Jorge Volpi*

¿México cuenta acaso ya con un plan claro, tanto económico como ético y político?

Si la pandemia de Covid-19 ha sido una novela -una novela de terror-, el anuncio sobre los progresos de distintas vacunas nos lanza, al menos en teoría, hacia su desenlace. Solo que, como en cualquier historia de suspenso, los mayores sobresaltos ocurren siempre cerca del final. Las noticias recientes de la última fase de experimentación de Moderna, Pfizer y AstraZeneca, y las que pronto vendrán de CanSino o Gamaleya -ambas ya aprobadas para uso limitado en China y Rusia-, y las que se sumen, como Sinopharm o Johnson & Johnson, nos lanzan a un escenario esperanzador que, sin embargo, aún no puede dejarnos tranquilos.

Las particularidades de cada vacuna impiden imaginar una rápida vacunación general: la de Pfizer-BioNTech debe ser almacenada a menos 70 grados centígrados, un desafío para cualquier país y más, por supuesto, para aquellos en vías de desarrollo: López-Gatell ya ha revelado su escepticismo para México; por su parte, los primeros resultados de AstraZeneca-Universidad de Oxford, con quien nuestro país sí tiene un convenio sólido gracias a la Fundación Slim, han debido ser revisados ante disparidades en dos cadenas distintas de pruebas. En este contexto, la de Moderna parece, por ahora, la más prometedora, pues debe ser almacenada a menos 20 grados centígrados y puede aguantar temperaturas de hasta 8 grados por 30 días.

La carrera es tanto científica como política y económica y recuerda otras del pasado: la competencia entre Alemania y Estados Unidos por la bomba atómica, la trabada entre Estados Unidos y la Unión Soviética por el control del espacio o, más recientemente, la que enfrentó al Proyecto Genoma Humano con Craig Venter, de Celera Genomics, hasta su eventual fusión: el éxito significará millones de dólares para compañías privadas que, en su mayoría, cotizan en Bolsa. Estas semanas ya han visto las primeras sacudidas accionarias de Moderna -uno de cuyos directivos, Moncef Slaoui, se convirtió en el encargado del equipo de Donald Trump para acelerar la producción de vacunas-, AstraZeneca y Pfizer, y la tensión entre China, Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea no hará sino recrudecerse.

Igual de complejo será adivinar cuándo los distintos laboratorios estarán en condiciones de distribuir la vacuna a todo el orbe y cuándo recuperaremos la normalidad previa a la pandemia -o al menos una más cercana a la vieja normalidad que a esta nueva llena de restricciones y cuidados-. Como fuere, la pandemia ha exacerbado la desigualdad en todos los órdenes, tanto nacionales como individuales: la producción y distribución de las vacunas de seguro mantendrá esta lógica.

¿Cómo se empezará a inocular y a quiénes? A las respuestas éticas y sanitarias se ligarán, otra vez, aquellas ligadas con el poder y con el dinero. Distintos países, entre ellos el nuestro, se han empeñado en firmar acuerdos con varios laboratorios en espera de contar con grandes dosis a la brevedad posible, pero la apuesta todavía es incierta. Y, aun así, no habrá capacidad para vacunar al planeta entero de manera simultánea, de modo que volveremos a enfrentarnos a una carrera, en esta ocasión por definir quiénes serán sus primeros beneficiarios.

¿Cuál sería una primacía adecuada? Pocos dudan de que los médicos y el personal sanitario deberían ocupar los primeros lugares, pero a partir de ahí nada es tan claro. Frente a quienes insisten en continuar con las personas que sufren de comorbilidades, hay quien piensa que sería mucho más eficaz vacunar a aquellos que, por su condición social y laboral, están obligados a salir de sus casas, a tomar transporte público o a atender a muchas personas: en otras palabras, los más desfavorecidos. Ni qué dudar que los más ricos, por su parte, harán lo que sea para vacunarse cuanto antes.

¿Cómo organizarán los gobiernos este orden? ¿México cuenta acaso ya con un plan claro, tanto económico como ético y político? Si a ello sumamos a los escépticos, quienes no están dispuestos a vacunarse en ningún caso, todo indica que, como en toda película de terror, antes de llegar al final todavía nos quedan por delante largos meses de angustia.

@jvolpi       

  • México (1968). Es autor de la novelas En busca de Klingsor, El fin de la locura, No será la Tierra, El jardín devastado, Oscuro bosque oscuro y La tejedora de sombras. Y de ensayos como Mentiras contagiosas, El insomnio de Bolívar y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Sus libros han sido traducidos a 25 idiomas. En 2014 se publicará su novela Memorial del engaño.
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