Denise Dresser*

100,000 fallecidos por Covid-19 según las cifras oficiales. 100,000 historias, nombres, lutos, familias destrozadas, afectos añorados. 100,000 mexicanos que faltan y cuya ausencia el gobierno insiste en minimizar mientras muchos siguen su pauta, culpando a la corrupción del pasado, sin entender los desaciertos del presente. López Obrador ha logrado colocar la culpa de los fallecimientos sobre los hombros de sus predecesores, de los obesos, de los diabéticos, de los consumidores de comida chatarra, de los que siguen haciendo fiestas, contagiándose y muriéndose. Ha logrado eludir la responsabilidad de contención y actuación que le corresponde sin perder popularidad política. Y quienes lo siguen acríticamente le conceden una amnistía intelectual que lo protege incluso del pésimo manejo de la pandemia. No ha pagado altos costos, no ha enfrentado grandes reclamos. México le ha dado permiso a la 4T para dejar de liderar, reaccionar y corregir. Hoy el gobierno cuenta con la aquiescencia para mirar morir.

Mientras la ONU lamenta el récord atroz, mientras la prensa internacional consigna -en reportaje tras reportaje- la indolencia de la autoridad, mientras el número de contagios y fallecimientos acumulados no ha dejado de crecer, mientras se mantiene abierta la Basílica cuando la evidencia exige impedir las congregaciones masivas, el Presidente distrae, el subsecretario de Salud cantinflea, y el encargado de Comunicación Social encabeza peroratas contra la prensa y contra la oposición. La “nueva normalidad” se ha vuelto sinónimo de una trágica impasibilidad. En la mañanera no se muestra solidaridad sino sorna; no se comparte compasión, se rutiniza la crueldad. Pero lo sorprendente es cómo y por qué el Presidente ha logrado que tantos cierren los ojos, ignoren los datos, descalifiquen la evidencia y estén dispuestos a seguirlo plácidamente al matadero.

La narrativa lopezobradorista y sus tácticas están produciendo una realidad alterna en la cual AMLO es percibido como la única fuente confiable. El faro de la verdad en medio de la “prensa sicaria”, los conservadores corruptos, la oposición “moralmente derrotada”, los doctores adinerados, los periódicos de las potencias postcoloniales, los medios y su “dramatismo”. Para la pandemia, también hay una postverdad presidencial, y es una profundamente neoliberal.

Los amloístas se han vuelto thatcherianos y reaganianos. No creen en la responsabilidad del Estado sino en la responsabilidad individual. No reclaman una intervención izquierdista; justifican un encogimiento derechista. No critican la ausencia de pruebas o de instrucciones coherentes. No demandan un mandato federal sobre el uso del cubrebocas en todo espacio público. No se preocupan por la falta de recursos etiquetados en el presupuesto 2021 para la vacuna. No reprueban que quienes más padecen los estragos letales, laborales y humanos de la crisis son los más pobres, porque creen -equivocadamente- en la suficiencia de los programas sociales. El escenario actual debería provocar indignación entre quienes se dicen de izquierda pero no actúan como tales. El lopezobradorismo más bien se asemeja al darwinismo, avalado por quienes admiten políticas públicas que literalmente están matando a miles.

El Estado abdica a su papel, y gran parte de la población lo celebra, poniendo entre paréntesis el uso de la razón. Aplaude al líder renegado, antielitista, que establece una fe dogmática en el “vamos bien” aunque no sea así. AMLO ofrece acceso a una verdad que nadie más posee. En contraste con los “zopilotes que se regodean con la muerte”, el Presidente promete un escapismo mágico, y psicológicamente atrayente; le dice a los mexicanos lo que desean oír. Que México es un país fuerte y resiliente. Que la familia tradicional nos salvará. Que todos tendrán acceso a una vacuna muy pronto. Que el Covid-19 no es tan serio ni tan grave, y por ello él mismo no usa o exige el uso del cubrebocas “autoritario”. Que el riesgo verdadero no es el coronavirus sino el conservadurismo. Como cualquier curandero competente, reparte promesas míticas ante realidades complejas, y lo que dice se vuelve verdad sólo porque él lo afirma. Así López Obrador alivia la carga de razonar y contrastar y pensar. Basta con creer. Basta con repetir dichos disparatados aunque eso lleve a México a mirar morir, mientras aplaude a sus verdugos.      

  • Denise Dresser es politóloga, escritora, columnista y activista. Coordinó el libro “Gritos y Susurros: Experiencias Intempestivas de Mujeres”. Ganó el Premio Nacional de Periodismo en 2010. Su último libro es “El País de Uno. Reflexiones para entender y cambiar a México”. 
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