Agustín Basilio de la Vega

Mi padre era un gran aficionado al futbol. Recuerdo desde niño las visitas del padre Luis Castillo cada domingo a la casa, para ver en la televisión en blanco y negro, el segundo tiempo de los juegos de la liga mexicana, ya que mi padrino oficiaba misa a las 12:00 en la Parroquia del Sagrado Corazón.

Sabían los nombres de todos los equipos de primera división y muchos nombres de los jugadores de la mayoría de los mismos clubes. Entre pláticas de política, economía, de la situación de la iglesia, celebraban las jugadas más importantes y desde luego los goles. 

Cuando se realizaba un mundial, y el horario de las trasmisiones por televisión abierta coincidan con los compromisos del padre Castillo, la cosa se ponía mejor pues se incluían en las conversaciones domingueras muchas anécdotas e historias de los países que se enfrentaban. Creo que el haberlos acompañado a esas tertulias futboleras me hizo comprender, desde temprana edad, la importancia de la libertad que gozan las democracias occidentales en la felicidad y desarrollo de sus pueblos.

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Volviendo al futbol, el campeonato mundial se realiza cada cuatro años desde 1930. Sólo se han suspendido dos eventos, el de 1942 y el de 1946 por causa de la segunda Guerra Mundial. Mi papá tuvo la suerte de estar en el de Italia en 1934 y vio algún partido allá en Roma como seminarista.  Mi padrino fue después de la guerra a estudiar a la ciudad eterna y se aficionó a fut y al basquetbol como casi todos los estudiantes del seminario. 

El Mundial de Catar es diferente a los demás en muchos aspectos. Entre otras cosas, parece que ha decaído el interés general por este deporte ante tantas opciones nuevas y distractores. Por un lado, la tecnología hace que muchos niños y jóvenes queden atrapados en el mundo virtual de los teléfonos celulares y computadoras y, por el otro, la inseguridad y falta de espacios deportivos en países como México hace difícil que los niños acudan a jugar como antes.

No obstante, Catar es un ejemplo de la mundialización de este deporte. Por primera vez un país árabe organiza un mundial pues durante décadas se alternaban la sede los países europeos y los americanos. Ante las críticas vertidas a la cultura de ese país, hay que decir que es uno de los más abiertos al mundo.

Llama poderosamente la atención que 4 de cada 5 habitantes de Catar sea extranjero gracias a las múltiples oportunidades de trabajo. La infraestructura de ese Emirato es producto de muchos técnicos y trabajadores llegados de todo el mundo. Probablemente esta sede sea una de las que mejor representa el esfuerzo de talentos de nuestro planeta para hacer realidad un evento global.

El próximo campeonato se realizará en Canadá, Estados Unidos y México en el 2026. Ojalá para entonces esté consolidada la región y demos ejemplo de unidad de valores y cultura democrática y no sólo de unidad económica. También esperamos que haya terminado la guerra en Ucrania. No hay países perfectos y todos tenemos una tarea que hacer para mejorar el mundo. Mientras, veamos lo positivo de Catar y del futbol.   

Twitter        @basiliodelavega          

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