LINOTIPIA / Peniley Ramírez*

Hay hombres que no necesitan decir una palabra para que la mujer que está enfrente los obedezca. Hay mujeres que viven durante años con una pareja, o laboran con un jefe, y jamás le han dicho que no, aunque quisieran hacerlo y exponer sus razones. Millones de mujeres asumen la autocensura como normal. Se callan, antes de que alguien se los ordene, porque creen que su deber es escuchar, comprender e incluso justificar a quien las violenta.

Quienes han crecido en una cultura patriarcal suelen considerar extraño o incluso ofensivo que una mujer responda a un hombre con un simple: “no estoy de acuerdo”. Tradicionalmente esos disensos se han reducido a la intimidad. Es fácil hallar en la literatura escenas de mujeres aconsejando a sus maridos o discrepando, siempre en la alcoba, donde el honor del varón queda a salvo de habladurías que pongan en duda su masculinidad.

Mary Beard en su libro Mujeres y poder rescata una escena simbólica de la Odisea: Penélope silenciada por su hijo Telémaco. “Madre mía, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca. El discurso estará a cargo de los hombres”. Numerosos estudios sociológicos, antropológicos, históricos y periodísticos muestran cómo lo masculino se ha vinculado con lo público y lo femenino con la intimidad, el recato y el silencio. En el diccionario, “hombre público” es uno que “tiene presencia e influjo en la vida social” y “mujer pública” todavía significa “prostituta”.

En las últimas décadas cada vez más mujeres ocupan espacios en la política, el activismo, la prensa, la cultura, la ciencia. El cambio es sustancial, pero beneficia a una cifra reducida de mujeres, mientras millones aún viven en condiciones de opresión. Quienes tenemos un espacio público para escribir o hablar nos sentimos privilegiadas, aunque sabemos que ese privilegio también acarrea violencia.

Las mujeres que hablan públicamente asumen que las ofenderán, intentarán callarlas, les dirán que no entienden, que no sirven, que no son suficientes. Siempre hay un detalle que no tomaron en cuenta, algún contexto que no ponderaron, en estas verborreas ahora conocidas como mansplaining, descritas por la psicoanalista Robin Stern. El fondo de este debate es un prejuicio. Cuando un hombre y una mujer se enfrentan, el público suele esperar que alguien superior -el hombre- explique a alguien inferior -la mujer- lo que no ha entendido.

He escuchado distintas versiones de estas escenas en mi trabajo como periodista. Me lo contó hace años, en su pueblo, una abogada ikoots, la primera mujer que logró un puesto de representación en su comunidad. Una de sus batallas fue para ser escuchada por los hombres en las asambleas. Me lo han contado mujeres que denunciaron a sus jefes abusadores, otras que han enfrentado a sus colegas científicos, escritores, empresarios, las que suelen ser acalladas en las reuniones cuando los hombres hablan más alto y las ignoran. Me lo han dicho periodistas, que todos los días navegan en sus redes sociales entre miles de mensajes que no se refieren a sus ideas, sino al peligro que representa, en la visión del mundo de los violentadores virtuales, que osen expresarlas.

Los ataques se dirigen por igual a las que se oponen al gobierno y a las que lo apoyan. El escándalo posterior a un debate entre un hombre y una mujer suele incluir, sutil o directamente, un “cállate y regresa a la cocina”.

Estas batallas no son menores. Cada vez que una niña, o una adolescente, ve a otra mujer expresar sus ideas en un foro, puede mirarse y pensar: “mi lugar no es el silencio”. De eso se trata la representación pública; que una mujer se vea en otra hablando en una conferencia de prensa, en el Congreso, en la asamblea comunitaria, en una reunión familiar y sepa que una mujer pública es una “que influye en la vida social”. Es bueno para todas, y para todos, asumir que ese mensaje -más allá del morbo y la anécdota- importa.

@penileyramirez      

Peniley Ramírez es periodista de investigación y autora del libro Los millonarios de la guerra.

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