Sergio Aguayo*

El activismo de Porfirio Muñoz Ledo se asienta en su lectura de la realidad: México está ante una “bifurcación”: “o nos vamos hacia la democracia o nos vamos al autoritarismo”. Comento sus palabras a partir de otra bifurcación histórica de la que fue protagonista el aguerrido diputado.

En 1987 diez integrantes del Partido Revolucionario Institucional llamaron a crear una “Corriente Democrática” dentro del PRI. Pedían la democratización de los métodos de elección del candidato tricolor a la Presidencia y proponían como candidato a Cuauhtémoc Cárdenas. Sus planteamientos fueron ignorados y cuando Carlos Salinas fue nombrado candidato a la Presidencia iniciaron una serie de movilizaciones que culminaron con su salida del PRI para fundar el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que en su momento tantas esperanzas despertara y con el tiempo tantas decepciones provocara. Aquel movimiento se degradó porque un buen número de sus miembros agrupados en “tribus” sustituyeron las causas por el negocio, y el debate ideológico por los métodos mafiosos.

Las pugnas internas causaron otro desprendimiento del cual surgió Morena, un partido que ha ido quemando etapas de manera vertiginosa. Los personajes y métodos que emplean, y las decisiones y anuncios hechos por el presidente Andrés Manuel López Obrador abonan al diagnóstico elaborado por Muñoz Ledo y justifican su convocatoria a un “Encuentro por la República”, cancelado en último momento por coincidir con la tragedia del Metro.

Fui invitado a participar en el “Encuentro”. Acepté porque deseaba exponer una línea argumentativa que a continuación bosquejo. La coyuntura histórica que vivimos es muy delicada y la recrudecen las decisiones e intenciones del Presidente. Sin embargo, es igualmente grave la degradación de los partidos que se han convertido en lastre para la democracia. El remedio está a la vista: una reducción en las prerrogativas públicas, mayor vigilancia del Instituto Nacional Electoral (INE) y aumento del escrutinio ciudadano.

No todo está podrido. Durante décadas he participado en la vida pública del país a través de mi producción académica, mis opiniones en medios y mi participación en organizaciones de la sociedad civil (OSC); esta experiencia me lleva a pensar que sigue habiendo vías de resolución a los problemas que nos aquejan, las soluciones requieren de un diálogo abierto y respetuoso que abone a la construcción de una verdadera cultura democrática, que evite la descalificación per se del oponente y que fortalezca las instituciones que con tanto trabajo hemos construido.

No desdeñemos los avances, han sido notables. El conocimiento sobre los actores políticos es un ejemplo. Pensemos que fue en abril de 1988 cuando por primera vez La Jornada hizo un levantamiento sobre las intenciones del voto en la elección presidencial en la Zona Metropolitana del Valle de México (en Monterrey, El Norte ya tenía tiempo haciéndolos). Durante estos años se han consolidado también medios de comunicación independientes y las OSC han llegado a excelentes niveles de profesionalización comprobables en sus informes.

Otro avance digno de mención son los organismos públicos de derechos humanos (las instituciones encargadas de tutelar derechos y ser bisagras entre Estado y sociedad). Es cierto que un alto porcentaje de estos organismos han sido colonizados por partidos; sin embargo, algunos se han transformado en columnas del cambio. Es el caso del INAI o el INE. Este último evolucionó de la servidumbre frente a los partidos políticos a la determinación de ser un muro de contención para sus excesos.

La diputada Martha Tagle (Movimiento Ciudadano) lo resumió durante la comparecencia de Muñoz Ledo en la Cámara de Diputados: “La democracia en este país se ha construido a muchas manos y desde muchos lugares, y eso es importante que lo escuchemos todos y que lo recordemos siempre”.

La situación es difícil, por supuesto. Al Presidente lo irrita la sociedad organizada e institucionalizada. Quisiera eliminarlas pero hay una gran distancia entre querer y poder. Él quiere, pero no puede. La distribución de fuerzas requiere acuerdos parciales y totales entre los partidos y obliga a diálogos como el pospuesto “Encuentro por la República”. Ya habrá oportunidad de intercambiar ideas sobre cómo regenerar una democracia maltrecha.

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