Atanasio Hernández

Era inevitable. Lo que impresiona es que el virus SARS-CoV-2 sea tan exacto, y justo dos semanas después del 21 de junio, cuando se celebró el Día del Padre, el aumento en el número de casos confirmados de la enfermedad COVID-19 en Xalapa superó, en casi el triple, al promedio de los registros de las últimas cinco semanas.

No en balde se había decretado la reducción en los horarios de venta de bebidas alcohólicas y su prohibición de viernes a domingo… Está claro que la mexicana alegría nada tiene que ver con este virus del mal, pero sí ayuda a desinhibir al más prudente y llama a festejar como es debido ¡Cómo chiangaos que no!, al hombre a quien debemos la vida, al menos en la parte correspondiente.

Así que como le perdimos el miedo a la pandemia y eso de que “te vas a morir” es cosa de memes, dejamos el cubreboca en casa, aniquilamos la sana distancia y agasajamos a nuestro querido viejo como Dios manda, pues para morir nacimos. Total, ya ven que por ejemplo, a los curitas y ministros de otros tantos cultos religiosos les vale puritita madre el confinamiento.

Y el resultado está a la vista: 74 nuevos casos el lunes 6 y martes 7 de julio. Claro que estos abonan a los 537 acumulados en el municipio una vez iniciada la emergencia sanitaria, que hasta el momento han implicado 68 casos fatales. Es decir, personas que ya descansan en paz, están con el Señor, trascendieron este mundo material, se nos adelantaron, o como dijimos durante esa fiesta con tres tequilas entre pecho y espalda: estiraron la pata, se petatearon, chuparon faros, colgaron los tenis, pelaron, valieron eme…

Porque dicho en serio este bicho es letal en más de 10 por ciento de los casos, y si los hospitales o espacios destinados a la atención de los enfermos graves no están absolutamente saturados, es porque una cama –en promedio– se desocupa cada dos o tres días. Así de grave.

La transmisión comunitaria del virus está en pleno apogeo, justo cuando decidimos bajar la guardia y volver a las calles, a la “normalidad”, pues nos resulta chocoso andar con tapaboca, desinfectar las suelas de los zapatos al ingresar a algún edificio público, andar checándose la temperatura, lavarse las manos o untarse gel antibacterial a la menor provocación, alejarse de los demás usuarios del transporte público y otras tantas rutinas que implican molestias y pérdida de tiempo.

Es más cómodo vivir como antes. Es de humanos expresar el afecto y el amor con saludos, abrazos y besos, dejarse querer, y sentirnos libres como el viento para ir a donde queramos y hacer lo que nos venga en gana, pues ya suficiente tenemos con estar en este valle de lágrimas.

Desafortunadamente, este virus y la enfermedad están cada vez más cerca. Conforme el contagio comunitario avance comenzaremos a saber de casos entre conocidos, amigos y familiares. Tal vez eso nos obligue a ser prudentes, y si tenemos suerte, la tragedia no invadirá nuestra propia casa.

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