Alma Delia Murillo*

La primera vez que pregunté de dónde venía, mi abuela dijo que de la voluntad de Dios, mi madre que de la cigüeña y mi amigo Borja dijo que venía de la cola de mi mamá; esa última respuesta, por demás desestructurante, me llevó a indagar con un método de observación que consistía en tirarme al piso para ver si lograba mirar las colas de las señoras debajo de sus faldas y descubrir a una niña saliendo de ellas. Me costó una buena tunda y un par de años digerir todas esas corrientes de pensamiento sobre el origen para entender, al menos biológicamente, de dónde venía.

En el lado oscuro de nuestra alma -oscuridad llena de matices insospechados- se arraiga un detonador atómico para despertar filias y fobias, guerras y persecuciones, ambiciones y alianzas: el origen. ¿Por qué será que necesitamos tan desesperadamente demostrar de dónde venimos y señalar a los que no vienen del mismo sitio que nosotros?

Cuando ya había entendido aquello de las gónadas y la gestación y dejé de mirar debajo de la falda de mi madre, me encontré con que “de dónde vienes” provocaba nuevos malestares. En la escuela no era lo mismo venir de Primero A que de Primero B, los del grupo A eran Aplicados, se sabía; y los del B éramos Burros. Presencié perturbadoras peleas entre las bestiecillas de 6 y 7 años que conformábamos ambos frentes. Entre gritos histéricos volaban patadas, escupitajos, mechones de pelo y uno que otro hilito de sangre. Nos odiábamos a muerte porque así lo mandaban las letras A y B que nos separaban.

Siendo adolescente allá en el aguerrido municipio de Ecatepec escuché que no era lo mismo venir de la San Agus que haber salido de Valle de Aragón. Ni qué decir de cuando arribé a la gran capital y me encontré con que los códigos postales en la credencial de elector eran como escudos blasonados que exhibían la identidad, el nivel de nobleza y hasta las enemistades de sangre. Para regocijo de los amantes de la polarización, el mensaje que asegura que no es lo mismo venir de Ixtapalapa que de Coyoacán ha estado ahí desde siempre.

Luego siguió el martilleo con aquello de que los hombres venían de Marte y las mujeres de Venus. (Mi abuela le habría soltado dos bofetones con tanto fuego marcial como gracia venusina al autor de semejante blasfemia).

En fin, el espinoso camino del origen. Me corrieron de la iglesia cuando blasfemé que descendíamos de los primeros homínidos. Me volví anatema y anatema sigo por reconocer que vengo del Homo habilis con su pulgar oponible, del Homo sapiens con su razón y hasta del Homo twitter con su monopolio de la razón.

Ha quedado claro que hablar del origen es más espinoso que hablar de futbol, entonces: ¿no pensó el presidente argentino Alberto Fernández antes de meterse en ese berenjenal con su declaración? Aquello de que “los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos. Eran barcos que venían de Europa” es un chiste que pretende bromear con la falta de una clara línea identitaria del pueblo argentino manifestando que son, sobre todo, producto de la inmigración (y que omite, con gran desatino, la existencia de sus pueblos originarios). Ya se aclaró que la cita estuvo mal atribuida a Octavio Paz y que el músico Litto Nebbia lo cantaba en su zamba. Pero, me parece, es como querer darle crédito a alguien en particular de una broma común y de una imprecisión oral que, como todas las imprecisiones, se viraliza sin remedio.

En el libro que recoge las clases de Literatura que dio Julio Cortázar en Berkeley, hay una declaración similar suya. Cuando una alumna le pregunta si es tan alto por tener ascendencia inglesa, con intención humorística él responde: “Como todo argentino que se respeta, yo soy una especie de cóctel genético (…) ¿De dónde vienen los mexicanos? Vienen de los aztecas. ¿Y de dónde vienen los peruanos? Vienen de los incas. ¿Y de dónde vienen los argentinos? Vienen de los barcos”.

Cubierta la cuota de indignaciones, seamos honestos, el pecado de rechazar a quien es distinto lo hemos cometido todos. La pregunta es ¿de dónde viene ese ánimo destructivo de mantener a raya a quienes no tienen el mismo origen que nosotros?

Si al final, como diría mi abuela, lo único cierto es que todos venimos para irnos.

@AlmaDeliaMC     

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Editorial Plaza y Valdés). Ha colaborado en El Cultural de La Razón, The Washington Post, SinEmbargoMx, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ, Revista SOHO y otros medios. Desarrolla guiones para cine, teleseries y audioseries.

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