Salvador Muñoz

¿Cuál es la imagen que guarda en estos momentos el Ejército mexicano ante la percepción social?

Si recordamos los recientes datos con relación a Ayotzinapa, está dentro del rango de “asesino”.

Si recordamos los señalamientos que hay en su contra por diversos sectores entre ellos los feministas, es “Espía”.

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Si recordamos que fue víctima de Hackeo la que se supone es la Institución más fuerte en el país después del Presidente, califica como “endeble”…

El hackeo por cierto, expuso a un Ejército donde el abuso sexual y el miedo a denunciar es el infierno para las militares…

Y si rematamos (verbo incómodo) con el “2 de Octubre no se olvida” de este pasado domingo donde por enésima ocasión se recuerda el papel del Ejército, pues como que queda mal parado.

Hay más casos, como el video donde se ve a militares asfixiando a una mujer en lo que se supone era un caso de secuestradores; o la matanza en Tlatlaya; los niños de Ostula, Michoacán; o en Puebla, el tiro de gracia a un presunto delincuente en Palmarito…

La imagen del Ejército en las calles tiene un mal sabor para quienes les tocó vivir ese octubre así como para quienes han seguido paso a paso, en nuestros días, el caso de los 43 de Ayotzinapa.

Hasta cierto punto, y hasta estas líneas, creo que la animadversión que se puede tener para con el Ejército está “mal distribuida”. Le explico mi opinión al respecto:

Si un soldado se mueve, lo hace bajo el cumplimiento de una orden so pena de que si no ejecuta tal, es sancionado o de acuerdo a la circunstancia, hasta juzgado en una Corte Marcial.

Por cierto, la Desobediencia es el segundo delito más cometido en el orden militar sólo superado por la Deserción.

Hay una cadena de mando que puede iniciar desde un Cadete, Soldado, Cabo, Sargentos, Tenientes, etcétera, hasta acabar con General y por supuesto, los dos eslabones más fuertes, el secretario de la Defensa Nacional y el Primer Comandante.

De un modo u otro, en los hechos más trágicos en los que ha participado el Ejército Mexicano, la lógica te dice que tanto el secretario de la Defensa como el Primer Comandante, no sólo estaban enterados, sino que quizás la orden de ejecución (es decir, de actuar), se desprendió de ellos… Recordemos a dos Primeros Comandantes: Díaz Ordaz y Enrique Peña Nieto.

Del primero, pues la historia se encarga de enjuiciarlo cada vez que tiene oportunidad… del segundo, el Presidente López Obrador aparenta querer pero es más su no poder porque a cada intento de señalar al hijo pródigo del Grupo Atlacomulco, le surge un revés, como el reciente al exponer a su brazo derecho, al más leal de sus soldados, poner en tela de juicio sus servicios para con la nación y todavía mofarse de él con “El Ejército no me quiere”…

A lo mejor el Presidente no entiende la magnitud de ser el Primer Comandante de un Ejército que requiere de un líder y no un payaso que además de burlarse de ellos, sea capaz de no reconocer su servicio incondicional… lo mismo le ha de ocurrir al secretario de Defensa, Luis Crescencio Sandoval González, quien es el puente entre la Tropa y el Primer Comandante, quien en una o dos o más ocasiones, pinta más como vasallo que como secretario…

Hoy, el Ejército tiene un estigma ganado a pulso que lo aleja de las calles… un estigma que de cierto modo su Primer Comandante, ayer y hoy, originó, generó, provocó… uno, por exceso de mando; otro, porque al parecer entró a un universo donde no alcanza a dimensionar “los valores institucionales” de un Ejército que se muere en la raya por su Presidente… si el Presidente se muere en la raya con ellos…

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