René Delgado*

Los políticos no saben, no pueden o no quieren hacer política. Así, en la negación de su razón de ser, arrastran al país a la confrontación y el desencuentro. A sabiendas de la consecuencia, han declarado a la política en fase terminal sin advertir cómo, poco a poco, el malestar y la desesperación social de distinta índole recobran fuerza.

Quieren poder o tener y, si no, al menos figurar o asegurar un monumento, así sea la mojonera de su fracaso. Pretenden eso, no hacer política -negociar y acordar un proyecto nacional compartido- y conjurar el peligro de la frustración o el desbordamiento violento. ¡Aviéntate!, parece la proclama.

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De más en más, los políticos incurren en dislates y despistes. No gobiernan la confusión, la confusión los gobierna. Es el único gobierno con identidad. Olvidos, errores o descuidos los toman por sorpresa.

A dirigentes y legisladores los tienen pasmados las elecciones del año entrante, comicios con ingrediente local, pero derrame nacional. Conocían la cita, pero se les fue la hora, así como la dimensión, las singularidades y las lagunas del concurso.

Homologaron la fecha electoral a fin de ampliar el margen de gobierno sin distraerse con comicios salpicados en el calendario, pero inadvirtieron un asunto. En una sola jornada se van a jugar el poder en la mitad de la República: quinientas diputaciones federales, quince gubernaturas, treinta legislaturas estatales y casi dos mil alcaldías. Nada más y nada menos.

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Se les pasó eso y reglamentar la reelección de diputados y alcaldes, así como la paridad de género total en los puestos de elección, incluyendo las gubernaturas. Lo aprobaron sin reglamentarlo y, ahora, se quejan de los criterios (no muy acertados, por cierto) impuestos por la autoridad electoral.

Más tarde va a estremecerlos otra peculiaridad: en esa elección multidimensional, partido que pierda el registro no podrá resolicitarlo, sino hasta dentro de seis años, o sea, no podrá participar -decir competir sería exagerado- en la elección presidencial del 2024.

Vivir sin posiciones, prebendas ni prerrogativas… no es vida para ellos.

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Además, el conjunto de partidos cometió un error fundamental.

Durante meses, ejecutivos, dirigentes, cuadros y legisladores se llenaron la boca hablando de formar coaliciones con el propósito de plantear dos proyectos de nación distintos y generar una elección bipolar para determinar el curso final del sexenio. Hablaron, pero ninguno lo tomó en serio.

La palabra “alianza” o “bloque” para hacer o deshacer historias la incorporaron al discurso, pero no a la práctica política. Nadie elaboró una plataforma o un programa mínimo para sustentar la idea aliancista, ni trabajó hacia adentro y hacia afuera de su partido para consolidar su posibilidad y legitimar el acercamiento con quien, en otra circunstancia, no irían ni a la esquina y mucho menos a las urnas.

Buscan aliarse a como dé lugar y poder, aun cuando no tienen muy claro para qué, en qué, con quién ni por qué. De ese rejuego, sólo se deslindó Movimiento Ciudadano y a ver cómo le va.

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Con tal de obtener, conservar o ampliar el poder, las alianzas sólo amparan ansias, negocios o intereses, no proyectos. Las convicciones ni siquiera son el cabús del tren de su ambición.

Así, el Verde es el partido más congruente, chantajea y extorsiona como siempre. El albiazul se despelleja el alma y, pese a las cicatrices del devaneo anterior, otra vez se maquilla tricolor, convalidando el prianismo. Morena juega, de nuevo, con clara luz gallardía a acumular sin sumar, aunque después el costo lo rebase. Los tricolores no saben si postular candidatos o testigos colaboradores, acogiéndose al infaltable criterio de oportunidad. El perredismo recayó en su vicio y sólo ansía sobrevivir como aliado, así sea en calidad de rémora. De los demás partidos, por así llamarlos, de seguro más adelante darán a conocer su tarifa… y el matrimonio Calderón-Zavala, por fin, dejó ver que salió de Acción Nacional para luego tratar de aliarse a él.

Los partidos innovaron el refrán: dime con quién te alías y te diré cuánto te va a costar.

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A la miopía y abyección política se le suma otro elemento, se va a las elecciones con un tribunal donde más de un magistrado ya enseñó el cobre.

Así, con criterios y sin leyes, a la hora de impugnar y litigar, los partidos -hoy indiferentes a la descompostura del órgano electoral- verán cómo algunos magistrados usarán la venda de los ojos como cubrebocas para ver, conforme a su interés, adónde inclinar la balanza de la justicia, sin decir ni pío.

Ir a la contienda sin un árbitro imparcial ni confiable presagia problemas.

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Del envilecimiento de la política, otro margallate también da cuenta de ello.

La traición entre operadores, allegados y halcones del cártel tricolor exhibe el concepto de la política de esa organización: uso y desvío de recursos públicos para acceder y ejercer el poder.

Desvío para acceder y soborno para ejercer. El saqueo como divisa para poder, tener y corromper. La política más barata y, a la vez, costosa, la del dinero. El prianismo dándose golpes de pecho y de cartera.

Si a la escandalosa exposición de esa política no sigue el castigo a la corrupción de ajenos y propios, se entenderá que la nueva política es igual de deplorable: denunciar sin proceder y hacer de la amenaza penal un ariete para doblegar o eliminar al adversario, y perdonar sin castigar al compañero.

El criterio de oportunidad convertido en criterio de impunidad.

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Con políticos y partidos desinteresados de la política no hay elección posible ni democracia que se consolide… y lo peor es lo que sigue.

sobreaviso12@gmail.com      

  • Periodista. Diarista desde 1978, especializado en asuntos políticos. Su columna “Sobreaviso” data de 1989. Es autor de La oposición: debate por la Nación, Ovando y Gil: Crimen en Víspera de Elecciones y de la novela El Rescate.
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