Armando Fuentes*

¡Clap clap clap clap clap clap! ¿A quién aplaudes tan entusiastamente, escribidor, y además con ambas manos, según pude observar? Al Senado de la República, en especial a los senadores Ricardo Monreal y Miguel Ángel Mancera, por su iniciativa y decisión de inscribir con letras de oro -figuradamente hablando, claro-, en el salón de sesiones de la Cámara Alta -también figuradamente hablando- la frase: “Ramón López Velarde, poeta de la patria”. Les diré. Tres libros dejaron honda marca en mí. El primero, lectura infantil, fue Corazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis. El segundo, en tiempos de la primera juventud, fue Le petite chose (Poquita cosa o Fulanito, en traducciones castellanas), del francés Alphonse Daudet. Y el tercero, en años ya de madurez, el volumen en que se contiene la obra poética de Ramón López Velarde. Del bardo jerezano me atrae su sensualidad de católico -la expresión es de Rafael López-, lo mismo que su angustiada dualidad vital, su permanente enigma de “no ser ni carne ni pescado”. Venero a López Velarde. Me sé de memoria una veintena de sus poemas, entre ellos “Suave patria”, que podría empezar a decir ahora mismo sin equivocar un solo verso. Me alegró entonces la decisión de homenajearlo ahora que se acerca el centenario de su fallecimiento. Los muros de los recintos camarales han sido reservados casi siempre para personajes de la vida cívica. El hecho de que en uno de esos muros se ponga el nombre de un poeta es un acto de cultura realizado en una época en que la cultura es víctima de recortes, por no decir que coartada, y aun objeto de hostilidad y agravio, como acaba de suceder con las alusiones de López Obrador a la Feria Internacional del Libro, de Guadalajara. Aplaudo, pues, a los senadores que propusieron aquella iniciativa. Es muy alentador saber que dentro de la 4T hay algunos que saben quién fue López Velarde… Doña Macalota le dijo a su esposo: “En los años que tenemos de casados me has sido infiel 1,325 veces”. Le reprochó don Chinguetas: “¿Y no cuentas todas las veces que te he sido fiel?”… A la consulta del doctor Duerf llegó un sujeto vestido como Napoleón Bonaparte. El psiquiatra le preguntó: “¿Viene usted a que lo trate?”. “No -contestó el tipo-. Yo estoy perfectamente bien. La que me preocupa es mi esposa Josefina. Insiste en decir que es la señora de González”… La jefa de piso del hospital se sorprendió al ver a la enfermera Florenciana. Le dijo: “¿Ya te diste cuenta de que traes una bubis de fuera?”. “¡Ah, caray! -se apenó ella al tiempo que volvía a su sitio la aludida parte-. Estos internos, que nunca dejan las cosas en su lugar”… Don Sinople, señor fifí, se jactó ante una linda chica: “Pertenezco a la Sociedad Protectora de Animales”. Con pícara sonrisa preguntó la muchacha: “¿Protector o protegido?”… Un tipo anunció en la cantina: “Le daré 5 mil pesos al que se tome 20 tequilas en tres minutos”. Empédocles Etílez, conocido nuestro, declaró que él podía hacer tal cosa. Le pidió al señor: “Permítame solamente salir 5 minutos”. Salió, en efecto; volvió poco después y dio buena cuenta de los 20 tequilas en dos minutos flat. El tipo le entregó el dinero y le preguntó, curioso: “¿A dónde fuiste ahora que me pediste salir 5 minutos?”. Respondió Etílez: “A la cantina de enfrente, a calarme para saber si podía optar al premio”… El doctor Ken Hosanna llegó a su casa en hora en que no se le esperaba, y halló a su esposa en indebido trance de carnalidad con un desconocido. Le dijo a la azorada señora: “Estoy seguro, Coralina, de que esto no viene en el libro Qué hacer mientras llega el médico… FIN.

MIRADOR 

Soneto para una dama que me pide esperar.

¿Esperas que yo espere? Vana espera. 

Por esperar estoy desesperado. 

¿Cómo voy a esperar, aunque quisiera,

si quien me pide espera es lo esperado?

Esperar es penar. Yo ya he penado. 

Si esperar fuese amar yo espera fuera,

mas no voy a esperar, esperanzado,

que esperando mi amor el tuyo muera.

Inútil esperar. La espera es pera 

que mis olmos no dan. Esperar cansa. 

El que espera, ya sabes, desespera.

Desespera. No esperes mi mudanza. 

Esperar que yo espere es vana espera. 

Ya no puedo esperar ni a la esperanza.

AFA.

¡Hasta mañana!…        

  • Armando Fuentes Aguirre, “Catón”. Nació y vive en Saltillo, Coahuila. Licenciado en Derecho; licenciado en Letras Españolas. Maestro universitario; humorista y humanista. Sus artículos periodísticos se leen en más de un centenar de publicaciones en el País y en el extranjero. Dicta conferencias sobre temas de política, historia y filosofía. Desde 1978 es cronista de la Ciudad de Saltillo. Su mayor orgullo es ser padre de cuatro hijos y abuelo de 13 nietos. 
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