Jesús Silva-Herzog Márquez*

El príncipe del infierno neoliberal ha ensartado la apetencia de prosperidad en las almas débiles de la clase media. Nos lo informó el Presidente en una de sus homilías más recientes. Le preocupa, por supuesto, nuestra paz espiritual y por ello fustiga, para ejemplo de la nación, a quienes han caído en la trampa de las posesiones y los estudios. Los descastados que no son ni ricos ni pobres han sido corroídos por el veneno de la ambición. Encandilados con la esperanza de un patrimonio, se apartan del verdadero camino. Por eso nuestro amado guía nos apremia a resistir la tentación del estudio que nos aleja de la raíz, de la riqueza que nos convierte en egoístas, del conocimiento que nos hace dudar de su infinita magnificencia.

Para el nuevo credo, el aspirantismo es el peor de los pecados porque es pueblo que reniega de ser pueblo. Idolatría: dejar de reverenciar a la única divinidad y adorar falsas imágenes. Distraerse en la pequeñez de la colegiatura, ilusionarse con un cambio de casa son formas de la apostasía: abandonar la verdadera religión para esclavizarse a las mensualidades de una tarjeta de crédito. Entregarle el alma al diablo. Miserables clasemedieros que se esfuerzan por darle educación superior a sus hijos, que quieren cambiar el coche el año siguiente y que planean vacaciones para navidad.

El pecado que enfurece al Presidente es una degeneración moral propia de la clase media. Una expresión de su deslealtad o, más bien, de su soberbia. Aspiracionista es quien se atreve a desear lo que no hereda. Aspiracionista es, por eso, quien comete el pecado de actuar como individuo, quien no acepta su origen como mandamiento. Una poderosa insumisión solitaria. El pecador que recibe la condena presidencial es una persona que se rebela. Es un individuo y es, por eso mismo, caprichoso. Cambia de parecer, muda de simpatías, apoya un día y da la espalda al día siguiente. Ahí está el demonio que combate con furia el hombre del palacio: el individuo. En su nostalgia comunitarista, la energía individual no solamente es egoísta: es perniciosa. El mensaje es claro: el individuo, condición indispensable de la ciudadanía, es una categoría que el Presidente detesta. La palabra misma no aparece en su vocabulario porque se emplea siempre, como “individualismo”, su derivación como un escarnio que se emplea como si fuera un sinónimo de egoísmo.

La ignorancia y la pobreza son la única ruta de la felicidad, decía Rousseau. El romántico que nos gobierna no pierde oportunidad para recomendarnos el mismo camino. Está convencido de que el aguante es el temple moral del pueblo. Si para el Presidente el trapiche es el símbolo de la economía popular, la resignación es expresión del civismo profundo. Ser parte de la comunidad es aceptar el infortunio, es ser tolerante a las desgracias que impone la vida. Ser ciudadano en tiempos de la “transformación” es no quejarse más que del pasado. Los males solamente pueden provenir del neoliberalismo y de los gobiernos anteriores, no pueden surgir del gobierno actual ni de sus principales representantes. La ciudadanía es resignación ante la tragedia: sufrir en silencio y no dudar jamás del benefactor que nos cuida. Los más pobres son sabios porque saben que las desgracias suceden, dijo el Presidente hace unos días. No se refería, por supuesto, a una catástrofe natural. Hablaba del Metro de la capital que se desplomó matando a 26 personas. El Presidente asume que los humildes aceptan que la criminal ambición del gobierno de Marcelo Ebrard y la negligencia de sus sucesores ha de ser nuestro valle de lágrimas. Si alguien se indigna por la muerte de una hija, si alguien enfurece por la destrucción de su familia caería en el pecado del aspirantismo. Exigir justicia sería demandar que exista la ley que nunca ha regido.

A decir verdad, el sermón presidencial no parece esperanzador. El Presidente reconoce que es difícil expiar el aspirantismo. Por eso al predicador se le ve contrariado. No encuentra el rezo para la salvación de la clase media y su retorno a la verdadera religión. Si ha entrado en contacto con el vicio, advierte el Presidente, el alma se ha contaminado irremediablemente. Si alguien lee el Reforma, habrá que perder toda esperanza.

  • Estudió Derecho en la UNAM y Ciencia Política en la Universidad de Columbia. Es profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado El antiguo régimen y la transición en México y La idiotez de lo perfecto. De sus columnas en la sección cultural de Reforma han aparecido dos cuadernos de Andar y ver. 
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