Juan Villoro*

La muerte de Maradona hizo que el mundo se inundara con un torrente mediático. Genial en la cancha, el 10 albiceleste cometió toda clase de tropelías fuera de ella y no tuvo empacho en reconocerlo. Su contradictoria personalidad lo convirtió en semidiós de la afición y pecador arrepentido. Aunque decidió su suerte, la sociedad del espectáculo, que estimuló sus caprichos y lo colmó de presiones, no fue ajena a sus despropósitos.

El aluvión de comentarios demuestra que todos son insuficientes.

En forma paradójica, lo indescriptible no admite el silencio. La inesperada noticia ayuda a entender la necesidad y el límite de las palabras.

Una de las mayores fuerzas retóricas del futbol lleva el nombre de Jorge Valdano. Campeón mundial con Argentina en 1986, entrenó con éxito al Tenerife y al Real Madrid, y fue director deportivo del equipo merengue. Testigo privilegiado de los hechos, también ha sabido comentarlos. Sorprendió a la comunidad intelectual al publicar un ensayo sobre el “miedo escénico” en la cancha y volvió a sorprenderla al escribir cuentos, artículos y libros en los que ha logrado resumir destinos en una frase. Describió al joven Guardiola como un entrenador con el balón en los pies; celebró a Butragueño como el inventor de la pausa en el futbol español y a Romario como un delantero de dibujos animados. Su habilidad lingüística se extiende a la oralidad; no es casual que Jorge Herralde, legendario fundador de Anagrama, haya dicho que Valdano habla “ya editado”.

Para explicar la importancia que en su vida tienen las palabras, el ex futbolista suele referir una anécdota. El lance decisivo de su carrera ocurrió en el Estadio Azteca, cuando Argentina enfrentó a Alemania en la final de 1986. Bajo el quemante sol de México, Valdano anotó uno de los tres goles que dieron el triunfo a su país. Pensó que eso lo haría feliz, no sólo en ese instante, sino de ahí en adelante, atesorando el momento como una reserva de la dicha. Ante cualquier dificultad, podría acudir a ese capital simbólico, el día en que todo fue perfecto y un equipo justificó la ilusión de su gente.

De manera lógica, creyó que lloraría cuando el árbitro pitara el final del juego y él se abrazara con sus compañeros. Pero la adrenalina pudo más que las lágrimas y la tensión más que el sentimiento. Al llegar al vestidor, buscó un gabinete para estar a solas y trató, propositivamente, de dar rienda suelta a la emoción. Pero sólo los discípulos del Actor’s Studio lloran a voluntad.

Valdano conservó la sorpresa de haber sido parco ante la gloria hasta que muchos años después regresó de otro modo a esa jugada. La escena ocurrió en Madrid, donde vive desde hace años. Su hermano le envía desde Argentina grabaciones de todo tipo que él escucha para matar el tedio cuando corre en un parque. Sin saberlo, una mañana llevó consigo la narración de la final entre Argentina y Alemania. Escuchó lo sucedido con el asombro del testigo que poco a poco se transforma en algo más raro: el asombro del protagonista. Valdano tenía una demorada cita con la emoción. Sólo al oír el relato sintió la fuerza de lo ocurrido. Lo que no afloró en el campo ni en el vestidor, llegó con la voz que contaba con la urgencia del presente un partido ya lejano. Entregado a la narración, dejó de correr y cedió al llanto.

La anécdota resulta esencial para entender la forma en que el lenguaje redefine la realidad. De manera elocuente, Valdano la ha usado como divisa para explicar el poderío de las palabras en una actividad que depende de los pies.

Quienes lo admiramos y lo hemos visto encontrar una y otra vez, en público y en privado, una expresión certera con la engañosa sencillez de quien da un pase de gol, no imaginábamos que algo pudiera dejarlo sin palabras. También ésa era una cita demorada.

Ante la muerte de Maradona, la televisión española le pidió un comentario. Valdano empezó a hablar con su conocida cadencia hasta que evocó la felicidad de los recuerdos; al pensar en esa dicha sucumbió a la tristeza de haberla perdido; se interrumpió y lloró de un modo estoico, sin limpiarse las lágrimas ni tratar de recuperar la voz, expresando con su silencio lo que no podía ser dicho.

Como el recuerdo y el olvido, las dos escenas tal vez sean la misma.

Sentimos la vida al ser narrada, callamos al ser narrados por la vida.      

  • Ha obtenido el Premio Herralde por su novela El testigo, el Internacional de Periodismo Vázquez Montalbán por su libro sobre futbol Dios es redondo y el Iberoamericano José Donoso por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en la UNAM, Yale, Princeton y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Entre sus libros para niños destaca El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica. 
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