Jorge Volpi*

Por excepcional que nos parezca ahora, el caso Cassez-Vallarta era, en su momento, parte de la oprobiosa normalidad

Luego de que el Presidente se valiera del caso Cassez-Vallarta para atacar a sus críticos, y a tres años de publicar Una novela criminal, me atrevo a volver a él. Según la Real Academia, entre las definiciones de “montaje” aplicarían, aquí, dos: “acción y efecto de montar una obra teatral” y “aquello que solo aparentemente corresponde a la verdad”. Ambas corresponden con lo ocurrido aquel 9 de diciembre de 2005, cuando tanto Televisa como TV Azteca transmitieron, en vivo, la captura de una pareja de secuestradores y la liberación de tres víctimas que no fue ni una cosa ni otra.

No hay casi dudas de que Israel Vallarta y Florence Cassez fueron capturados la mañana del día anterior, incomunicados -secuestrados-, él torturado salvajemente por la Policía, ella encerrada en una camioneta la mayor parte de la tarde, y que solo en las primeras horas del 9 fueron conducidos de vuelta a Las Chinitas -la casa de Israel- para protagonizar la “obra teatral” montada por Luis Cárdenas Palomino y Genaro García Luna.

Cuando en febrero de 2006 este último compareció en el estudio de Punto de Partida, frente a Denise Maerker, afirmó que la transmisión de aquel día fue una “recreación”. Según él, la detención ocurrió entre las 4 y 5 de la mañana, en solitario, y solo cuando la prensa llegó al lugar la policía accedió a “repetirla” para las cámaras. Esto no es sino una gigantesca mentira: como el propio Cárdenas Palomino me confirmó -así como muchos otros de los participantes de aquel día-, esa recreación nunca existió precisamente porque Vallarta y Cassez fueron detenidos el día anterior.

Temeroso de que esto saliera a la luz -lo que debió significar la inmediata liberación de ambos-, García Luna se inventó esta farsa para salir al paso. A partir de ese momento, tanto la Policía como el Ministerio Público se encargaron de hacer hasta lo imposible para que no pudiera saberse qué ocurrió en verdad aquella mañana: como determinó la idea del “efecto corruptor” del ministro Arturo Zaldívar, la absoluta falta de certezas de esa madrugada bastó para liberar a Florence y debería bastar para liberar a Israel.

Me atrevo aquí, sin embargo, a especular sobre lo que pudo ocurrir ese día. Un caso como éste, que alcanzó una repercusión internacional inaudita por la doble tozudez de Calderón y Sarkozy, tiende a ser visto como el producto de una gigantesca conspiración. A la distancia, me parece que no fue así: por excepcional que nos parezca ahora, el caso Cassez-Vallarta era, en su momento, parte de la oprobiosa normalidad de nuestro país.

No sabemos en cuántos otros casos la Policía realizó montajes semejantes -el caso de Rubén Omar Romano fue el antecedente inmediato y luego, ya como Secretario de Seguridad Pública de Calderón, García Luna los repetiría una y otra vez con distintos narcos-, pero lo cierto es que se trataba de una práctica habitual. Igual de normal era que los medios secundasen estos operativos en una estrategia de win win: mientras que con ellos la Policía ganaba credibilidad -bocanadas de oxígeno ante su ineficacia-, las televisoras ganaban en rating. De seguro no era siquiera necesario que los altos ejecutivos de las televisoras o el director de la AFI se pusieran de acuerdo: era un pacto tácito que reflejaba los modos de operar entre el poder y los medios.

Y así debió ser cómo, al llegar a Las Chinitas, reporteros y camarógrafos -y los conductores en los estudios- no vieron ni hicieron nada extraño: la obvia manipulación de pruebas y testigos, la tortura en vivo del presunto secuestrador y las demás señales de la farsa quedaban subsumidos en la vergonzosa complicidad de años. Que luego la curiosidad de Yuli García -quien desveló las oscuridades del pacto- o la nacionalidad francesa de Florence convirtieran el caso en un escándalo internacional era algo absolutamente imprevisto en el guion. El montaje, pues, como la expresión máxima, por natural, de una corrupción endémica. Que, por desgracia, López Obrador ha revivido sin que lo acompañe una auténtica búsqueda de justicia.

@jvolpi       

  • México (1968). Es autor de la novelas En busca de Klingsor, El fin de la locura, No será la Tierra, El jardín devastado, Oscuro bosque oscuro y La tejedora de sombras. Y de ensayos como Mentiras contagiosas, El insomnio de Bolívar y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Sus libros han sido traducidos a 25 idiomas. En 2014 se publicará su novela Memorial del engaño.
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