MURIÓ FERNANDO DEL PASO, EL RABELAIS MEXICANO

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Luis Gastelum

“Ha nacido un nuevo Rabelais” que “posee una erudición grotesca, macabra y dionisiaca”. Así calificaban L’Express y Le Monde a Fernando del Paso cuando en 1977 fue traducida al francés su novela Palinuro de México, de la que Liberation decía: “Los Ulises de Homero y Joyce son como parientes cercanos de este inmenso poema sobre el amor, la muerte y el cuerpo humano”. Treinta años después, La Feria Internacional del Libro de Guadalajara lo reconoce con el Premio de Literatura que hasta entonces ostentó el nombre de Juan Rulfo y luego transitó en una querella legal más cercana a los intereses personales que a los literarios: “Yo acepto este premio con el nombre original: Premio de Literatura Juan Rulfo. Que se haya convocado con otro nombre no es mi asunto ni creo que haya nadie, ningún abogado por ahí que me diga: ‘oiga, usted no puede decir eso’. No creo que nadie se atreva a decirlo. Ahora, si hay alguien aquí que quiera decir algo, pues que lo diga o se calle para siempre”, dijo Del Paso en una conferencia de prensa en la víspera de la premiación en Guadalajar, lugar de residencia de la FIL. El autor de José Trigo abundó entonces en su descontento por el retiro del nombre del autor de Pedro Páramo al Premio: “Pues en realidad esa decisión obedece a que se dieron quince con ese nombre. El de Carlos Monsiváis (2006) y el mío ya no lo tienen. O sea, se instituyó con ese Premio, todo el mundo lo aprobó, y conste que en todo el mundo incluyo a la familia Rulfo, a su viuda y a sus hijos. En catorce años nunca dijeron nada, nunca hubo una protesta, nunca nada. Yo quiero mucho a Clarita Rulfo (viuda de Juan), la conocí hace muchos años porque de todos los premiados con este galardón, a excepción de Juan José Arreola, yo he sido probablemente el más amigo de Juan Rulfo, el que más lo conocí, a él y a sus hijos desde muy pequeños, les tengo cariño, pero eso no obsta para que a mí me parezca de pronto muy absurdo que a los catorce años se den cuenta de que este premio no quieren que se llame así, que se use su nombre. Bueno, eso lo pudieron haber dicho antes de que se usara, o en todo caso el primer año, la primera vez si les hubiera tomado por sorpresa. Yo creo que eso se consultó con la familia Rulfo, eso se les dijo antes y si no se les hubiera dicho la primera vez era cuando debieron haber protestado. Pero catorce años después no tiene absolutamente ningún sentido. El criterio para premiar a alguien se le deja al jurado, el jurado es el responsable de a quién premia y a quién deja de premiar, el criterio no lo debe ejercer ni el público, ni la familia Rulfo, ni los no premiados ni nadie. Solamente en pláticas de familia, pero esto se volvió un asunto público sumamente penoso. Yo creo que este premio se lleva, se sigue llamando Juan Rulfo, se llamó Juan Rulfo el año pasado, aplicando los usos y costumbres, no tanto las leyes como usos y costumbres”. En una entrevista abierta, realizada por la profesora e investigadora Beatriz Pastor, miembro del jurado del Premio FIL de Literatura (“Es uno de los escritores más representativos de la literatura contemporánea de la lengua española. Su obra narrativa se ha caracterizado por un creativo trabajo de investigación al mismo tiempo que ha sabido forjar nuevas formas narrativas y experimentar con múltiples recursos literarios… Es una obra monumental en la que convergen los modelos literarios de Juan Rulfo y Juan José Arreola y que dialoga con la gran tradición de la novela histórica-latinoamericana”), Del Paso llegó en una silla de ruedas y ante el asombro de los periodistas y del público asistente que participaron en la plática, expresó: “Primero que nada quisiera aclarar que puedo caminar, que no estoy lisiado, pero que me encuentro entre dos operaciones. Que me iban a operar el día de hoy como complemento a la operación de hace quince días y, se traspasó para mañana. Así que me verán en poco tiempo andando”. Una vez hechas las aclaraciones del caso, el autor de Noticias del Imperio prosiguió con su opinión sobre su designación: “Una cosa que yo he dicho siempre es que hay más buenos escritores que buenos premios, y eso es un hecho. De modo que cada vez que se premia a un escritor que lo merece según el jurado, pues se deja de premiar a muchos otros escritores que también merecerían ese punto de vista no solamente de ellos, sino de otros jurados o del mismo jurado. Yo he sido jurado en varias ocasiones y sé lo difícil que es elegir a veces entre los finalistas de un concurso. De modo que yo soy la última persona que puede decir si lo merezco o no merezco este premio. Y eso siempre da como un poco de vergüenza o mucha vergüenza, sin embargo me la aguanto”. Y en las confesiones del proceso creativo, Del Paso dijo: “Nunca he escrito nada de lo que me haya arrepentido, ni en novela ni en periodismo. En periodismo dije muchas cosas que no diría ahora, pero eso es otra cosa, ese fue otro Fernando del Paso el que las dijo, tenía yo otra edad, otra forma de pensar, que no he cambiado, sino que los tiempos cambian y todo cambia. Respecto a mi obra yo creo que José Trigo sigue siendo una novela casi inaccesible, una novela sumamente espesa, pero yo me doy a mí mismo una disculpa: estaba con una enfermedad de la que puedo yo hablar ahora: se me diagnosticó cáncer a los 27 años y yo pensé, bueno, pues que iba vivir dos o tres años más y yo creo que quise imbuir en esa novela, es un gran embutido todo lo que pude, todo lo que podía y todas las palabras que conocía, las que iba aprendiendo y las que pescaba en el diccionario, pero no me arrepiento de haberla escrito. Palinuro de México es mi obra favorita, tiene un gran contenido autobiográfico, aunque recreado, sumamente recreado. Se pueden identificar algunos personajes de mi infancia suficientemente recreados como para que si resucitara alguno de ellos no se ofendiera mucho. En cuanto a Noticias del Imperio, bueno fue un libro que yo tuve en proyecto como unos 20 años, antes de comenzarlo a escribir realmente. Desde muy niño supe que habíamos tenido aquí un emperador rubio, austriaco, al que nos habíamos ‘echado’, como decimos aquí, en el Cerro de las Campanas, y una emperatriz a la que llamaban Mamá Carlota, que se había vuelto loca. Desde esa edad yo quise saber más de eso y durante todos los años que trabajé en José Trigoy en Palinuro pensé en Noticias del Imperio. Ya cuando llegué a Londres, donde viví catorce años, y fui lector no solamente de la Biblioteca del Museo Británico, sino también de The London Library, que es una biblioteca privada absolutamente maravillosa, me di cuenta de que yo quería escribir eso, además por obvias razones, no sólo por lo exótico del tema, por lo surrealista, por lo macabro, sino por otras muchas razones más profundas, se convirtió un poco en una novela imperialista, en una novela de protesta, y bueno, no sé qué más puedo decir en este momento de Noticias del Imperio pero sí que la cita que está al principio del libro, que se atribuye a Malebranche, pero también a otros autores, y que es ‘la imaginación, la loca de la casa’, esa frase la hice reencarnar en Carlota, y a final de cuentas tiene la voz más lúcida, del enorme número de voces que aparecen en la novela y que me dio el pretexto precisamente para soltar la imaginación, para darle la vida, dejarla correr al galope, pero al mismo tiempo siendo portador de la historia. No me arrepiento tampoco de Noticias del Imperio, para nada”. Y en un afán de dictar cátedra, Del Paso habló sobre la verdad y la mentira de la literatura, los límites entre realidad y ficción: “Yo no creo que se pueda juzgar a la literatura en términos de verdad o de mentira. Vargas Llosa dijo alguna vez que la literatura era mentira, yo no estoy de acuerdo con eso. La literatura es un mundo convencional. Cuando un lector abre una novela, se coloca en una actitud muy especial: en la de creer lo que le va a contar el autor. Pero creer ¿en qué sentido?, es decir, él sabe que eso no fue verdad, en el sentido de que no tuvo lugar, eso no sucedió, son personajes, situaciones, paisajes, etcétera, inventados por el novelista, a partir de elementos de la realidad, claro. Sin embargo al lector le interesa, pero no se plantea a cada página: ‘¡Ah!, esto no es verdad’. Si lo hiciera, no resultaría el libro. Por eso hay gente a la que no le gustan las novelas, porque no les entretienen las cosas que no son verdad, verdad entre comillas. Pero si usted hace una novela interesante y al final de la novela le dice al lector, sabes que esto no es verdad, todo lo que te he contado no es cierto, el lector arroja el libro furioso. No se puede romper ese encanto, el autor no tiene derecho a romper esa magia que el mismo está creando, que él pide que se crea. Uno se sumerge en otro mundo cuya vigencia perdura no sólo cuando está abierto el libro que estamos leyendo, sino también cuando está cerrado, cuando lo recuerda uno, cuando vuelve uno a vivir el libro. ¿Qué es la verdad y qué la mentira?, ¿Hamlet lo es? Eso no lo entiendo, ¿Pedro Páramo es mentira porque no fue verdad? No es ni mentira ni es verdad, es literatura. Ahora en una novela como Noticias del Imperio, hay lugar para discutir otras cosas: qué es la verdad histórica y qué no es la verdad histórica. La verdad histórica no es que el coronel Dupin haya torturado a nadie con estrellitas y con exvotos que le prendió al cuerpo y luego los arrancó, eso no es verdad, nunca sucedió. La verdad es que él torturaba de una manera espantosa a los presos que caían en sus manos y los mataba de formas distintas. No es verdad que mató a nadie con una flecha en el corazón pero sí es verdad que mató a otros presos de 15 maneras distintas, pero eso no quiere decir que ese capítulo sea una mentira, no, es una recreación de la verdad”. Con relación a que los literatos lo saben todo, el también poeta, dramaturgo y cuentista señaló: “Cada vez que se amplía el mundo del conocimiento, sabemos que sabemos menos. No sabemos cada vez más, como sucedía antes. Humboldt creo que fue el último renacentista, todo hombre podía saber más cada día en relación a los conocimientos universales. Ahora, sabemos cada vez menos, cada segundo sabemos menos”. Tal vez la sinceridad de Fernando del Paso radica en la propia respuesta que dio cuando le pidieron que explicara sus largos periodos de abstinencia literaria entre una novela y otra –entre el 1966 de José Trigoy el 1977 de Palinuro de México, entre el 1987 de Noticias del Imperio y el 1995 de Linda. Historia de un crimen y hasta este 2018, cuando presentaría en la FIL de Guadalajara su nueva novela La muerte se va a Granada, publicada por el Fondo de Cultura Económica, y participaría en el homenaje a Juan José Arreola en su centenario y en el Premio Sor Juana Inés de la Cruz a Margo Glantz–: “La libertad del silencio es un deber moral del escritor: callarse cuando no tiene nada que decir”. En 2016, al recibir el Premio Cervantes, Fernando del Paso censuró durante su discurso “el principio de un estado totalitario” que se estaba consolidando en México (“Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar, continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, lo abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza”, dijo y aprovechó ese foro internacional de la Universidad de Alcalá de Henares y antes los Reyes de España para denunciar “a los cuatro vientos” la aprobación de leyes opresoras que habilitan a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas) y contó una historia: “Hace mucho tiempo el joven poeta mexicano tabasqueño, José Carlos Becerra, obtuvo una beca Guggenheim y con ella se fue a Londres con el propósito de comprar un automóvil con el cual recorrer toda Europa. Una madrugada, camino a Bríndisi, en Italia, no se sabe qué sucedió: tal vez se quedó dormido al volante, el caso es que se desbarrancó y se mató. Yo llegué también con mi beca Guggenheim a Londres pocos meses después y me alojé en la casa del mismo amigo mutuo, Alberto Díaz Lastra, en donde él se había alojado. Allí, José Carlos olvidó una camisa que yo heredé. Desde entonces, cada vez que yo sentía pereza de escribir, desánimo o escepticismo, me ponía la camisa y comenzaba a trabajar. Consideré que yo tenía un deber hacia aquellos artistas, hombres y mujeres, cuya muerte prematura les impidió decir lo que tenían que decir. Por eso esa camisa tiene tanta importancia en mi vida. Depositarla en la Caja de las Letras no significa que no vuelva yo a escribir: la magnificencia e importancia del Premio de Literatura Española Cervantes, me obliga moralmente a hacerlo y así lo haré: me pondré la camisa, así sea metafóricamente, una y otra vez, hasta que se acabe, no la camisa, sino mi vida”. Este miércoles 14 de noviembre, Fernando del Paso, el enfermizo escritor (“La lucha más prolongada que he sostenido en la vida ha sido contra mi propia salud. Desde que era muy peque y me operaron de algo que se llama ‘adenoides’ hasta el momento actual, en que supero las secuelas, largas y dolorosas, de dos series de infartos al cerebro de carácter isquémico, he estado cuando menos quince veces en el quirófano: por una apendicitis, por dos hernias, dos tumores benignos, un desgarre en el corazón, un stent en la arteria femoral superficial de la pierna derecha, otro en la arteria coronaria izquierda, dos oclusiones intestinales y entre otras cosas dos operaciones de las que llaman ‘a corazón abierto’. Además de recurrentes ataques de gota y una fractura del tobillo derecho”) nacido en la ciudad de México un primero de abril de 1935, falleció a los 83 años con la camisa puesta.

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