La búsqueda de oxígeno para enfermos de coronavirus y otros males, atendidos en casa ante la saturación de los hospitales en México, es una suerte de martirio en los que con frecuencia está en juego la vida de muchas personas.

Se trata de una verdadera carrera contra el tiempo y representa altos riesgos de contagio y cuantiosos gastos.

Pese que el abasto de oxígeno para las personas contagiadas en México, segundo país con mayor número de infecciones en América Latina, con más de 200 mil casos y arriba de 25 mil muertos, es en apariencia suficiente, la escasez es constante en los centros de distribución debido a la alta demanda.

De día y de noche, los familiares de personas infectadas con Covid-19 emprenden una frenética búsqueda del preciado elemento que requieren sus familiares a fin de mantenerse con niveles aceptables de oxígeno en su organismo, en medio de la desesperación y la angustia.

En las estaciones de servicio es común observar largas filas de decenas de personas y las demoras pueden prologarse hasta dos horas.

“Está además el agravante de saber que el 90% de las personas son familiares de enfermos de coronavirus y de que arriesgas la vida”, dice Mario Hernández, que en las últimas dos semanas tuvo que realizar hasta tres viajes por día para llevar oxígeno a su madre de 85 años, con problemas renales.

“Mientras haces fila, sabes que te estás jugando la vida, porque estás consciente de que muchos de los formados atrás o delante de ti podrían contagiarte”, señala Hernández, un comerciante de 58 años.

Adicionalmente, está el problema de la insuficiencia de estaciones de servicios para atender la demanda, y el hecho de que estén ubicadas la mayoría junto a hospitales que asisten a enfermos de Covid-19 y con horarios acotados (de 8 a 17 horas) y el resto en lugares alejados.

“Hay lugares donde sí hay disponibilidad, pero están pegados a los hospitales y ahí ni nos acercábamos. Sabíamos que corríamos peligro y ya no volvimos por el riesgo”, expone Mario.

A altas horas de la noche, en medio del frío y la lluvia, muchas personas hacen largas filas llevando su recipiente cilíndrico a cargar con el rostro apesadumbrado, sin decir una sola palabra, aunque con la desesperación a flor de piel.

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Muchos no hablan porque tienen miedo de ser discriminados y estigmatizados cuando se sabe que tienen un familiar enfermo.

En los lugares de abasto, adicionalmente, impera el desorden y la falta de seguridad, pues no todos los encargados de llenar los contenedores llevan mascarillas o caretas ni desinfectan los cilindros. “Lo manejan todo el día sin guantes ni careta y manipulan el tanque directo. No le ponen ningún desinfectante al recibirlo o entregarlo. Nosotros sí lo hacíamos”, afirmó.

Las familias sufren además el problema del alto costo de los contenedores (que se venden de 3.000 a 12.000 pesos cada uno, entre 150 y 600 dólares) y de las recargas.

Además, está la falta de control de los precios, por cuanto de un lugar a otro hay diferencias por carga.

Cada familia debe contar con al menos tres tanques, si tienen un enfermo en casa que depende al 100% de oxígeno suplementario, para poder contar con abasto las 24 horas de cada día. Para no depender de las recargas y los tanques se puede optar por un concentrador que genera oxígeno en forma permanente, pero resulta inaccesible para familias pobres (cuesta unos 1.500 dólares), además de que suele escasear inclusive mediante el arrendamiento que también es caro.

No son infrecuentes los casos de abusos como el de Juana, una empleada doméstica cuyos dos cuñados enfermaron de Covid pero pudieron recuperarse.

En el pueblo de sus padres, cerca de San Felipe del Progreso, a unos 70 kilómetros de la capital, un médico les alquiló un generador, pero por 5 días les cobró 60 mil pesos (unos 3 mil dólares).

“Tuvimos que vender terrenos, borregos, chivas , gallinas y guajolotes para pagar el oxígeno y todo el tratamiento”, por fortuna con resultados positivos, aunque “quedaron sumamente endeudados”, señalaron.

“A veces camino de regreso de recargar el oxígeno te entra la desesperación y el temor de que no llegues a tiempo”, expone Mario, quien dice que “vivir esto es un infierno”.

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