Jesús Silva-Herzog Márquez*

La reunión de los fundadores de la Corriente Democrática es un buen recordatorio de que ese proceso que inició a fines de los años ochenta del siglo pasado produjo un cambio histórico. El cambio se asentó en nuevas reglas, en instituciones confiables, en alternancias y en un complejo mecanismo de controles. No imagino una reunión para celebrar acríticamente los frutos del “régimen de la transición”. Por el contrario, la trayectoria de Cuauhtémoc Cárdenas, de Ifigenia Martínez y de Porfirio Muñoz Ledo da cuenta de importantes y profundos desacuerdos con las políticas y los resultados del pluralismo en los últimos veinte años. Pero interpreto su aparición pública como un llamado de alarma frente a la pretensión de barrer con todo lo existente, a partir de la vanidad de que nada de lo anterior tiene mérito.

El nuevo régimen desconoce la transición. Le parece una farsa, un engaño. A su juicio no hubo tal cosa. Lo que hemos vivido desde la alternancia del 2000, no es más que cambio de camisetas para defender las mismas políticas ruinosas. Lo notable de esa lectura es que pasa por alto la profunda transformación que se ha vivido en el orden político. En muchos sentidos, la transición puede haber sido decepcionante y en algunos casos, incluso, contraproducente, pero no fue una mentira, ni fue un cambio superficial. La transición fue un hecho histórico. Desconocer su impacto en la experiencia de la ciudadanía, en la apertura del debate público, en la proliferación de contrapesos e instancias de neutralidad es cerrar los ojos a lo evidente. Es desconocer la naturaleza de los retos políticos que tenemos por delante. Insisto: reconocer la transición no es celebrarla como un acontecimiento precioso: es advertir que los problemas que enfrentamos derivan, precisamente de ella.

Pero el Presidente no conoce gratitudes ni está dispuesto a reconocer predecesores. No aquilata la contribución de la generación que le antecedió, no aprecia su contribución a la construcción del pluralismo. Andrés Manuel López Obrador se imagina como el fundador solitario de una democracia cuyo único antecedente fue el maderismo. La historia de lo inmediato que el oficialismo nos cuenta cotidianamente es el relato de un horror: el neoliberalismo. De ahí vienen todas las desgracias de la nación. En ese proyecto económico se comprime todo lo acontecido en los últimos años. De acuerdo a esta crónica, la política no ha sido más que el instrumento de los neoliberales para imponer su voluntad. No ha habido en los últimos años, por lo tanto, avance en el pluralismo, ni en la construcción de contrapoderes, ni ha habido avance en la defensa de los derechos. Con una visión que parece provenir de un marxismo muy pedestre, se ha insistido en que la política ha sido el títere de los intereses económicos. Los cambios institucionales que se sucedieron desde el fin del siglo XX no tienen importancia porque han sido, en realidad, engaños de las élites para decorar su imperio. Todas las elecciones, una mentira; todos los órganos del Estado, una farsa, todas las leyes, una artimaña de los poderosos.

La voz de los tres fundadores de la Corriente Democrática es por eso especialmente valiosa en estos días, porque fueron ellos, en buena medida, los arquitectos de una transición decepcionante. Subrayo las dos palabras porque la democratización fue un proceso real que transformó la representación política y el modo de ejercer el poder, porque sembró las semillas de una institucionalidad pluralista. Y también fue decepcionante porque esa transición no aprendió a negociar, no asentó ley, no garantizó paz. El lopezobradorismo pretende resolver los problemas de la transición con culto a la personalidad, destrucción institucional, y exigencias de lealtad ciega. Para defender las instituciones democráticas hay que impulsar su renovación, no su destrucción. Es necesaria la negociación, no la prédica. La experiencia de los impulsores de aquel cambio no es la voz de la nostalgia sino la de la exigencia crítica. Defender el orden constitucional cuando es amenazado desde la Presidencia de la República; apreciar el aporte de los órganos autónomos, exigir respeto a la prensa independiente, rechazar los caprichos del personalismo no es buscar el retorno a un tiempo que nunca fue dorado. Por eso parece más fresca y más certera la voz de los mayores que la de los restauradores.

  • Estudió Derecho en la UNAM y Ciencia Política en la Universidad de Columbia. Es profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado El antiguo régimen y la transición en México y La idiotez de lo perfecto. De sus columnas en la sección cultural de Reforma han aparecido dos cuadernos de Andar y ver. 
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