Lisandro Prieto Femenía

Una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad.

Montesquieu (1689-1755)

“Las chicas que nos desdeñaron, los chicos que nos dejaron solos, los extraños que nos ignoraron, los padres que no nos entendieron, los jefes que nos rechazaron, los mentores que dudaron de nosotros, los abusadores que nos vejaron, los hermanos que se mofaron de nosotros, los amigos que nos abandonaron, los conformistas que nos excluyeron, los besos que nos fueron negados, porque ninguno de ellos “nos vio”. Estaban muy ocupados mirando para otro lado, mientras yo dirigía la mirada a vosotros. Sólo a vosotros. Porque soy uno de vosotros.”

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Así comienza el último capítulo de la serie “The New Pope”, secuela de “The Young Pope” (del grandioso Paolo Sorrentino), en el que un ficticio Papa Juan Pablo III (John Malkovich) brinda su primer discurso en la Plaza de San Pedro dedicando cada una de sus palabras a sus feligreses dolientes, a los cuales se les ha negado su lugar en el mundo mediante la exclusión y el desprecio naturalizado. La declaración del “Sumo Pontífice”, lamentablemente de mentiritas, es evidentemente poderosa y emotiva, puesto que sus palabras apuntan a una audiencia que durante toda su vida se ha sentido marginada, incomprendida y desatendida por su sociedad. La potencia de las palabras elegidas por el guionista de la serie y puestas en la boca de este tremendo actor pretende generar una conexión entre esa porción significativa de la población que ha sido excluida y una autoridad eclesiástica que, al parecer, también lleva en sus espaldas su propio calvario del desprecio de sus propios padres. Lo que parecen tener en común ese jefe de Estado y los simples ciudadanos, en este caso, es el dolor de querer formar parte de un mundo que nos da sistemáticamente la espalda, con el aval y anuencia de la gran mayoría que sí se sienten cómodos y adaptados a los requisitos establecidos por la moda vigente.

“El dolor no tiene jerarquía. El sufrimiento no es un deporte, no hay una clasificación final. Atormentados  por el acné y la timidez, por las estrías y la incomodidad, por la calvicie y la inseguridad, por la anorexia y la bulimia, por la obesidad y la diversidad, denigrados por nuestro color de piel, por nuestra orientación sexual, nuestros bolsillos vacíos, nuestros defectos físicos, nuestras discusiones con nuestros mayores, nuestras incontables lágrimas, el abismo de nuestra insignificancia, las cavernas de nuestras pérdidas, el vacío de nuestro interior, el recurrente e incurable pensamiento de acabar con todo sin lugar para reposar, sin lugar para descansar, nada a lo que pertenecer: ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!”

Pues sí, parece que sí es un deporte global esto de descalificar personas mediante un dañar que es común para tantos, y necesario para nadie. Vemos representada una amalgama de experiencias puramente humanas que se han vuelto insignificantes para quienes detentan el poder y para quienes, patéticamente, naturalizaron la violencia para “encajar en” un “lugar” en el que, para pertenecer, hay que pisotear, humillar, traicionar y denigrar a una cantidad incontable de personas. Si bien se enumera una diversidad de “heridas sociales” (desde el racismo, la homofobia, el xenofobia y la aversión a los que menos tienen), es preciso señalar que todos nosotros, sí, usted también querido lector, en algún momento de nuestra vida hemos enfrentado batallas personales contra la exclusión que nos han dejado cicatrices aparentemente invisibles pero profundamente explícitas y lamentables.

“Sí.  Así es cómo nos hemos sentido. Y como vosotros, lo recuerdo todo. Pero ya no importa que el mundo se haya enfrentado a nosotros, porque ahora seremos nosotros los que nos enfrentaremos al mundo. No volveremos a tolerar que se nos considere un problema, porque la realidad es que ellos son el problema y nosotros, la solución. Sí, nosotros, que hemos sido traicionados, abandonados, rechazados y malentendidos, por no decir, despreciados. “No hay lugar para vosotros aquí”, fue lo que nos dijeron con su silencio. “Entonces, ¿dónde está nuestro lugar?”, les imploramos con nuestro silencio. Nunca se nos dio esa respuesta.”

Quien ha sufrido, siempre recuerda: es muy difícil, casi un desafío imposible, olvidar la facticidad de la crueldad y el desdén que uno ha recibido. Las personas hacemos todo lo posible de seguir adelante, con eso a cuestas, pero la tolerancia tiene sus límites. En esta dialéctica de amos y esclavos llamada historia de la humanidad quedan pocas opciones: o se abraza el vacío, la nada como valor, la aceptación de nuestra negación, o reaccionamos, siendo conscientes que absolutamente nada ni nadie debería tener el poder de extinguirnos, apagarnos, postergarnos, acallarnos y ningunearnos. Las múltiples formas, algunas sutiles, otras vulgares, todas violentas, de eliminar la posibilidad de ocupar un lugar en una sociedad se han ido sofisticando con el paso de los siglos. Hoy no hay paredones de fusilamiento ni horcas en las plazas, existen mecanismos delicadísimos que cumplen la misma función violenta pero con formas administrativas, burocráticas e incluso mediáticas tan sutiles que a veces, lamentablemente, las víctimas del desprecio creen merecerlo.

“Pero ahora lo sabemos, sí, sabemos cuál es nuestro lugar: nuestro lugar está aquí. Nuestro lugar es la Iglesia. El cardenal Biffi lo expresó de una manera asombrosamente simple: “Somos todos miserables desastres que Dios ha unido para formar una gloriosa Iglesia”. Sí, somos todos miserables desastres. Sí, somos todos iguales, y sí, somos los olvidados. Pero hasta hoy. Porque de hoy en adelante, no volveremos a ser olvidados, se los aseguro. Nos recordarán, porque somos la Iglesia.”

El precitado llamado a la memoria en el monólogo nos insta a mirar hacia adelante con valentía: la clave estaría en dejar de ser considerados rechazados y olvidados para convertirnos dignos de ser considerados inolvidables. El primer paso consistiría en no ceder ante las definiciones externas que recibimos, el ser considerados “el problema”, sino abrazar fuertemente la idea de que la solución está en nosotros en tanto que las experiencias de rechazo no tienen el poder, en absoluto, de definir nuestro valor. Parece simple, pero créanme, no lo es, justamente porque tenemos que romper que la naturalización constante de las etiquetas y limitaciones que nos imponen en todos los ámbitos de la vida en los que nos quedamos mover, específicamente en aquellos que supuestamente están para cuidarnos y querernos y no hacen otra cosa, a veces, que maltratarnos.

En segundo lugar, la metáfora señala la necesidad de renunciar a la abulia comunitaria en la que se ha instalado que nadie debe hacer nada por nadie, y que a lo sumo solamente el Estado es el encargado de asistir someramente (y lo hace, casi siempre, de manera inequitativa) contrastándolo con la idea de la posibilidad de una participación que se haga visible mediante la unión de fuerzas en la adversidad. Utiliza a la Iglesia como eje, pero podemos considerarlo una analogía a la idea de comunidad bien entendida, en la cual supo ser primordial la unidad, la solidaridad, la compasión y la aceptación mutua mediante la empatía que brota del trabajo. Sí, todos tenemos nuestras miserias y desastres, pero es mediante la común unión de los pueblos que se ha logrado tener la fortaleza suficiente para salir adelante en cada época y tribulación que se ha presentado. Esto ha sido posible porque las comunidades eran un espacio social en el cual podíamos encontrar un refugio en el que las heridas del pasado podían sanar, más allá de las superficialidades ideológicas de los panqueques de turno, los cuales vienen demostrando se totalmente incapaces de mover un meñique siquiera para cerrar las grietas y unir a aquellos que vienen siendo sistemáticamente marginados.

En última instancia, es crucial recordar que el rechazo no es el final de la historia: la narrativa tanto individual y personal como colectiva es permeable a la posibilidad de transformación, y la comunidad debe volver a ser ese espacio donde las experiencias compartidas se convierten en una fuente de fortalezas, bajo la convicción real de que nadie está de más, nadie sobra, nadie molesta y nadie merece estar tirado al lado del camino.  Nadie quiere, ni Ud. ni yo, caro lector, ser recordado por nuestras aflicciones, sino por cómo hemos enfrentado el mundo y lidiado con nuestras cicatrices, transformándolas en símbolos de resistencia y no en signos de victimización constante.

Como habrán podido apreciar, esta invitación a la empatía real que trasciende los likes de redes sociales y a la acción comunitaria resuena más allá de una ficción de plataformas de streaming que nos insta a abandonar la consideración del “sálvese quien pueda por su cuenta” (modelo que nos está devastando cada vez más, a la vista está) y proceder a la consideración de que todos somos necesarios para la solución a nuestros propios desafíos puesto que sin aceptación mutua y sin celebración de nuestra humanidad compartida, sólo nos queda la nada, la devastación que no permite redención. Arendt lo señaló exquisitamente cuando asimiló la idea de “destrucción del mundo” a través de fenómenos como la alienación, la masificación y la pérdida de la esfera pública: la verdadera destrucción acaece cuando se socava la interacción social y se limita al extremo la acción pública mediante la reducción permanente de la diversidad de opiniones y actividades en el espacio comunitario. Está claro que la uniformidad, la despolitización y la pérdida del compromiso por lo común nos lleva a un empobrecimiento de las interacciones humanas (fíjese, amigo lector, con quién puede y de qué puede hablar, le dará escalofríos) que sólo puede darse como caldo de cultivo de un mundo en el cual, para unos pocos, es extremadamente rentable que casi la totalidad de las personas adoren la apatía y la inacción constante ante injusticias que lejos de causar pavor, entretienen.

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