Jorge Volpi*

Una obra pensada para dialogar con los prejuicios y miedos de hoy no puede escapar a los temores de quienes la presencian

El verde. Si un color prevalece en Nuevo Orden, la película de Michel Franco ganadora del León de Plata en el Festival de Venecia, es el verde. El verde que los manifestantes escogen como insignia de su protesta. El verde que entinta el agua. El verde que explota en el parabrisas de su protagonista. El verde de los coches y los uniformes del Ejército. Y el verde que ondea en las gigantescas banderas colocadas en distintas zonas de la ciudad. Y es justo ese color el que ha generado tanta incomodidad: de un lado, quienes ven en el verde de los revoltosos un guiño a la ola verde argentina y, en general, a los pañuelos usados por las feministas para conseguir el aborto legal; y, del otro, el verde olivo que encarna el poder militar.

Nuevo Orden es, qué duda cabe, una película incómoda, y acaso ésta sea su mayor virtud. Hay quienes, desde el equívoco tráiler -apoyado en el desatino del director en una conferencia de prensa- han querido verla como un alegato racista, una demonización de la protesta o una paranoica llamada a mantener el statu quo y quienes, por el contrario, la consideran una valerosa diatriba contra la desigualdad y la militarización. Poco importa cuál haya sido la voluntad de Franco: una obra pensada para dialogar con los prejuicios y miedos de nuestra época -no otra cosa es una distopía- no puede escapar a los temores de quienes la presencian.

La pregunta es si se trata de una obra conservadora, que al radicalizar el rencor social de las clases más desfavorecidas, convirtiendo a sus miembros en asesinos y saqueadores de quienes durante años los han explotado -hordas que recuerdan el terror revolucionario francés-, les achaca toda la responsabilidad de la contrarrevolución posterior -más brutal aún-, o si es una pieza radical cuyo énfasis radica en exhibir la desigualdad preservada por la aristocracia mexicana y en señalar los peligros de concederle cada vez más influencia al estamento castrense. O si en realidad es una insólita mezcla de ambas, derivada de las incertidumbres de su creador.

Como fuere, Nuevo Orden pone en escena un México posible que confirma el México actual. En su primera parte, la boda de Mariana, hija de una rica familia con innumerables conexiones políticas, pone en escena la corrupción, el clasismo, el racismo y el machismo inherentes a nuestra sociedad con pinceladas tan sutiles como efectivas, que van de la infantilización de la propia Mariana a manos de sus padres y de su esposo al desdén con que los invitados festejan mientras el país arde en llamas -un poco al modo de la frase falsamente atribuida a María Antonieta: “si no tienen pan, que coman brioches”.

A la condensación de todos los males de la alta burguesía le sigue la explosión de la violencia: ciega, brutal, sin misericordia, como suelen ser las revoluciones. Los siervos se levantan incluso contra aquellos amos que se jactaban de tratarlos humanamente, e incluso Mariana, la única capaz de sentir empatía hacia los desfavorecidos -encarnados en la figura de un antiguo trabajador que solicita un préstamo para atender a su esposa enferma-, será víctima natural de la barbarie.

Más allá de que se considere que la película juzga con más severidad a las élites o a los desfavorecidos, el gran villano termina siendo el Ejército, el cual se aprovecha de la inestabilidad para acrecentar su corrupción y su poder. Un alegato que no podía resultar más necesario y que quizás unificaría a quienes critican Nuevo Orden desde ambos lados: aunque haya sido escrita y filmada mucho antes del arresto del general Cienfuegos, confirma los temores frente a la creciente militarización del país, desatada por Calderón, mantenida por Peña Nieto y ampliada por López Obrador.

Nuevo Orden funciona, aquí sí, como confirmación y advertencia: la omnipresencia del verde olivo en la Guardia Nacional, en los aeropuertos, trenes y puertos es una señal profundamente ominosa. En campaña, López Obrador pidió el regreso del Ejército a sus cuarteles: ojalá Nuevo Orden nos anime a exigírselo ahora.

@jvolpi       

  • México (1968). Es autor de la novelas En busca de Klingsor, El fin de la locura, No será la Tierra, El jardín devastado, Oscuro bosque oscuro y La tejedora de sombras. Y de ensayos como Mentiras contagiosas, El insomnio de Bolívar y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Sus libros han sido traducidos a 25 idiomas. En 2014 se publicará su novela Memorial del engaño.
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