Alcohólicos, drogadictos, ludópatas, adictos al sexo, comedores compulsivos, todos por igual, han resentido los efectos de la pandemia de covid-19 desde la obscuridad a donde la sociedad los oculta… el anonimato.

Con o sin coronavirus acechando en un apretón de manos o en un respiro sin cubrebocas, los adictos en tratamiento necesitan continuar con sus reuniones. Para ellos, la catarsis que encuentran en éstas es cuestión de vida o muerte.

“El alcohol es el alcohol y mata gentes también, igual que el virus”, dice uno de los alcohólicos anónimos que asisten al grupo Distrito Federal, fundado en 1956, es el que más antigüedad tiene en todo el país.

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Paradójicamente, casi como si fuera una broma del destino, luego de estar corriendo del alcohol toda su vida, ahora en la nueva normalidad no se pueden reunir si no está sobre la mesa en forma de gel antibacterial o en un tapete desinfectante.

“Así es, de otra manera muy diferente, ¿no? O sea, el alcohol lo bebíamos. En este caso nos mantiene a salvo de los que estamos viviendo”, dice otro de los compañeros del Grupo DF, como le dicen cariñosamente sus integrantes, luego de una reunión a la que MILENIO tuvo acceso.

Estos hombres y mujeres son más fuertes de lo que aparentan a primera vista; afrontar los demonios de su adicción los ha curtido ante lo adverso. Están listos para afrontar no sólo una pandemia, da igual si afuera hay una guerra, una plaga o un desastre natural. Ellos se mantienen estoicos y siempre encuentran la forma de ir un día a la vez.

“Empezaron a surgir los compañeros alcohólicos, que tenían alguna situación de facilidad en la tecnología y empezaron a crear grupos virtuales”, explica en una entrevista paralela Everardo Domínguez, presidente de Central Mexicana de Servicios Generales de Alcohólicos Anónimos.

Sin embargo, las adicciones son un monstruo de muchas cabezas y la pandemia no hace distinciones. También, ha golpeado a los adictos que viven en los llamados anexos, donde son internados para intentar controlar su enfermedad.

En Buena Voluntad conocimos a Óscar, que a sus 57 años de vida suma 123 ingresos a un anexo. Una vida entre cuatro paredes y psicotrópicos. Éste, el más reciente, lo tiene encerrado mucho antes de que se impusiera el confinamiento por la cuarentena.

“Pues se supone que aquí no hay, este…coronavirus. Pero, pues bien, ¿no?”, comenta risueño en una plática a la que asiste con un cubrebocas negro que sus compañeros le ayudan a colocarse porque tiene heridas las manos luego de una caída. 

Está esperando que pase la emergencia de la pandemia para ingresar a quirófano y que le acomoden unas placas de metal que le pusieron hace dos años por una primera caída.

Otro de los internos en este anexo es Alfredo, quien lucha contra la cocaína. Ha sido mesero toda su vida. Conoció la droga siendo un niño. Iba ganando la batalla contra su enemigo níveo hasta que la pandemia lo dejó sin trabajo. Su esposa lo internó para intentar ayudarlo. El día que platica con nosotros está a unas semanas de volver a salir.

“Cuando ya traes el agua hasta el cuello. Ya estás dispuesto a hacer lo que sea por salvar tu vida. Yo aquí no estoy por nadie, ni por mi mamá, ni por mis hermanos, ni mis hijos. Estoy por mí”, cuenta mientras sueña en cómo será su regreso a la nueva normalidad.

Estos son los rostros de los adictos en la pandemia. Saben que recaer es morir, pero también que poco a poco se va lejos, que primero es lo primero, por eso viven y dejan vivir, sabiendo que no queda de otra más que dar las gracias por otras 24 horas, aunque las de hoy y posiblemente las de mañana sean portando un cubrebocas.

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