en tiempos de paz, las naciones deben estar preparadas para lo peor. Por desgracia, las medidas tomadas como precaución pueden interpretarse como provocaciones.

La decisión de China de permitir el deslizamiento del yuan dejó entrever que está preparada para una guerra comercial prolongada. Permitir el debilitamiento del yuan en respuesta a la amenaza de aranceles fue un movimiento muy parecido al que habría exhibido una moneda flotante. De lo contrario, habría tenido que defender una línea arbitraria frente al dólar cada vez que Estados Unidos adoptara una actitud beligerante.

El problema es que su estrategia aumenta la probabilidad de que ese país adopte una postura todavía más beligerante. Ahora no parece nada probable que Trump cambie de opinión sobre los nuevos aranceles antes de su fecha de entrada en vigor, el 1.° de septiembre.

Cada uno de estos países culpa al otro de iniciar el enfrentamiento. China solo ha recurrido a aumentar aranceles en respuesta a los aranceles de Estados Unidos; no obstante, Estados Unidos considera que su diplomacia económica combativa es tan solo una respuesta tardía a décadas de robo de propiedad intelectual y otras acciones injustas por parte de China.

Cada medida que toma alguno de estos países para intentar quedar a mano, el otro la interpreta como una muestra de superioridad. China considera que un yuan más débil es una respuesta razonable a los derechos comerciales impuestos por Trump.

Según The Wall Street Journal, Trump piensa que esos aranceles son una represalia porque China no aceptó comprar más productos agrícolas y agropecuarios estadounidenses.

Lo irónico del asunto es que China estaba comprando más soya y cerdo estadounidenses, y el gobierno incluso había ofrecido exenciones de algunos aranceles a los compradores. Sin embargo, tras la amenaza de aranceles más reciente de Trump, corre el rumor de que las empresas públicas han recibido instrucciones de no comprar esos productos. Es posible que los aranceles de Trump hayan causado justo la decisión que pretenden castigar.

Independientemente de qué haya motivado los nuevos impuestos, lo más importante es evaluar qué efectos podrían tener. Algunos de los aranceles que Estados Unidos impone en la actualidad (del 25 por ciento sobre mercancía equivalente a unos 250 mil millones de dólares) se habían aplicado a productos chinos que los importadores estadounidenses pueden comprar a otros países.

Así se había logrado minimizar el daño a los compradores estadounidenses y, al mismo tiempo, maximizar el causado a los exportadores chinos, los cuales perdieron ventas contra rivales de otros países. De hecho, según Goldman Sachs, otros países asiáticos habían cubierto alrededor de la mitad del vacío creado por la ronda anterior de aranceles.

La próxima ronda de aranceles afectará productos para los que China tiene menos competidores. Eso significa que a los compradores estadounidenses se les dificultará más cambiar de proveedores.

Con todo, según UBS, el golpe directo de los aranceles nuevos podría ocasionar una baja en el crecimiento de China de por lo menos 0.3 puntos porcentuales en 2020, lo que desplazaría ese parámetro por debajo del seis por ciento por primera vez desde 1990.

Como medida de apoyo a su economía en desaceleración, el gobierno de China ya bajó los impuestos, aumentó el gasto en infraestructura y desistió de su campaña para frenar el crecimiento del crédito. No obstante, se resiste a impulsar el mercado inmobiliario, que ayudó a la economía a superar épocas de desaceleración en el pasado, explicó Andrew Batson, de la empresa de investigación Gavekal.

Los precios de las casas han aumentado tremendamente y los desarrolladores han acumulado niveles preocupantes de deuda. En pocas palabras, China quiere mantener un crecimiento estable, mantenerse firme frente a Estados Unidos en la guerra comercial y evitar los excesos en el mercado de la vivienda. Por desgracia, cada vez es más difícil lograr todos esos objetivos al mismo tiempo.

El daño sufrido por la economía estadounidense es menos tangible. Un estudio del Banco de la Reserva Federal de Atlanta sugiere que los aranceles y la incertidumbre generada por la guerra comercial han provocado una reducción en las inversiones privadas del 1.2 por ciento (y en las inversiones en manufactura, de más del cuatro por ciento).

La incertidumbre también le ha dificultado a la Reserva Federal proteger el crecimiento estable y aumentar las tasas de interés a niveles más normales. Por lo tanto, tendrá menos espacio de maniobra si la economía se ve en problemas por otras razones.

En un tuit, Trump pidió que la Reserva Federal tome medidas en respuesta al debilitamiento de la moneda china. Si bien el dólar técnicamente es responsabilidad del Departamento del Tesoro del país, las decisiones de la Reserva Federal ejercen una gran influencia sobre su valor.

No recibe órdenes del presidente y prácticamente no se ocupa del tipo de cambio, sino deja que se ajuste solo (sin embargo, si las incertidumbres de la guerra comercial afectan en gran medida la confianza y el gasto, quizá se decida a bajar las tasas de interés de cualquier forma). El mercado de futuros considera en sus cálculos una probabilidad de alrededor del 40 por ciento de que se aplique una expansión de por lo menos 0.75 puntos porcentuales para finales de año. La niebla de la guerra puede ocasionar tanto daño como la propia guerra.

Este enfrentamiento comercial ha reverberado por todo el mundo. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos ya amplió la lista de países que monitorea para identificar señales de manipulación de divisas.

Ninguno de los países incluidos en la lista ha cumplido los tres criterios del Departamento del Tesoro (un enorme superávit bilateral con Estados Unidos, un superávit general sustancial y una intervención persistente del banco central en los movimientos de su moneda). Lo cierto es que tampoco China los ha cumplido. Ahora resulta que la definición de manipulación también puede manipularse.

Una de las divisas más afectadas ha sido el yen japonés. En su calidad de moneda refugio en tiempos difíciles, experimentó un gran aumento tras el anuncio sorpresivo de Trump. Si el yen tiene una posición fuerte, al banco central de Japón se le dificulta elevar la inflación, en especial porque sus tasas de interés ya se encuentran por debajo de cero.

Aunque Japón no ha intervenido directamente en los mercados de divisas desde 2011, sus funcionarios observan con preocupación el alza del yen. Si el fortalecimiento de la moneda ocasiona que cruce el límite psicológico de cien yenes por dólar, quizá las autoridades japonesas se sientan obligadas a actuar. Las guerras de divisas también pueden ser la continuación del ejercicio de la política monetaria por otros medios.

Europa tampoco se ha librado de los efectos. La producción industrial en Alemania sufrió una caída del 5.2 por ciento en lo que va del ejercicio hasta junio. “Los macrochoques extranjeros” explican alrededor de dos terceras partes de la desaceleración experimentada en Alemania desde 2017, según Goldman Sachs.

Varios bancos europeos, entre ellos A.B.N. AMRO, Commerzbank y Unicredit, advirtieron esta semana que los márgenes de interés son mínimos, por lo que aumentaron sus provisiones o redujeron ingresos.

En un boletín económico reciente, el Banco Central Europeo expresó preocupación por la posibilidad de que la incertidumbre en el sector comercial haya retardado la inversión global y, en consecuencia, dañado las exportaciones europeas de equipo de transporte, maquinaria y fabricación.

En una economía globalizada, todo es la continuación del ejercicio de algo más.

Publicidad