El miedo a un corte total en el suministro de gas ruso crece en toda Europa y en particular en Alemania, donde se imagina que el próximo invierno será “frío, oscuro y caro”, como titula la edición de fin de semana del diario económico Handelsblatt, inmortalizando una Puerta de Brandeburgo azulado por el hielo.

La atención general, en vísperas del inicio de los trabajos de mantenimiento en Nord Stream 1, se centra en lo que sucederá dentro de 10 días, cuando el gasoducto debería retomar su normal funcionamiento; Sin embargo, la opción de que Moscú aproveche esta oportunidad como pretexto para cerrar definitivamente los suministros se considera “la más probable”, según el ministro francés, Bruno le Maire, que insta a Europa a “prepararse”.

Ni siquiera el colega alemán Robert Habeck oculta que cree que es posible una detención completa a partir de mañana.

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El diputado del canciller, Olaf Scholz, señaló en repetidas ocasiones con el dedo lo que ahora parece ser un “patrón de comportamiento” de los rusos para empobrecer el almacenamiento, pues Gazprom ya recortó las entregas de gas en un 60% citando problemas técnicos relacionados con repuestos de las turbinas del gasoducto, que, sin embargo, en el análisis de Berlín no justificaría en absoluto una reducción radical como la implementada.

Y es hoy la noticia de que las piezas bloqueadas en Canadá “debido a las sanciones” pronto serán devueltas a Alemania, exponiendo así el juego del presidente ruso, Vladimir Putin.

En este contexto de enorme incertidumbre, los alemanes miran con fuerte alarma la situación energética, y los tonos son cada vez más agitados.

El problema afecta en primer lugar a la industria, pero a pesar de las medidas de apoyo ya tomadas por el gobierno, ni siquiera los ciudadanos se sienten seguros: no todos podrán permitirse los aumentos desorbitados de precios, ya anunciados por el diputado de Scholz.

Y las administraciones locales ya están trabajando duro para imaginar planes de emergencia. Según Bild am Sonntag, algunos centros como Ludwigshafen están, por ejemplo, planificando “islas de calor”, es decir, centros calefaccionados para quienes no pueden pagar las facturas, en gimnasios y salas hasta ahora destinadas a eventos o a la campaña de vacunación anticovid.

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Se temen aumentos en los costos de energía de más de 2.300 euros por año para las familias, y es posible que los sectores más débiles de la población no puedan mantenerlos.

El ministro de Medio Ambiente, Lemke, ha pedido desde las páginas del mismo tabloide que no se corte la luz ni el gas a quienes no podrán pagar de inmediato.

Por otra parte, las empresas se preparan para afrontar una emergencia que les afectaría en primer lugar: la DIHK (industria alemana y Unioncamere) prevé que en caso de corte total del gas ruso (del que depende Alemania para el 35% de sus necesidades) “muchas fábricas deberían parar la producción y el país no podría evitar la recesión”.

La República Federal se encontraría frente a una especie de “prueba crucial” también para Habeck, para el cual “si se llegara al escenario de pesadilla de una grave escasez de gas, se encendería un debate muy amargo que llevaría a una situación al borde, cerca de la ruptura, como el país y la población hace mucho tiempo que no vive”.

Fue entonces cuando el presidente del instituto DIW, Marcel Fratzscher, advirtió: “La crisis actual podría ser la última gota capaz de desbordar el vaso de la creciente división social”.

El economista, que siempre ocupó posiciones keynesianas, instó a la política a “no intentar mantener la calma con medidas placebo puntuales”, instando a aumentar los salarios y centrarse en medidas sociales duraderas.

Un claro contrapunto respecto al ministro liberal de Hacienda, Christian Lindner, que ha previsto un presupuesto severo para cumplir con el famoso freno de la deuda, que saltó por los aires en los últimos años a causa de la pandemia.

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