CIUDAD DE MÉXICO.- La ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) en México se encuentran en una situación crítica; los números no mienten. Por décadas, nuestro país ha acusado un déficit significativo en CTI.

En comparación con el promedio de países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), nuestro país invierte 8 veces menos en investigación y desarrollo (I+D), cuenta con una plantilla de investigación 9 veces menor, publica 5.5 veces menos artículos de investigación, y sus residentes realizan 20 veces menos aplicaciones de patentes en las principales oficinas de propiedad intelectual.

Lamentablemente, esto es solo la punta del iceberg. El deficiente andamiaje institucional y organizacional que soporta CTI en México ha colocado al país en los últimos cuartiles de los rankings internacionales de innovación y competitividad.

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Esta condición de gravedad se ha exacerbado en los últimos meses con acciones concretas de parte del Conacyt, la entidad máxima en CTI de nuestro país, como ejemplos tenemos:

  • Cancelación de recursos económicos al Foro Consultivo Científico y Tecnológico
  • Extinción de 65 fideicomisos en ciencia, la eliminación de los incentivos económicos a los investigadores de universidades privadas afiliados al Sistema Nacional de Investigadores
  • El señalamiento de la iniciativa privada como corrupta en el manejo de fondos de I+D, así como los incipientes mensajes de politización de la ciencia.

Para muchos, esta situación está dirigiendo a la CTI mexicana a su ocaso, señalando al gobierno, de forma precipitada, como el principal culpable.

El éxito en CTI de un país es el cúmulo del esfuerzo de distintos actores

Dicho esto, no podemos olvidar que CTI es el resultado de la interacción de un grupo de actores heterogéneos, incluyendo el sector privado, el gobierno, las instituciones académicas, y la sociedad civil; en pocas palabras, de la formación de un ecosistema de innovación.

Cada país de éxito en CTI ha encontrado fórmulas diferentes para la generación, diseminación y absorción del conocimiento. Sin embargo, podemos ver un patrón común entre estos países respecto a las responsabilidades que toman los distintos actores, como se ve en las gráficas siguientes.

Estas gráficas muestras los porcentajes del Gasto Nacional Bruto en Investigación y Desarrollo, o GERD por sus siglas en inglés, financiados y ejecutados por los diferentes actores del ecosistema de CTI para los casos de México y el promedio de países OCDE. Estos resultados demuestran el mundo inverso en el que vive la CTI mexicana. Mientras que en países con ecosistemas CTI exitosos el financiamiento y la ejecución de la inversión en I+D es lidereada por la iniciativa privada en dos terceras partes, en México el peso lo carga papá Gobierno en aproximadamente cuatro quintas partes.

Por décadas se han propuesto soluciones para llevar a México hacia una economía del conocimiento, hasta ahora sin éxito. En esencia, se requiere la responsabilidad compartida entre el gobierno y el sector privado, en mediación con las instituciones académicas y la sociedad civil. Esto involucra a su vez procesos de introspección sobre los roles y responsabilidades que cada actor debe tomar en el ecosistema de CTI.

Los actores del sector privado —empresas de nueva creación, pymes y grandes compañías, así como organizaciones de capital privado― deben verse como lo que son: los agentes principales de destrucción creativa, à la Joseph Schumpeter, transformadores de la ciencia y tecnología en innovaciones con impacto económico y social. Para hacer esto realidad, el sector privado debe incrementar significativamente su participación en el financiamiento y ejecución de I+D, así como migrar sus modelos de negocios hacia una base científico-tecnológica de mayor valor agregado. Por suerte, la creación y captura de valor a través de CTI han cambiado, más allá del tradicional departamento interno de I+D, las empresas cuentan ahora con distintos mecanismos como la innovación abierta, el emprendimiento corporativo, las incubadoras y aceleradoras, oficinas de translación, y el crowdsourcing.

Responsabilidad del Gobierno

Por su parte, el gobierno debe iniciar con el crecimiento sostenido de su inversión en I+D, pero con visión. En este sentido, el gobierno tiene que tomar los papeles de Estado Emprendedor, à la Mariana Mazzucato, y Estado Desarrollador, à la Ha-Joon Chang, que instrumente y facilite el proyecto de transformación económica y social vía CTI. Elemento clave será la decisión, en conjunto con el resto de los actores, del modelo de desarrollo social y económico hacia el cual se dirigirán los esfuerzos CTI del país.

Lamentablemente, no hay “recetas mágicas” como lo demuestran las experiencias tan distintas de países como Corea del Sur, Singapur, Israel, Taiwán, y ahora China. En todos estos casos, CTI es visto como un elemento estratégico, lo cual conlleva procesos nacionales de planeación, indicativa no imperativa, prospectiva, y control, sin olvidar la cultura, historia, e idiosincrasia de nuestro país.

En este contexto, las instituciones académicas tienen la oportunidad de ser catalizadores del cambio hacia la CTI, no solo a través de sus desarrollos científicos y tecnológicos, sino también con el impulso de las ciencias sociales. Metacampos académicos como la innovación y emprendimiento basados en ciencia y tecnología, ciencia de la ciencia, y el mapeo de CTI serán instrumentales para el entendimiento de los procesos, factores determinantes, y consecuencias de la CTI en México.

Asimismo, la formación y entrenamiento de capital humano en innovación y emprendimiento basados en ciencia y tecnología será clave para la creación de personas ambidiestras capaces de entender los mundos de negocios y CTI. Aquí, dos líneas son importantes: la difusión de técnicas, herramientas y metodologías de innovación y emprendimiento, y el asesoramiento y coacheo en la translación efectiva de ciencia y tecnología en productos y servicios de valor.  

El cambio hacia una economía basada en la CTI requerirá de un proceso gradual y orgánico. El problema es que el momento para iniciar este cambio fue ayer. La pandemia de COVID-19 podría proveer el envión necesario para reconocer el impacto de la CTI en el bienestar económico y social de países. Más allá de la necesidad de un esfuerzo conjunto entre los actores del ecosistema de CTI, lo cual es una condicionante, éstos deben estar conscientes de sus roles y responsabilidades. Al final, un cambio de mentalidad hacia la innovación y el emprendimiento serán esenciales.

Por Alfonso Ávila, profesor de cátedra de EGADE Business School

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