Isabel Turrent*

Un buen político necesita tres cualidades: pasión, sentido de la proporción y responsabilidad

Not summer’s bloom lies ahead of us,

but rather a polar night

of icy darkness and hardness…

Max Weber

Ante la duda, hay que ir a los clásicos. Frente a los lamentos de los políticos y sus vasallos incondicionales dentro o alrededor de la esfera de quien ejerce el poder ante la crítica, hay que releer a los clásicos. Para entender la vocación política y las cualidades de carácter y acción que definen a un buen político, hay que leer -y volver a leer- a Max Weber.

Para ventaja de quienes piensan, como López Obrador, que desconocer algo -otro idioma, por ejemplo- es una virtud, Weber está traducido al español. Le serviría mucho leer La política como vocación. (Sería pedirle demasiado que leyera también La ciencia como vocación, que explica y legitima por qué el trabajo de los que pensamos y escribimos sobre el poder es precisamente la crítica).

Regresar a Weber me permitió entender por qué, más allá de sus políticas catastróficas, es imposible apoyarlo. López es, en un sentido profundo -weberiano- un mal político. Vive, como muchos que han ejercido el poder, bajo el hechizo de poseerlo, de ejercerlo sobre los otros, de influir en gobernados y socios por cualquier medio y de tener entre las manos las fibras de la historia.

Los problemas weberianos de López empiezan cuando Weber pregunta entrando en el terreno ético: ¿cuáles cualidades le permiten al político hacer un uso justo del poder? ¿Qué tipo de hombre tiene que ser un político para poder asir con legitimidad la rueda de la historia?

Un buen político necesita tres cualidades: pasión, sentido de la proporción y responsabilidad. Nadie se atrevería a negar que López Obrador tiene pasión por el poder. A eso se ha dedicado toda su vida. Para su desgracia como político, la pasión no es suficiente para ser un buen gobernante: es un impulso irracional que puede llevar, como le ha pasado a López, a la falta de objetividad, a una actitud -cito a Weber- “de auto intoxicación”, con el riesgo de volverse un actor dominado por la vanidad y preocupado nada más por su propia imagen.

Podrían salvarlo el ejercicio de las otras dos virtudes weberianas indispensables para ser un buen político. Para empezar, el sentido de la proporción que, dice Max Weber, es “la virtud sicológica decisiva para el político”. Implica tener la capacidad, que es totalmente ajena a LO, de dejar que la realidad trabaje en él, con la capacidad de concentración interior y tranquilidad que le permitan tomar distancia de hechos y hombres y ver las cosas tal como son.

Los políticos eficaces, preocupados no sólo por su prestigio sino por el bienestar de sus gobernados, toman decisiones con la cabeza frente a la realidad objetiva, no con las tripas. No tienen “sus propios datos”.

Y, por último, asumen la responsabilidad de sus decisiones. Weber reconoce que la ética de la responsabilidad que debe regir la toma de decisiones de un líder político eficaz es un terreno resbaladizo porque “el medio decisivo de la política es la violencia”. El político debe asumir y pagar el precio de usar medios moralmente ambiguos para conseguir sus fines y reconocer cuando se equivoca.

El buen político no puede escudarse tras la “ética de los fines últimos” propia de los religiosos (de quienes dicen actuar bien pero dejan la responsabilidad y consecuencias de sus actos a Dios) y, mucho menos, poner en los hombros de otros los resultados negativos de sus decisiones que debió haber previsto.

En el universo de la eficacia política weberiana el pasado no existe. El manoseado argumento de López Obrador y sus vasallos frente a sus críticos y opositores que puede encapsularse en el mantra ¿dónde estabas cuando…?, pasándoles la responsabilidad de sus decisiones, no tiene ninguna validez. Lo que importa es el aquí y el ahora: lo que ha pasado desde la elección de 2018. Ahí donde está parado hoy López Obrador: hundido en la vanagloria, en una realidad imaginaria, incapaz de asumir la responsabilidad de sus decisiones. Es un mal político. Y un mal político nunca será un buen gobernante.

  • Estudió Historia del Arte en la UIA y Relaciones Internacionales y Ciencia Política en El Colegio de México y la Universidad de Oxford, Inglaterra. Ha publicado cinco libros sobre asuntos internacionales, y en el 2006, La aguja de luz, una novela histórica sobre Mallorca. Es colaboradora de Letras Libres y editorialista de Reforma desde su fundación. Ha impartido cátedra en las principales universidades del país sobre temas internacionales.
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