Manuel J. Jáuregui

Miren ustedes, amigos, lo singular que es México: no por su abundante riqueza natural, no por sus inigualables playas, no por sus preciados recursos minerales, ni por la nobleza y grandeza de su gente. No. Es singular México hoy día porque es la ÚNICA democracia en el MUNDO que tiene como Presidente a un hombre que en todo tiene la última -y única- palabra.

Él es quien determina qué es justo y qué no, cuál ley se aplica y cuál no, cuáles son las obras prioritarias, las pida o no el pueblo, quién tiene la razón y quién no, tocando la casualidad que en todo y en la mayoría del tiempo es él mismo el único acertado.

Sólo se hace en el País lo que él quiere o dice, es tanta su OMNIPOTENCIA que pudiera pensarse que se cree DIOS. O, como mínimo, un regalo de Dios al pueblo de México y que muchos de nosotros -que detestamos el embuste- no sabemos apreciar. En la realidad, el Presidente es un hombre como cualquiera, mortal, con defectos y virtudes, pero que se ha autoadjudicado la posición de erigirse así al frente del Gobierno, como Tlatoani absoluto de México.

A razón (contadas) de 80 mentiras por mañanera (dicen que ya bateó el récord de Trump) sólo él quiere opinar y sólo él dice -por ejemplo- si los médicos privados -en la primera línea de la lucha contra el Covid- deben o no ser vacunados. Que como lo pidieron manifestando, desesperados y urgidos, ya les dijo este ser infalible -o que se cree infalible- que no es “justa” su petición de vacunas y por tanto que no la recibirán. ¡Ándale!

El otro López (de Santa Anna), Presidente varias veces de un México que en 1830 era en tamaño territorial la quinta nación más grande del mundo, y a quien la historia consigna como un gran narcisista, protagonizó la siguiente anécdota histórica: cuando en la batalla de San Jacinto (en Texas) fue capturado por los rebeldes texanos dormido (con una esclava llamada Emily Morgan) le dijo a su líder, Sam Houston: “Usted debe ser un hombre con un descomunal destino y lo digo porque ha capturado usted al Napoleón del Oeste”.

¿Quién se creerá el Presidente actual? ¿Benito Juárez? Pudiera él pensarse BJ, pero en realidad actúa más como el Emperador Maximiliano. Hay entre ambos Juárez y López (que no López con López) enormes diferencias, la principal que el México de hoy dista mucho de ser el México de mediados del Siglo 19.

Sopesen ustedes lo siguiente: absolutamente nada le costaba al Presidente destinar unas pocas miles de vacunas para los médicos privados, ya que ayer mismo presumió haber recibido 487 mil 500 vacunas de Pfizer, y 500 mil de la inútil china Sinovac, mismas que se van a aplicar a los maestros, según él mismo afirmó. ¡Y eso que están cerradas las escuelas!

Negárselas con tanta soberbia a los médicos privados es un capricho totalmente irracional. Si nos guiamos por lo que han hecho otros países avanzados, ellos no distinguen entre médicos privados y públicos. Cualquier persona en el sistema médico es clasificado como 1A y por tanto forma parte del PRIMER GRUPO que debe vacunarse.

México -o más bien, la actual Administración- es la única emergente que rompe las reglas y ha armado una estrategia que escasamente califica para ser llamada como tal. Ello dado que es contraria a toda la lógica y las buenas prácticas sanitarias reconocidas en todo el planeta Tierra.

Así como López de Santa Anna estaba muy pagado de sí mismo, López Obrador parece disfrutar el ser obstinado, imponerse en todo y a todos, como que considera que el ejercicio del poder en una democracia consiste en doblegar y someter, y no en convencer.

Claro, por supuesto, no cabe duda alguna, la petición de los médicos privados de ser vacunados es TOTALMENTE JUSTA, así lo dicen la CIENCIA y el sentido común, pues un médico enfermo -contagiado- no puede curar a nadie: es urgente que tengan la protección para poder desempeñar su profesión CURANDO pacientes y no siendo vejados por el pináculo del poder político. Lo que no es justo viene siendo -precisamente- lo que dice y hace el Presidente López del Siglo 21.       

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