Erika P. Bucio/Agencia Reforma

En la cárcel de mujeres, presa en el 68, Rina Lazo sobrevivió dibujando a las otras presas.

Nunca, hasta poco antes de su muerte, en 2019, había revelado su encarcelamiento durante el movimiento estudiantil. Se lo contó a su vecina, la periodista Susana Cato, algunos meses antes de fallecer.

La pintora, discípula de Diego Rivera, fue detenida el 18 de septiembre en su casa de Coyoacán. Ese día también fueron apresados Manuel Marcué Pardiñas y Elí de Gortari, y el Ejército tomó Ciudad Universitaria. Cinco policías disfrazados de estudiantes se la llevaron. Una detención que ocurrió tras firmar el desplegado del Comité de Intelectuales, Artistas y Escritores en apoyo a las movilizaciones.

A Cato le contó que lo que dio pie a su detención, además del desplegado, fue que el 15 de septiembre estuvieron ella y su marido, el también pintor Arturo García Bustos, con el escritor José Revueltas en la UNAM, y fueron fotografiados cerca de los organizadores.

Su testimonio es recogido en Ellas, Las mujeres del 68 (Proceso, 2019) donde la periodista reúne las voces de 19 mujeres que vivieron el movimiento. La portada es de Lazo, un dibujo hecho durante el encierro.

En entrevista, Cato explica que el libro nació del reconocimiento que las voces femeninas eran un “faltante” al evocar aquel año.

Al recoger los testimonios, halló en las mujeres una “sensibilidad especial” para el recuerdo, capaces de recordar con “claridad política y una profundidad quizá de género, sorprendente, que entreteje la ternura con la valentía, la lucha con el amor, el teatro con la inclemencia, el fervor revolucionario con la tragedia”.

“Mi experiencia, al escucharlas, fue como abarcar muchos aspectos que en la memoria de los hombres quizá no parecen importantes (…) Cuestiones humanas que los hombres descartan porque no son políticas, quizá”, responde.

Incluyó entre ellas a Ana Ignacia Rodríguez, “La Nacha”, una de las líderes del movimiento, como a “La Tamaulipeca”, Judith Reyes, pionera de la canción de protesta, ya fallecida, quien compuso corridos que fueron cantados durante marchas y eventos. Suya es la cronología del movimiento estudiantil de 1968. 

Y también la poeta y socióloga Elisa Ramírez, quien fue enlace entre el Comité de Lucha de la Facultad de Ciencias Políticas y el comité solidario de maestros.

“Viajó a Oaxaca para conseguir el apoyo de pintor Francisco Toledo a la causa estudiantil. Y allí se quedo, enamorados ambos, durante 11 años”.

Su padre, el psicoanalista Santiago Ramírez, atendió a varios de los líderes presos.

“La historia no puede resumirse en los libros de Tlatelolco. No todos fuimos la misma cosa, no todos teníamos la misma demencia política por cambiar al país, además de que CU no era el país. Yo no puedo hablar en nombre de todos mis compañeros ni puedo usufructuar un viaje que fue doloroso, pesado para los compañeros y para los mártires”, le dijo Elisa Ramírez a Cato.

El libro, con prólogo de Elena Poniatowska, rescata también el trabajo de la fotógrafa María García, quien con varias cámaras registró el movimiento durante las ausencias, por viaje, de su marido, el fotógrafo Héctor García. Ella reclama para sí misma la autoría de varias de las imágenes que por mucho tiempo se le atribuyeron a él. Fotografió, por ejemplo, al Rector Javier Barros Sierra, encabezando la Marcha del Silencio.

Y recoge la figura de la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo, quien permaneció 12 días escondida en los baños de CU, tomada por el Ejército. Su sobrino nieto Agustín Fernández Gabard, quien alista un documental sobre ella, El ciclo y el canto de tiros, colaboró con su testimonio.

Como incluye a Antonia “Toña” Candela, hija del arquitecto Félix Candela, quien al ver el peligro que corrían sus hijas las envió a Nueva York, pero ella decidió dejar atrás la Gran Manzana y, en un coche deportivo prestado, se vino por carretera. Su padre se resignó a su decisión, aunque la encerró en su casa a piedra y lodo aquel fatídico 2 de octubre para que no fuera a la Plaza de las Tres Culturas.

Muchas veces Toña fue a Lecumberri, donde estaban presos los líderes. Los domingos llevaba comida y almorzaba con Eduardo Valle, “El Búho”, y Salvador Martínez della Rocca, “El Pino”.

“Estuve pensando muy seriamente en irme a la guerrilla porque no había manera de mejorar nada. El poder te cierra todas las puertas. Desde que entré a la universidad me tocó ver cómo reprimían todos los procesos que buscaban un bien”, le confió a Cato.

La pianista Olivia Revueltas, entonces jovencísima, con 16 años, evoca el encarcelamiento de Revueltas, su padre. En un kiosco de periódicos sobre Insurgentes vio la noticia. “Y lo que veo en ese momento me parte la madre: ‘¡José Revueltas preso!’. A ocho columnas, en todos los periódicos. Fue inaguantable mi impotencia, de no poder asistirlo, de no poder estar con él”, cuenta.

También está la voz de los vecinos de Tlatelolco a través de Marta Arias Carrera, una cultora de belleza con un salón en el Edificio Chihuahua, donde los estudiantes se congregaron y donde la Brígida Blanca desató la balacera. Se encerraron siete personas de su familia en el baño aquel 2 de octubre. Todas las tardes toma una foto de la plaza. “Cree profundamente que Tlatelolco puede curarse”, escribe Cato.

La periodista sabe que los testimonios del libro no agotan la participación femenina. Se quedó fuera, por ejemplo, Dolores de María y Campos, enfermera de la Cruz Roja que ayudó a salvar estudiantes malheridos al disfrazarlos de médicos para que no fueran llevados por los soldados.

Cato destaca la importancia de estas memorias. Y reitera que no se olvida: “Más de medio siglo después, esa lucha juvenil, aplastada por un vergonzoso y negro episodio de la historia nacional, no se olvida (…) Ellas no lo olvidan”.

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